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FUERA DE PROTOCOLO

FUERA DE PROTOCOLO

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?

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capitulo 13

Me limité a asentir, pero por dentro sentía una risa amarga. Si él supiera que la mujer que redactó ese informe pasó el viernes pasado llorando de alivio en los brazos de un extraño, simplemente porque ese extraño le preguntó cómo se sentía sin esperar una respuesta técnica.

Hoy es viernes otra vez. El aire de la ciudad es denso, cargado de una tormenta que no termina de estallar. Llego a mi apartamento y el ritual de transformación se siente, por primera vez, como una liberación física de una presión insoportable. Al quitarme el traje sastre, siento que me quito una capa de suciedad moral. Me pongo la peluca roja. El carmesí brilla bajo la luz de la lámpara del baño, un recordatorio silencioso de que aquí soy libre.

Manejo hacia Anónimos con las manos apretando el volante. Mis nudillos están blancos. Solo pienso en sus manos. En cómo sus dedos encuentran siempre el lugar exacto donde mi tensión se acumula.

Al entrar en la habitación 402, el aroma a sándalo y lluvia me golpea. Él está allí, pero no está sentado. Camina de un lado a otro con una inquietud que nunca le había visto. Al notar mi presencia, se detiene en seco. Su máscara de cuero parece más oscura bajo la luz tenue.

—Has tardado cinco minutos más que la semana pasada —dice. Su voz tiene una urgencia que me acelera el pulso.

—El tráfico... y la vida —respondo, cerrando la puerta y apoyando la espalda contra ella—. A veces el mundo exterior se resiste a dejarme ir.

Él cruza la habitación en tres zancadas y me toma del rostro con ambas manos. Sus palmas están calientes, contrastando con el frío que traigo de la calle. Sus pulgares acarician mis pómulos, justo por encima del borde de mi máscara de encaje. Es un gesto posesivo, casi desesperado.

—No dejes que te absorba —susurra él, acercando su frente a la mía—. No permitas que apaguen ese fuego que traes aquí cada viernes.

—Tú eres el único que lo mantiene encendido —confieso, cerrando los ojos y dejándome llevar por su calor—. Fuera de aquí, soy solo un engranaje en una máquina de cristal. Aquí... aquí siento que puedo romperme y no pasará nada.

Él me besa. No es el beso exploratorio de las primeras noches, ni el beso tierno de la semana pasada. Es un beso hambriento, cargado de una necesidad que trasciende lo físico. Es como si quisiera absorber mi cansancio y darme su fuerza a cambio. Sus manos bajan por mi cuello, recorriendo la línea de mis hombros con una precisión que me hace temblar.

Me guía hacia la cama, pero no nos acostamos de inmediato. Se sienta y me obliga a sentarme a horcajadas sobre él. Mis piernas rodean su cintura y mis manos se pierden en su cabello, buscando un anclaje en mitad de la tormenta sensorial. Siento la dureza de su cuerpo contra el mío, la evidencia física de que él me desea tanto como yo lo necesito a él.

—Dime algo que nunca le hayas dicho a nadie —me pide, con su boca rozando mi oreja.

—Me da miedo —digo, y la verdad me quema la garganta— que un día te canses de la chica de la peluca roja y quieras saber quién soy. Y que cuando lo sepas, descubras que soy tan gris como el despacho donde paso diez horas al día.

Siento que él se tensa bajo mi peso. Sus manos, que estaban acariciando mi espalda, se detienen.

—Lo gris no arde como tú —responde él, con una convicción que me desarma—. Lo que importa no es el nombre que pones en tus contratos, sino la forma en que tus dedos buscan los míos en la oscuridad. Tú eres mi única verdad en un mundo de mentiras elegantes.

Él me tumba hacia atrás, atrapando mis manos sobre mi cabeza con una sola de las suyas. El lenguaje de sus manos vuelve a cambiar: ahora es dominio, es seguridad, es un "te tengo". Con su otra mano, empieza a desabrochar los botones de mi vestido con una lentitud tortuosa, como si estuviera saboreando cada centímetro de piel que queda al descubierto.

La sensualidad en la habitación 402 esta noche es eléctrica. Cada roce de sus dedos, cada vez que su boca encuentra un nuevo lugar que reclamar en mi cuerpo, siento que las paredes de cristal de mi oficina se desmoronan definitivamente. No hay abogada, no hay heredera, no hay protocolos. Solo hay piel, sándalo y el color rojo de mi libertad reflejado en las sombras.

Mientras nos fundimos en uno solo, entrelazo mis dedos con los suyos, apretando con fuerza. El pulso de nuestras manos unidas es la única ley que reconozco. En este momento, el miedo al rechazo es solo un eco lejano frente a la realidad de su cuerpo sobre el mío. Soy suya, y por fin, el peso del cristal ha desaparecido.

La ciudad bajo mis pies parece un circuito integrado, lleno de luces que parpadean sin alma. Estoy en mi oficina, en la planta más alta de un edificio que lleva mi apellido en la fachada, rodeado de cristal, acero y un silencio que a veces me resulta ensordecedor. Son las siete de la tarde de un viernes. Mi secretaria ya se ha ido, dejando sobre mi escritorio una agenda que dicta cada uno de mis movimientos para la próxima semana.

Me desabrocho el nudo de la corbata y la arrojo sobre la silla de cuero. Si mis socios me vieran ahora, notarían que mis manos, habitualmente firmes al firmar acuerdos multimillonarios, tienen un ligero temblor de impaciencia. Pero ellos no ven al hombre; ven la marca. Ven la eficiencia.

Nadie sospecha que el director ejecutivo impecable está a punto de desaparecer para convertirse en una sombra.

El trayecto hacia el club es un ejercicio de descompresión. A medida que me alejo del centro financiero, el peso del mundo exterior empieza a resbalar de mis hombros. Entro en el callejón, el portero me reconoce por mi forma de caminar y me abre la puerta sin mediar palabra. En el vestuario privado, me despojo de mi traje a medida. Me pongo la camisa de seda negra, la máscara de cuero que oculta mi mirada y el aroma a sándalo que se ha convertido en mi única identificación.

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