"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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El trono de los Rossi
El salón de baile del Hotel Imperial estaba decorado en oro y negro. La música clásica flotaba en el aire, pero la atmósfera estaba cargada de chismes. Todos los ojos estaban puestos en la entrada, esperando ver si el escándalo del detective Vargas y los rumores de crisis en el matrimonio Rossi eran ciertos.
De pronto, las puertas se abrieron.
Micaela entró del brazo de Alexander. Ella lucía un vestido de seda roja, el color de la victoria, que se ajustaba a sus curvas con una elegancia letal. Alexander, de esmoquin negro, caminaba con la cabeza en alto, su mano apretando firmemente la de su esposa.
—Sonríe, mi reina —le susurró Alexander al oído, su voz ronca y cargada de una posesión orgullosa—. Hoy enterramos el pasado de los Ferrante para siempre.
En una esquina del salón, Sofía Ferrante observaba con una copa de champán en la mano, su rostro pálido de rabia. Al verlos tan unidos, su plan de separarlos con el mensaje falso parecía haberse desmoronado.
—¡Micaela! —gritó Sofía, acercándose con una sonrisa hipócrita que no llegaba a sus ojos—. Qué valiente eres al aparecer aquí después de lo que... bueno, de lo que todos sospechamos sobre el origen de tu hijo y los métodos de tu "protector".
El salón quedó en silencio. Los invitados se acercaron para no perderse el espectáculo. Micaela no retrocedió ni un centímetro. Miró a Sofía con un desprecio tan gélido que la mujer dio un paso atrás.
—Sofía —dijo Micaela, con una voz clara que resonó en todo el lugar—. Me sorprende que tengas el descaro de hablar de métodos y orígenes. Especialmente cuando mis abogados acaban de entregarle a la fiscalía las pruebas de que intentaste fabricar evidencia falsa contra mi marido para ocultar tus propios desfalcos en la constructora.
—¡Eso es mentira! —chilló Sofía, perdiendo la compostura.
Alexander dio un paso al frente, colocándose protectoramente detrás de Micaela. Su presencia física era tan imponente que varios invitados retrocedieron.
—No es mentira, Sofía —dijo Alexander, su voz vibrando con una autoridad absoluta—. Mi equipo técnico rastreó el mensaje de calumnia que le enviaste a mi esposa. Usar mi voz y mi nombre para intentar destruir mi hogar es un error que vas a pagar muy caro. A partir de este momento, Industrias Rossi ha ejecutado la cláusula de rescisión de todos tus activos. Estás en la calle, igual que lo estuvo Micaela por culpa de tu difunto marido.
Sofía intentó protestar, pero dos guardias de seguridad de la mansión Rossi la tomaron de los brazos con firmeza.
—Sáquenla de aquí —ordenó Alexander—. Y asegúrense de que no vuelva a poner un pie en ninguna propiedad que lleve mi apellido.
Mientras Sofía era escoltada fuera entre los murmullos de la élite, Alexander tomó un micrófono y pidió la atención de todos. Miró a Micaela con una devoción que dejó a todos mudos.
—Hoy no solo celebramos la fusión de nuestras empresas —anunció Alexander, levantando su copa—. Celebramos la verdad. Mi hijo, Gabriel Rossi, es el único heredero de mi imperio. Su acta de nacimiento legal lo confirma y mi sangre lo protege. Y para aquellos que dudan... —Alexander puso su mano suavemente sobre el vientre de Micaela—, mi esposa y yo estamos esperando a nuestro segundo hijo. Un Rossi puro que sellará nuestra dinastía para siempre.
Un aplauso atronador llenó el salón. Los enemigos de Alexander estaban derrotados y los aliados se inclinaban ante el nuevo poder. Micaela miró a su marido, el hombre que la había defendido de las calumnias y que la había convertido en su igual.
—Te amo, Alexander —susurró ella mientras él la atraía para un beso frente a todos.
—Y yo a ti, mi reina —respondió él—. Eres la Propiedad del CEO, pero también eres la dueña de mi vida. Nadie volverá a tocarte mientras yo respire.
Esa noche, mientras regresaban a la mansión en la limusina, Micaela se apoyó en el hombro de Alexander. Habían ganado. No había más secretos ni dudas. El detective Vargas había sido neutralizado con el ascenso y la ayuda para su madre, y los Ferrante eran solo un recuerdo amargo.
Sin embargo, al llegar a casa, Luciano los esperaba con una expresión seria. —Señor, tenemos un paquete anónimo en la puerta. No tiene remitente, pero tiene el sello antiguo de la familia de Micaela... el que usted creía que se había perdido en el incendio del sur.
Micaela palideció. ¿Había algo más sobre su origen que ni siquiera Alexander sabía?