Una vez creí en los cuentos de hadas, pero tarde me di cuenta de que solo eran una mentira que nos cuentan de niños para desviarnos de la maldad de este mundo en el cual por desgracia y caí y morí sabiendo que él no me amaba.
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Capítulo 14: Quédate aquí...
NIKOLAY
Abrí los ojos lentamente al oír una respiración tranquila, regulada, pero continua, además de un peso extra sobre mi hombro. Miré hacia un lado y era Scarlett, durmiendo profundamente, sujetando mi mano.
Al despertar no hubo imágenes fragmentadas. No hubo voces que se arrastraran desde el pasado como sombras imposibles de ignorar.
Solo silencio, uno que era distinto al de siempre. No era pesado, tampoco era sofocante.
No había dormido tan bien en tanto tiempo, no después de...
Eso no importaba, dejé de lado ese pensamiento, ya no tenía sentido pensar más en ello. Sin darme cuenta mi mano estaba cerca del rostro de Scarlett, a un paso de tocar su rostro. Tan tranquilo, pacífico y sobre todo tenía algo que me daba calma, pero a la vez algo parecido a la curiosidad, el deseo de saber más de ella.
Se veía tan frágil, tan indefensa, que cualquiera que la viese pensaría que ella era alguien a quien debían proteger. Su piel ahora más cálida y suave al tacto, su rostro se veía más lleno, sus brazos y piernas estaban más llenos, ya no estaba raquítica. Las ojeras debajo de sus ojos habían disminuido, su piel ya no tenía ese tono pálido que rozaba lo enfermizo.
Ella se veía mejor. Mucho mejor. Mi mirada se detuvo en ella más tiempo del necesario. Demasiado. Algo en mi pecho se movió. No era incomodidad. No era alerta. Era... calma.
Una calma que desde hace años que no sentía. Fruncí el ceño.
—¿Por qué...?—murmuré, casi sin darme cuenta.—¿Por qué con ella me siento en paz?
Mi mirada descendió ligeramente. A su mano. Recordé, por un instante. Difuso, pero estaba ahí. Su voz, era suave, esa... melodía.
Mis dedos se cerraron lentamente.
—Esto es ridículo...—susurré, apartando la mirada. No tenía sentido. Nada esta situación tenía sentido. Y aun así... no lo rechacé. Me levanté de la cama con cuidado, sin ruido.
Mi cuerpo respondió mejor de lo habitual. Sin rigidez. Sin ese cansancio que arrastraba como una sombra permanente. Mis manos no temblaban, hacia tiempo que no sentía eso.
Era... molesto. No confiar algo tan simple como el descanso. Desvié la mirada hacia ella. Scarlett. Aún permanecía dormida, ajena a todo. Y aun así...
Era la causa. Apreté ligeramente la mandíbula.
—No tiene sentido...
Pero no me alejé, no de forma inmediata. La observé unos segundos más. Como si en algún momento fuera a encontrar la respuesta en su rostro. No lo hice. Y tampoco me fui con prisa.
...****************...
Pasaron varios días. Más de los que esperaba. Y contra toda lógica... ella se recuperó. Por completo. La vi moverse con más seguridad, con más equilibrio. Sus manos ya no temblaban al sostener algo. Ella estaba volviendo a la vida.
Y eso... era un problema. Porque significaba que tarde o temprano... volvería a intentar irse a buscar a Sarai...
Y esta vez... No iba a poder hacer nada para evitarlo. La observé desde el otro lado de la habitación. De pie. Frente a la ventana.
—¿Qué ocurrió?—Mi voz rompió el silencio sin previo aviso. No me gustaba andar con rodeos.
Ni evasivas. Pero no se giró de inmediato.
—¿Qué quieres decir?—respondió.
—Me refiero a cómo terminaste de esa forma.
Un silencio sepulcral se instaló en la habitación en compañía de un largo suspiro de parte de ella. Me miró directamente a los ojos.
Sin huir. Eso era interesante...
—No, realmente no.—admitió. Esperé, no dijo nada más. Mi paciencia no era infinita.
—Entonces habla...—Su expresión cambió solo un poco. No había miedo, no del todo. Era... más bien decisión.
—Fue mi esposo—La oración aunque corta cayó como algo ajeno en el aire. Mi cuerpo se tensó de forma casi imperceptible.—, Vítor.—El nombre no significó nada por la manera en que lo nombró. Aún.—Él...—Hizo una pausa—no era alguien con quien se pudiera vivir fácilmente.
No era necesario decir más. Los había visto. En su cuerpo. En sus reacciones. En su forma de moverse.—Escapé—continuó—. Esa noche.
Mi mirada se afiló.
—¿Y él?—Silencio otra vez. Pero esta vez fue diferente. Era más pesado.—Me siguió.—Por supuesto que lo hizo.—Llegamos al bosque—Mis dedos se tensaron ligeramente.—y entonces...—dudó un segundo. No por miedo, por cómo decirlo—. Una jauría de lobos apareció.
El aire en la habitación cambió.—Lo atacaron.—Mi mirada no se apartó de ella.—No sobrevivió.—Silencio total. No pregunté cómo. No pregunté por qué. No era necesario. Porque el bosque... responde a su manera.
—¿Y tú?—pregunté finalmente.
—Corrí—respondió directo, simple, sin dramas.—, hasta aquí.—asentí levemente. Nada más. Pero algo en mi interior... Se acomodó. Como si una pieza que no sabía que faltaba hubiera encajado.
—Entonces... no tienes a dónde ir.—No fue pregunta. Ella lo entendió. Sus labios se tensaron.
—No.—La observé con detenimiento. Más allá de lo evidente.
—Bien.—Me giré. Dándole la espalda.—Entonces quédate aquí.—Silencio.—No es una invitación.—añadí sin mirarla—. Es una decisión.
No esperé respuesta. Porque ya la había tomado. Y esta vez... No tenía la intención de cambiarla...