SIN SPOILER
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LUNA
La noche había cubierto nuevamente la antigua torre.
El viento soplaba entre las montañas haciendo que las viejas ventanas crujieran suavemente.
Dentro del enorme lugar, decenas de velas iluminaban los antiguos pasillos llenos de libros olvidados y objetos extraños del viejo hechicero.
La torre seguía siendo aterradora.
Pero poco a poco…
también comenzaba a sentirse como un hogar.
Elena caminaba lentamente por una de las habitaciones superiores cargando a la bebé entre sus brazos.
La pequeña estaba despierta.
Tranquila.
Sus ojos distintos brillaban suavemente bajo la luz de las velas.
La nodrisa sonrió cansadamente.
—No tienes sueño esta noche, ¿verdad?
La bebé soltó un pequeño sonido como respuesta.
Elena rio en voz baja.
Aquello le sorprendía.
La niña casi nunca lloraba demasiado.
Era silenciosa.
Observadora.
Como si mirara el mundo con demasiada atención para alguien tan pequeña.
La mujer se acercó a una enorme ventana circular abierta hacia el cielo nocturno.
La vista desde allí era hermosa.
Las montañas parecían sombras gigantes bajo la oscuridad.
Y sobre ellas…
la luna brillaba intensamente.
Grande.
Plateada.
Hermosa.
La bebé levantó ligeramente la mirada hacia el cielo.
Sus pequeños ojos reflejaron la luz lunar.
Y Elena sintió algo extraño en el pecho.
Ternura.
La nodrisa acomodó mejor las mantas alrededor de la niña.
—Eres muy bonita, pequeña princesa…
Después su sonrisa se apagó un poco.
Porque recordó algo doloroso.
La niña no tenía nombre.
Nadie se lo había dado.
Ni el rey.
Ni la reina.
NADA.
Como si realmente nunca hubiera existido.
Elena bajó la mirada hacia la pequeña.
—Eso no es justo…
La bebé observó el rostro de la mujer en silencio.
Y entonces la nodrisa volvió a mirar la luna.
Una idea apareció lentamente en su mente.
Simple.
Suave.
Perfecta.
—Luna…
La bebé parpadeó lentamente.
Elena sonrió.
—¿Qué te parece ese nombre?
El viento movió suavemente las cortinas viejas de la torre.
La pequeña soltó un pequeño sonido mientras movía las manos.
Y Elena rio otra vez.
—Creo que te gusta.
La mujer acarició delicadamente la mejilla de la niña.
—Luna…
Ahora sí se sentía real.
No como “la princesa”.
No como “la criatura”.
No como “el fenómeno”.
Sino como una niña.
Una pequeña niña abandonada que merecía ser llamada por algo hermoso.
Y aquel nombre le quedaba perfecto.
Porque igual que la luna…
era distinta.
Extraña para algunos.
Hermosa para otros.
Pero imposible de ignorar.
Elena besó suavemente la frente de la bebé.
—Desde hoy, ese será tu nombre.
Luna abrió lentamente los ojos observando el cielo nocturno.
Uno verde esmeralda.
Uno avellana dorado.
Brillando bajo la luz plateada.
La nodrisa sintió un pequeño escalofrío.
Porque por un instante…
la niña parecía pertenecer más a la vieja torre y a la noche que al propio reino.
Como si aquel lugar la hubiera reclamado desde el principio.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Un silencio tranquilo.
Cálido.
Y mientras Elena seguía observando la luna junto a la pequeña…
ninguna de las dos notó las antiguas runas grabadas en las paredes de la torre.
Runas que comenzaron a brillar débilmente por primera vez en muchos años.