En un mundo donde el poder compra silencios y el amor puede destruir imperios, ella se convirtió en su única luz… justo cuando él olvidó quién era.
Un accidente cambia el destino del CEO más temido de la ciudad, y una asistente invisible se convierte en la mujer a la que él promete proteger con una obsesión casi irracional.
Pero la memoria no permanece perdida para siempre… y cuando regrese, todo se romperá. O sanará o ambos.
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Capítulo 15: La promesa en la tormenta
El silencio cayó sobre la habitación como un sudario.
El papel con el mensaje de Calder temblaba en la mano de Mía.
La tinta negra parecía viva, como si cada letra respirara:
“Te busco a ti.
Pronto.”
Liam arrancó el papel de sus dedos con una furia casi animal.
Sus ojos estaban encendidos, oscuros, peligrosos. Era una furia distinta a cualquiera que hubiera mostrado antes: algo primitivo, feroz, que provenía de un lugar más profundo que la memoria. Un instinto.
—No va a tocarte —dijo él—. No va a acercarse. No va a respirarte a un metro.
—Apretó los dientes—: Lo voy a destruir.
Sophie se cruzó los brazos, intentando parecer calmada, pero Mía vio el brillo de miedo en sus ojos.
—Liam… —comenzó ella—, no estás en condiciones de—
—¡NO ME DIGAS ESO! —rugió él, sin levantar la voz pero haciéndola temblar igual.
Ese tono no era un grito.
Era una sentencia.
Mía dio un paso adelante y tomó suavemente el papel de su mano.
—Liam… mírame.
Él obedeció sin resistencia.
Sus ojos estaban rojos, no de llanto, sino de ira.
—No puedes protegerme así —dijo ella, despacio—. No si eso significa perderte a ti.
—Prefiero perderme —respondió él, sin pensarlo— antes que perderte a ti.
Las palabras golpearon a Mía directamente en el estómago.
Olivia, desde la esquina, dejó escapar un suspiro lleno de frustración.
—Esto es ridículo —dijo, rodando los ojos—. El psicópata escribe una nota y ahora tú —señaló a Liam— actúas como si fueras algún tipo de héroe trágico. Necesitas ayuda profesional, no una novela barata.
Liam la miró.
Y sonrió.
Una sonrisa fría.
Peligrosa.
—¿Quieres saber lo que necesito, Olivia?
Ella abrió la boca para responder, pero él no le dio tiempo.
—Necesito que salgas de mi empresa. De mi vida. Y de mi habitación —señaló la puerta rota— antes de que yo también me “olvide” de las consecuencias.
Olivia palideció.
Nunca había visto a Liam así.
Nunca.
—Esto… no ha terminado —susurró ella, con voz quebrada.
—Tienes razón —respondió él—. Aún no.
Sophie hizo un gesto al guardia.
—Acompáñela afuera —ordenó.
Olivia lanzó una última mirada venenosa a Mía antes de salir.
Cuando la habitación quedó vacía de enemigos, el silencio se volvió denso.
Sophie respiró hondo.
—Tenemos que actuar antes de que Calder vuelva —dijo ella—. Ya revisé los accesos al hospital: alguien de dentro lo está ayudando. No pudo escapar solo.
Mía sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
—Que Calder tiene un cómplice —respondió Sophie—. Y ese cómplice conoce tus movimientos… y los de Liam.
Liam apretó los puños.
—¿Alexander?
Sophie negó.
—No necesariamente. Aunque… —suspiró— no podemos descartarlo.
Mía sintió que el corazón le dolía en el pecho.
—Entonces… —preguntó ella—, ¿Qué hacemos ahora?
Sophie miró a ambos.
—Liam debe salir del hospital. Ya. Este lugar no es seguro. Y tú, Mía… —tragó saliva— tú tampoco puedes quedarte aquí.
Liam la miró con una determinación feroz.
—Vendrás conmigo.
Mía abrió los ojos.
—Liam, no sé si es una buena idea—
—No estoy preguntando —dijo él, con suavidad peligrosa—. No te voy a dejar sola en ningún lugar donde pueda alcanzarte. Me da igual la empresa, me da igual la junta, me da igual Alexander, me da igual mi padre.
—Su respiración se entrecortó por la intensidad—: Si Calder te está buscando, yo voy a estar entre él y tú.
Mía sintió los ojos arderle.
No sabía si por miedo, por alivio, o por las dos cosas a la vez.
—Liam… —susurró—, no estás bien. Estás herido. Apenas puedes mantenerte en pie.
Él dio un paso hacia ella.
Sus manos se posaron con delicadeza en su rostro.
—Estoy lo suficientemente bien para protegerte.
Ella parpadeó, tragando lágrimas.
—No es tu responsabilidad…
—Eres mi responsabilidad —dijo él, sin dudar—. Lo fuiste aquella noche. Lo has sido desde entonces. Lo eres ahora. Y lo seguirás siendo.
Él apoyó su frente contra la de ella.
—¿Entiendes?
La voz le tembló a Mía cuando respondió:
—Sí.
—Entonces confía en mí —dijo él, apoyando sus dedos en la nuca de ella—. Vamos a salir de aquí. Juntos.
Ella cerró los ojos.
Y dejó que por un instante, solo uno, el mundo fuera ese contacto.
Él y ella.
Nada más.
Hasta que Sophie carraspeó suavemente.
—No quiero interrumpir… pero Calder está ahí afuera. Y quizá no venga solo la próxima vez.
Necesitan moverse ya.
Liam se separó de ella, respirando hondo.
—¿Cuál es el plan? —preguntó él.
Sophie sacó un archivo pequeño de su bolso.
—Dos guardias falsos entrarán en quince minutos. Uno tomará tu cama. El otro te sacará en silla de ruedas por el pasillo de servicio. Mía irá contigo, pero vestida como enfermera para pasar desapercibida.
—¿Falsos? —preguntó Mía.
Sophie asintió.
—Gente de confianza. Míos. Y no, Alexander no lo sabe.
El nombre golpeó a ambos como un trueno.
Liam inhaló aire, dolido.
—No puedo creer que él…
—Créelo —dijo Sophie—. Yo misma he encontrado movimientos de dinero a su nombre que no cuadran. Y comunicaciones con personas que no debería conocer.
Mía suspiró.
Lo sabía.
Lo sabía desde que Calder lo dijo.
Pero escucharlo de Sophie… lo hacía real.
—Entonces —murmuró Mía—, nos vamos.
Sophie asintió.
Luego se acercó a Mía y habló en un susurro.
—Estará contigo, pero no confíes ciegamente en nadie más que en él. Ni siquiera en mí. Calder tiene un cómplice. Y podría ser cualquiera.
Mía sintió el corazón acelerarse.
Ella ya no sabía quién era enemigo y quién no.
Pero sí sabía una cosa:
Liam no era su enemigo.
Liam era la única persona que nunca la había soltado.
Ni siquiera cuando olvidó quién era.
Diez minutos después, Sophie dejó la habitación.
Mía se acercó a Liam con ropa de enfermera doblada sobre el brazo.
—Necesito ayudarte a cambiarte —dijo ella—. No puedes salir con esa bata de hospital.
Liam la miró con una mezcla de ternura, obsesión y una fragilidad casi insoportable.
—Haz lo que tengas que hacer —susurró—. Estoy en tus manos.
Ella tragó saliva.
—No digas esas cosas…
Liam levantó su rostro con un dedo, suavemente.
—Voy a decir siempre lo que siento. Ya perdí demasiado tiempo diciendo lo contrario.
Ella sintió que el corazón se le rompía de la mejor y peor manera al mismo tiempo.
Mientras lo ayudaba a vestirse, mientras sus dedos temblaban al abrochar los botones de su camisa, mientras él la miraba como si fuera lo único real en el mundo…
Ella entendió algo que nunca quiso aceptar:
Liam no solo estaba obsesionado con protegerla.
Estaba enamorándose.
Peligrosamente.
Irrevocablemente.
Y demasiado rápido para poder detenerlo.
Cuando terminó, él se puso de pie lentamente.
Su frente tocó la de ella otra vez.
—Mía —susurró—. Te prometo que no voy a dejar que nadie más te haga daño. Nunca. Jamás.
Ella lo miró fijamente.
—Entonces tienes que sobrevivir —dijo ella, con un temblor en la voz—. Porque si te pierdo… yo tampoco voy a soportarlo.
Él sonrió.
Una sonrisa rota.
Hermosa.
Adictiva.
—Entonces nos salvamos juntos —susurró.
Ella asintió, sabiendo que esa promesa era más peligrosa que cualquier amenaza de Calder.
Y justo cuando el guardia “falso” entró para comenzar la operación de escape…
Una luz roja parpadeó en el pasillo.
Una alarma nueva.
Y una voz por los altavoces dijo:
“Código Sombra. Bloqueo total del piso cuatro.”
Mía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Liam la tomó del brazo.
—¿Qué significa eso?
La puerta se cerró sola con un clic metálico.
Las luces se volvieron más tenues.
Y desde el altavoz, una voz desconocida dijo algo que hizo que el corazón de Mía dejara de latir:
“A la atención de la habitación 407:
Él ya está aquí.”
Mía sintió que el mundo entero se detuvo.
Liam la apretó contra él.
Y supo que Calder…
había llegado antes de lo esperado.