Daniel es un joven marcado por traumas infantiles profundos. Vive emocionalmente anestesiado hasta que aparece una entidad desconocida que le ofrece un trato:
olvidar el dolor y purificar su alma… a cambio de cumplir misiones en distintos mundos.
Pero hay una trampa elegante:
no puede borrar su pasado hasta volverse digno de hacerlo.
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El Reino de los Colmillos
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Capítulo IX — El Reino de los Colmillos
El olor a hierro fue lo primero.
No perfume, no flores perfectas.
Hierro, tierra húmeda y humo.
Daniel abrió los ojos y el cielo no era blanco ni dorado. Era gris. Pesado. Real.
Montañas ásperas rodeaban un valle donde chozas de madera y piedra se levantaban sin simetría. Nada era perfecto. Nada era estético. Todo era funcional.
—Nuevo mundo —murmuró.
La entidad no apareció. Esta vez lo dejó solo.
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Ella apareció poco después.
Una joven humana de cabello oscuro, ropa rasgada, mirada confundida. Había sido transportada desde su mundo moderno. Sin preparación. Sin elección.
Y frente a ella, orcos.
Altos. Musculosos. Piel verde y gris, cicatrices que contaban historias. No eran caricaturas brutales. Eran tribu. Cultura. Jerarquía.
El líder dio un paso al frente. No había violencia inmediata. Había evaluación.
Daniel observó desde la periferia, como siempre.
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Pasaron semanas.
La joven no murió. No fue devorada. No fue esclavizada.
Fue integrada.
Aprendió su lengua. Compartió comida. Curó heridas. Sonrió.
Y el romance comenzó.
Primero con el líder. Después con otro guerrero. Luego con un sanador. El mundo parecía girar alrededor de ella como una fantasía cumplida: múltiples parejas fuertes, protectoras, devotas.
Hijos comenzaron a nacer. Uno. Dos. Tres.
El valle celebraba. Los lectores invisibles de ese mundo suspiraban satisfechos.
“Qué suerte”, decían las voces que no existían.
“Vida salvaje, pasión intensa, hombres poderosos.”
Daniel cerró su cuaderno.
Eso no era lo que le interesaba.
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Lo que él veía era otra cosa.
Veía a una mujer arrancada de su mundo sin consentimiento.
Veía adaptación acelerada.
Veía una sonrisa que no siempre alcanzaba los ojos.
Veía noches donde, cuando todos dormían, ella miraba el cielo con una nostalgia que no sabía nombrar.
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Una tarde, Daniel la encontró sola junto al río.
No intervino de inmediato. Observó.
Ella tocó el agua y susurró:
—¿Es esto lo que quería?
No lo dijo con tristeza dramática. Lo dijo con duda real.
Amaba a sus hijos. Eso era indiscutible.
Sentía afecto por los orcos. También era real.
Pero… ¿había elegido?
O simplemente había sobrevivido tan bien que confundió adaptación con deseo.
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Daniel sintió la presión en el pecho. Este mundo no castigaba con fiebre. Castigaba con ambigüedad.
La fantasía que muchos idealizaban tenía grietas.
La poligamia tribal no era solo pasión intensa. Era responsabilidad constante. Era embarazo tras embarazo. Era pertenecer a una estructura donde su valor principal era fertilidad y unión entre clanes.
Los orcos no eran monstruos.
Pero el sistema no preguntaba si ella quería otra cosa.
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Daniel escribió:
“La fantasía es hermosa cuando no exige consecuencias.”
Cerró el cuaderno.
Por primera vez en este mundo, decidió acercarse.
—¿Eres feliz? —preguntó sin rodeos.
Ella lo miró. Sus ojos no eran débiles. Eran complejos.
—Creo que sí —respondió—. Pero no sé si esta vida es la que elegiría… si pudiera elegir desde el principio.
Silencio.
El viento movía las hojas. A lo lejos, un niño orco reía.
—Los amo —dijo ella—. Pero a veces me pregunto quién habría sido si no hubiera caído aquí.
Eso fue lo que nadie quería leer.
No la pasión.
No los músculos.
No la fantasía reproductiva.
Sino la identidad perdida.
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Daniel comprendió la misión.
No destruir el mundo.
No juzgar a los orcos.
Sino exponer la pregunta que el sistema evita:
¿Elegimos lo que vivimos, o aprendemos a amar lo que nos tocó?
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Esa noche, en la aldea, los guerreros celebraban otro nacimiento.
La protagonista sonreía. Sostenía a su hijo con ternura genuina.
Daniel no veía falsedad.
Veía una mujer fuerte… y cansada.
Veía amor… y renuncia.
Veía deseo… y costumbre.
La naturaleza humana no es blanco o negro. Es barro mezclado con luz.
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Desde la distancia, Daniel sintió algo distinto en su interior.
No compasión dulce.
Compasión madura.
Entender que alguien puede amar su vida… y aun así cuestionarla.
Que una fantasía puede cumplirse… y no llenar todos los vacíos.
El mundo no se rompió como el ABO.
Aquí no había perfección artificial que fracturar.
Aquí había algo más difícil:
Realidad emocional.
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Mientras el fuego iluminaba los rostros verdes y humanos, Daniel escribió una última línea antes de cerrar el capítulo:
“No toda fantasía es prisión. Pero toda fantasía merece ser cuestionada.”
Y el destino, silencioso, observaba.
Porque esta vez, el despertar no sería colectivo.
Sería interno.
Y eso siempre es más peligroso.