En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
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XV. APARICIÓN.
Dos días después.
Andrea despertó y extendió la mano hacia el lado vacío de la cama. Frío.
—¿Conrad…? —murmuró.
Se incorporó. La habitación de Conrad estaba ordenada, como siempre. Demasiado ordenada. Se vistió rápido y salió al pasillo.
La base estaba extrañamente animada para esa hora.
Encontró a un guardia en la intersección principal.
—¿Has visto a Conrad?
El guardia sonrió, conteniendo una risa.
—Creo que debe estar viendo el show.
Andrea frunció el ceño.
—¿Qué show?
—Sígame.
Caminaron hacia el sector de entrenamiento. Desde antes de doblar el último pasillo ya se escuchaban golpes secos. Impactos. Respiraciones intensas. Voces contenidas.
Al entrar, Andrea entendió.
El sector de entrenamiento vibraba con energía contenida. El círculo de soldados estaba cerrado, expectante y entre aclamaciones.
En el centro, Danielle y Ares se movían como fuerzas opuestas destinadas a chocar.
Golpe.
Bloqueo.
Giro.
Ares lanzó una combinación rápida, técnica impecable, precisión casi militar. Danielle la desarmó con una fluidez que parecía instintiva, como si su cuerpo leyera el futuro medio segundo antes de que ocurriera.
El impacto de un antebrazo contra otro resonó seco. Ares retrocedió un paso, respirando con intensidad. Sonrió.
Danielle lo bloqueó con precisión quirúrgica y giró sobre su eje, devolviendo un impacto que obligó a Ares a retroceder medio paso. El aire se tensó.
Ares sonrió apenas y volvió a lanzarse, combinación de puños y una barrida baja impecable.
Ágil. Potente. Controlado.
Pero Danielle…
Danielle parecía moverse antes de que él decidiera moverse. Esquivaba con economía absoluta. Respondía mejor. Más limpia. Más técnica. Como si su cuerpo hubiera sido diseñado para el combate.
—¡Vamos, mamá! —gritó Athenas.
—¡Papá, izquierda! —ordenó Athas con absoluta seriedad estratégica.
Un murmullo recorrió a los soldados cuando ella bloqueó un golpe, giró el brazo de Ares y lo obligó a flexionarse apenas.
No lo derribó. Pero pudo haberlo hecho.
Ares volvio a retroceder con una sonrisa.
—Si gano… —dijo entre ataques— tenemos que tener otro bebé.
El círculo de soldados quedó en un silencio súbito. Danielle parpadeó. Luego soltó una carcajada auténtica, sonora, que rompió toda tensión.
—¿Eso es lo mejor que tienes como motivación?
Ares volvió a atacar, esta vez intentando una llave.
—Estoy completamente motivado.
Ella giró sobre sí misma, escapó de la sujeción y lo empujó con precisión milimétrica.
—¿Y si gano yo?
—Entonces… —Ares bloqueó un golpe ascendente y respondió con una barrida— …lo discutimos.
Desde el borde del círculo, Conrad Vale rodeaba la cintura de Andrea mientras observaban el espectáculo.
—Definitivamente ahora apuesto por Danielle —murmuró Conrad.
Andrea no apartaba la vista.
—Siempre fue la opción inteligente.
En primera fila, Athenas abrió los ojos con dramatismo.
—¿Otro bebé?
Athas, más analítico, cruzó los brazos.
—Papá está distraído. Mala estrategia.
En el centro, Ares intentó aprovechar el momento en que Danielle reía.
Error.
Ella interceptó su muñeca, giró su brazo y con una transición perfecta lo llevó contra la lona. Impacto controlado. Silencio.
Danielle quedó sobre él, sujetándolo con firmeza, pero sin dañarlo. Se inclinó apenas.
—Parece que la discusión queda pendiente.
Ares, boca arriba, respirando agitado, la miró con admiración absoluta.
—Revancha.
—Mañana.
Los soldados estallaron en aplausos. Athenas corrió hacia ellos.
—¡Mamá ganó otra vez!
Athas caminó detrás, intentando mantener compostura militar. Ares se incorporó, rodeando la cintura de Danielle con una sonrisa que no ocultaba orgullo.
Conrad susurró al oído de Andrea:
—Si ese era su plan para ganar… necesita una mejor estrategia.
Andrea sonrió.
—Creo que su estrategia era distraerla.
Conrad observó a Danielle ayudar a Ares a ponerse de pie.
—No funcionó.
En medio de risas, comentarios y pequeñas voces emocionadas, la tensión del mundo exterior pareció diluirse por un instante.
Pero algo era seguro.
Si decidían tener otro bebé… probablemente también nacería listo para la guerra.
Las risas todavía flotaban en el aire cuando Ares y Danielle se acercaron a sus hijos. Ares se agachó frente a los mellizos, aún con la respiración acelerada por el combate.
—Entonces… —miró a Athenas y luego a Athas con una media sonrisa— ¿cuándo creen que deberíamos tener un hermano nuevo?
Athenas abrió los ojos con brillo travieso.
—¿Hoy?
Athas inclinó la cabeza, evaluando.
—Primero deberíamos optimizar la seguridad perimetral —respondió con absoluta seriedad.
Danielle soltó una risa suave.
—Creo que tu hermano tiene razón.
Ares iba a replicar cuando de repente.
BOOM.
El suelo tembló. Un estallido brutal sacudió la estructura. El eco retumbó por los pasillos metálicos.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
BOOM.
Otro impacto, más cercano. Las luces parpadearon. Las alarmas comenzaron a sonar, agudas, constantes, cortando el aire.
Los soldados reaccionaron de inmediato, formando perímetros, sacando armas, protegiendo accesos. Athenas se pegó al costado de Danielle. Athas dio un paso al frente, instintivamente colocándose frente a su hermana.
Desde los altavoces, la voz firme de Conrad Vale atravesó la base:
—Alerta roja. Repetimos. Alerta roja. La F.A.C.I y el ejército están atacando el perímetro norte y este. Escudos al setenta por ciento. Protocolos defensivos activos.
Un tercer impacto hizo vibrar el techo. Polvo fino cayó desde las estructuras superiores. Ares ya no sonreía. Su expresión cambió en una fracción de segundo.
Fría.
Letal.
—Danielle.
Ella asintió sin necesidad de palabras.
—Niños. A la sala segura. Ahora.
—Pero quiero ayudar —dijo Athenas, respirando más rápido.
Danielle tomó su rostro con ambas manos.
—Tu momento llegará. Hoy no.
Athas miró a Ares.
—¿Es Apocalipsis?
Ares sostuvo la mirada de su hijo.
—No lo sabemos aún.
Otra explosión más distante. Las luces cambiaron a rojo intermitente. Conrad volvió a hablar:
—Han desplegado artillería pesada. No es una advertencia. Es una ofensiva completa.
Andrea apareció en el umbral del sector, ya con equipo táctico.
—Las entradas secundarias están siendo forzadas.
Ares se incorporó por completo, su presencia llenando el espacio.
—Evacúen a los civiles al nivel tres. Cierren compuertas internas. Activen defensa autónoma.
Los soldados respondieron al unísono. Danielle abrazó a los mellizos con fuerza.
Un segundo.
Solo uno.
Luego los soltó.
—Vayan con Andrea.
Athenas miró a su padre.
—Ten cuidado.
Ares se inclinó y besó su frente.
—Siempre.
Otro estallido sacudió la base. Más cercano. Más violento. Las sirenas continuaban gritando. El “show” había terminado. La guerra había comenzado.
Las explosiones seguían sacudiendo la base cuando Andrea corrió con los mellizos, uno a cada lado, mientras Conrad abría paso entre corredores que vibraban bajo impacto.
El sistema de emergencia iluminaba todo en rojo intermitente.
—Sector de evacuación listo en treinta segundos —anunció Conrad, activando su comunicador.
Las compuertas blindadas se abrieron con un siseo hidráulico. El jet táctico ya estaba encendido, turbinas girando con un rugido contenido.
Conrad desbloqueó la rampa.
—Arriba. Ahora.
—¡No! —protestó Athenas—. ¡Queremos quedarnos!
Athas apretó los puños.
—Podemos ayudar.
—Ese no es su rol hoy —respondió Conrad con firmeza suave, pero inquebrantable.
Los subió primero, casi alzándolos pese a la resistencia. Luego tomó la mano de Andrea y la ayudó a subir. Otra detonación hizo vibrar el hangar. Conrad descendió de la rampa.
Andrea lo miró de inmediato.
—¿Qué haces?
Él giró hacia la puerta del hangar, hacia el eco distante de disparos automáticos. Luego volvió a mirarla.
Negó con la cabeza.
—No puedo irme así.
—Conrad…
—Si cruzan el segundo perímetro, no habrá tiempo. Tengo que reforzar el núcleo. Reprogramar las defensas manualmente.
Andrea bajó de la rampa de inmediato.
—Ese no es el plan. El plan es evacuar juntos con los niños —le recordó.
—Los planes cambian.
Sus ojos estaban extrañamente serenos.
—El destino está marcado, Andrea.
Ella lo miró con incredulidad y rabia.
—No te atrevas a hablarme de destino.
Una explosión más cercana hizo que parte del techo dejara caer chispas. Conrad tomó su rostro con ambas manos.
—Protege a los niños, Andrea.
—Te protejo a ti también —susurró ella, negando.
—No esta vez.
Por un segundo, el mundo pareció reducirse al espacio entre ellos. El rugido de las turbinas. Las sirenas.
El eco lejano de combate donde Ares y Danielle seguramente ya estaban conteniendo la ofensiva. Conrad dio un paso atrás.
Andrea giró, desesperada, buscando a los mellizos para insistir, para ganar tiempo, para obligarlo a subir pero se detuvo.
Silencio interno. Los asientos del jet… Vacíos.
—Conrad… —su voz se quebró apenas.
Él frunció el ceño. Ambos avanzaron hacia el interior. No había niños. Ni rastro. La rampa seguía abajo. Las turbinas seguían encendidas. Pero los mellizos… Habían desaparecido.
Una alarma secundaria comenzó a sonar, diferente. Más aguda. Desde el comunicador interno, una voz automática anunció:
—Acceso no autorizado detectado en nivel estratégico.
Conrad y Andrea se miraron. No era una evacuación lo que estaba ocurriendo. Era algo mucho peor.
Las detonaciones seguían sacudiendo los niveles superiores mientras Andrea y Conrad corrían por los corredores internos.
—No pudieron salir solos —dijo Andrea, respirando agitada—. No sin que los notaramos.
Conrad activaba paneles a su paso, revisando accesos.
—No hay registros de salida. Eso significa que siguen dentro.
Una compuerta lateral apareció abierta. Forzada desde adentro. Ambos intercambiaron una mirada tensa.
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En el frente, las balas impactaban contra blindajes y columnas reforzadas. Ares dirigía a los soldados con precisión militar.
—¡Escuadrón dos, flanqueen por el ala este! ¡Cubran retaguardia!
Danielle avanzaba a su lado, moviéndose entre disparos con una agilidad casi antinatural. Ares giró hacia ella.
—Tengo que buscar a Arthur.
Ella asintió apenas. Doblaron el pasillo central y se detuvieron. Al otro extremo, entre humo y luces rojas intermitentes, estaba él.
Xavier Hoffmann.
De pie.
Impecable.
Sonrisa torcida.
Mirando directamente a Danielle. Sus ojos no mostraban sorpresa. Solo satisfacción.
—Hija —dijo con una voz que resonó por encima del caos.
El tiempo pareció tensarse. Xavier inclinó ligeramente la cabeza, casi en saludo formal. Luego sacó su arma con calma deliberada.
Ares dio medio paso al frente. Danielle levantó una mano deteniéndolo. Sonrió. Pero no era una sonrisa amable.
Era antigua.
Fría.
—Ve a buscar a Arthur —le dijo a Ares sin apartar la vista de Xavier—. Yo me encargo.
—No pienso dejarte sola con él.
Danielle tronó su cuello hacia un lado. Luego hacia el otro. El sonido seco resonó incluso sobre las sirenas.
—Vete.
Ares dudó un segundo que pareció eterno. La conocía.
Sabía lo que esa expresión significaba. Se inclinó apenas hacia ella.
—Volveré por ti.
—Hazlo.
Y se fue, muy a su pesar, desapareciendo por el pasillo lateral. El humo se espesó entre padre e hija. Xavier ladeó la cabeza.
—Siempre tan impulsiva.
—No tienes idea de cuánto esperé esto —respondió Danielle.
Silencio. Un latido. Dos. Y entonces ambos se lanzaron.
Xavier disparó primero. Danielle ya se movía. Se deslizó por el suelo cuando el proyectil cruzó el aire donde había estado su cabeza.
Rodó. Extendió el brazo. Sujetó su pierna con precisión quirúrgica. Giró su cuerpo usando su propio impulso y lo derribó.
Xavier cayó de espaldas contra el suelo metálico con un golpe seco. Danielle se incorporó en un solo movimiento fluido, lista para rematar. Pero él ya sonreía incluso desde el suelo.
—Eso es —murmuró—. Muéstrame en qué te convertiste.
El combate apenas comenzaba.
El humo era cada vez más espeso.
Ares corría por los pasillos con el arma en alto, disparando ráfagas cortas y precisas mientras guiaba a sus soldados.
—¡Cubran la intersección! ¡Nadie pasa a este nivel!
Un enemigo emergió entre el polvo. Dos disparos.Cayó.
Ares no se detuvo. Su mente solo repetía una coordenada: habitación 3-17.
Arthur.
Dobla el último pasillo. Se detiene en seco. La puerta estaba destruida. Arrancada de sus bisagras. Las paredes fracturadas por detonaciones. El corazón se le olvidó de un latido.
—No…
Entró de inmediato.
Escombros por todas partes. Hierro doblado. Cemento quebrado. Chispas aún saltando de cables expuestos.
—¡ARTHUR! —rugió.
No hubo respuesta. Se arrodilló y empezó a mover restos pesados con las manos, ignorando cortes y polvo en los pulmones. Levantó una placa metálica. Luego otra.
Un bloque más grande. Sus músculos temblaron al alzarlo y entonces lo vio.
Arthur estaba atrapado bajo una viga caída, el rostro cubierto de polvo… y sangre descendiendo desde la sien. El mundo se volvió un zumbido.
—No. No. No.
Ares lanzó la viga a un lado con un esfuerzo brutal y lo sacó con cuidado, levantándolo contra su pecho.
—Vamos… vamos… —murmuraba, desesperado—. Quédate conmigo.
Lo acomodó en el suelo, sosteniéndole el rostro.
—Respira, vamos. Respira.
Apoyó su oído contra el pecho de Arthur. Silencio. Un segundo eterno. Dos.
—Respira… por favor…
Su voz ya no era la del líder. Era la de un hijo quebrándose.
—Papá… respira…
Un sonido. Débil. Un golpe irregular bajo su oído.Otro.
Entonces Arthur tosió de repente, sacudiéndose, aspirando aire con dificultad. Ares se apartó apenas, sosteniéndolo. Arthur entreabrió los ojos, desorientado.
—Creí… que vi la luz… del cielo…
Ares soltó una risa rota, casi histérica por el alivio.
—Era más bien un misil.
Arthur intentó sonreír, aunque el gesto se deformó por el dolor.
—Ah… eso explica mucho.
—No vuelvas a asustarme así.
Ares lo ayudó a incorporarse con firmeza pero cuidado.
—¿Puedes caminar?
—Creo… que sí.
—No necesitamos que creas. Necesitamos que lo hagas.
Lo sostuvo por el brazo, pasándolo por sus hombros. Otra explosión sacudió el edificio. Polvo cayó del techo.
Ares lo miró fijo.
—Tenemos que salir ahora.
Y juntos, entre humo, fuego y disparos lejanos, comenzaron a avanzar hacia la única salida que aún no había sido devorada por la guerra.
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Las luces de emergencia parpadeaban mientras Andrea y Conrad doblaban el último corredor hacia el laboratorio infantil.
—Si se movieron, tuvo que ser aquí —susurró Andrea.
La puerta estaba entreabierta. Conrad alzó la mano indicándole que se detuviera. Demasiado silencio. Entraron y los vieron.
Un grupo de soldados de la F.A.C.I revisando el laboratorio. Armados. Comunicándose en voz baja. Uno de ellos los detectó.
—¡Aquí!
Todo pasó en segundos. Conrad empujó a Andrea hacia atrás, colocándose delante de ella. Pero no fue suficiente. Dos armas se apoyaron en sus espaldas.
Frías.
Firmes.
Andrea contuvo el aliento. Conrad apretó los dientes. Los hicieron girarse.Quedaron rodeados. Seis soldados formando un círculo cerrado. Conrad se movió apenas, cubriendo a Andrea con su cuerpo.
—Tranquila —murmuró—. Pase lo que pase.
Los soldados alzaron las armas. Listos para ejecutar. Un dedo comenzó a presionar el gatillo y entonces... Las armas se elevaron solas.
Como si alguien hubiera tirado de ellas con hilos invisibles. Los soldados fruncieron el ceño, intentando bajarlas. No pudieron. Una fuerza invisible empujaba los cañones hacia el techo.
—¿Qué demonios…?
El aire vibró. Los cuerpos de los soldados se tensaron de golpe y fueron lanzados hacia atrás. Primero contra una pared. El impacto resonó brutal.
Luego hacia la otra. Después, como si la gravedad hubiera decidido enloquecer, fueron arrastrados violentamente hacia el techo. Se escucharon gritos cortados en seco y finalmente cayeron.
Inertes. Un silencio pesado llenó el laboratorio. Conrad y Andrea respiraban agitadamente. Lentamente… se giraron.
De pie, al centro del laboratorio destruido, estaba Athas. Pequeño. Inmóvil.
Sus ojos verdes brillaban intensamente. El mismo tono. La misma energía. La misma intensidad que los de Athenas. No había miedo en su expresión. Solo concentración y algo más. Algo oscuro... enojo.
La energía que lo rodeaba vibraba apenas, moviendo papeles y fragmentos de vidrio a su alrededor como si flotaran en un campo invisible.
Andrea dio un paso hacia él, con voz temblorosa.
—Athas…
Los ojos del niño parpadearon. El brillo disminuyó lentamente. Los objetos cayeron al suelo. El silencio regresó y entonces, como si recién comprendiera lo que había hecho, sus hombros pequeños temblaron.
—Tia… —susurró.
Andrea corrió hacia él y lo abrazó con fuerza. Conrad permaneció inmóvil un segundo más. Mirando los cuerpos. Mirando el techo agrietado. Luego volvió la vista hacia el niño, entendiendo, con una claridad inquietante, que la guerra acababa de cambiar de escala.
Andrea todavía tenía a Athas entre sus brazos cuando le sostuvo el rostro con ambas manos.
—¿Dónde está tu hermana?
El niño parpadeó, ya sin el brillo intenso en los ojos, aunque algo en él seguía vibrando.
—Seguro fue a buscar a mamá… y a papá.
Andrea levantó la mirada hacia Conrad. Ese intercambio silencioso lo dijo todo. Si Athenas estaba sola en medio del ataque… Entonces Athas se tensó de repente.
No fue un ruido fuerte. Fue algo más. Una presión en el aire. Un cambio casi imperceptible en la atmósfera.
Los tres se giraron al mismo tiempo y lo vieron. Por primera vez... Apocalipsis.
De pie, detrás de ellos. No miraba a Andrea. No miraba a Conrad. Sus ojos claros, fríos… estaban fijos únicamente en Athas.
Era tan alto como Ares. Ancho de hombros. Fuerte. Cada músculo marcado bajo el uniforme oscuro táctico. Su postura no era arrogante. Era depredadora.
Como si no estuviera frente a enemigos. Sino frente a una presa que llevaba tiempo rastreando. Andrea dejó de respirar. Su cuerpo se paralizó.
Conrad reaccionó primero.
—¡Andrea, corre! ¡Ahora!
El grito la sacudió. Andrea tomó a Athas con fuerza y salió corriendo por el pasillo sin mirar atrás. Conrad llevó la mano a su arma. Pero fue demasiado lento, Apocalipsis se movió.
No corrió.
Desapareció del lugar donde estaba. Un instante después su mano ya rodeaba el cuello de Conrad. Lo levantó del suelo como si no pesara nada. Los pies de Conrad se despegaron.
Intentó golpearlo. Fue inútil.
Apocalipsis lo estrelló contra la pared. El impacto quebró el yeso. El aire abandonó los pulmones de Conrad en un jadeo seco. Cayó al suelo, aturdido.
Alzó la vista justo a tiempo para ver cómo Apocalipsis giraba la cabeza hacia el corredor por donde Andrea había huido.
Sus ojos brillaron apenas y entonces corrió. No como un hombre. Como una bestia en persecución. Conrad intentó incorporarse, tosiendo sangre.
—¡Andrea!
Apoyándose en la pared, se levantó como pudo, tambaleante pero decidido y comenzó a correr detrás de ellos.
Porque entendía algo con una claridad devastadora: Apocalipsis no estaba allí por venganza. No estaba allí por poder. Había ido por Athas y Athenas... y no pensaba fallar.
Andrea corría con Athas aferrado a su cuello, sintiendo los pasos detrás. No eran pasos humanos.
Eran constantes.
Precisos.
Demasiado rápidos.
—¿Por dónde, Athas? ¡Dime!
El niño cerró los ojos un segundo, como si escuchara algo que ella no podía oír.
—Por la derecha… después el pasillo largo… hay una salida…
Andrea no dudó. Giró. Corrió. Su respiración ardía en sus pulmones.
—¿A dónde vamos?
Athas abrió la boca para responder. Pero no pudo, una fuerza brutal la golpeó por detrás. No fue un ataque descontrolado.
Fue medido.
Calculado.
El impacto la lanzó al suelo, pero los brazos de Andrea se cerraron instintivamente sobre el niño, protegiendo su cabeza antes de rodar. Sintió el piso contra su espalda y luego la sombra cayó sobre ellos.
Apocalipsis avanzaba sin prisa ahora. Sabía que los tenía. Andrea cubrió a Athas con su cuerpo, esperando el golpe final.
Pero antes de que Apocalipsis pudiera alcanzarlos una figura apareció por detrás.
Rápida.
Silenciosa.
Una mano se cerró en la nuca de Apocalipsis y lo arrancó del suelo. Danielle lo arrojó hacia atrás con fuerza sobrehumana. El cuerpo de Apocalipsis cruzó el pasillo y se estrelló contra la pared opuesta.
El concreto se agrietó. El impacto retumbó. Andrea alzó la vista, aturdida. Danielle ya estaba de pie entre ellos y la amenaza.
Apocalipsis se incorporó casi de inmediato, sacudiendo el polvo del hombro como si nada. Sus ojos claros la recorrieron. Fríos y analíticos.
—Prototipo uno —dijo con una leve inclinación de cabeza.
Danielle sonrió apenas. Una sonrisa peligrosa.
—Así que tú eres el modelo final… —respondió—. Por fin nos conocemos.
Andrea aprovechó el instante para arrastrarse hacia un costado con Athas, alejándose del centro del pasillo.
El aire se volvió pesado. Denso.
No hubo más palabras.
No eran necesarias.
Danielle y Apocalipsis se lanzaron el uno contra el otro
al mismo tiempo. El choque fue brutal. Un impacto que hizo vibrar las paredes. Fuerza contra fuerza.
Puño contra puño. El sonido del concreto quebrándose marcó el inicio de algo que ya no era persecución. Era confrontación y ninguno de los dos parecía dispuesto a retroceder.
El pasillo vibraba con cada impacto. Danielle y Apocalipsis peleaban cuerpo a cuerpo con una violencia que no tenía nada de humana.
Puños que rompían concreto. Rodillas que dejaban grietas en el suelo. Velocidad imposible. Pero había algo inquietante en el combate.
Apocalipsis sonreía.
Anticipaba cada movimiento de Danielle apenas una fracción antes de que ocurriera. Se movía como si ya hubiera visto el golpe. Danielle también reaccionaba con la misma precisión.
Dos armas diseñadas con la misma lógica. Dos versiones de un mismo experimento.
Un giro.
Una finta.
Apocalipsis bloqueó un puñetazo y respondió con una patada lateral devastadora. El impacto levantó a Danielle del suelo y la lanzó contra la pared. El concreto estalló detrás de ella.
Andrea se agachó de inmediato y cubrió los ojos de Athas.
—No mires… no mires…
—¡Mamá! —gritó el niño, desesperado.
Danielle ya estaba de pie otra vez. Respiraba con fuerza. Se lanzó nuevamente. Pero esta vez Apocalipsis más rápido. Su mano se cerró alrededor del cuello de Danielle. La levantó del suelo sin esfuerzo. La estrelló contra la pared.
Una vez.
Dos.
El concreto crujió. No le dio tiempo a reaccionar. La sostuvo en alto, apretando.
—Eres un borrador —murmuró con frialdad—. Yo soy el resultado.
Danielle apretó los dientes, intentando liberarse. Entonces el muro del extremo del pasillo explotó hacia adentro.
No fue una entrada.
Fue un impacto.
Como si un camión hubiese atravesado la estructura. Una figura atravesó el polvo y los escombros a toda velocidad.
Ares.
No se detuvo. No gritó. No dudó.
Se llevó a Apocalipsis por delante con un golpe brutal en el torso. El agarre sobre Danielle se rompió. Ambos hombres cruzaron el pasillo incrustándose contra la pared opuesta.
El edificio tembló. El sonido fue ensordecedor. Ares no le dio margen. Sujetó a Apocalipsis del uniforme y descargó un puñetazo que hundió el concreto detrás de su cabeza.
Sus ojos ardían de furia.
—Aléjate. De. Mi. Familia.
Apocalipsis, aturdido apenas un segundo, levantó la mirada y por primera vez… Su expresión cambió. No era miedo. Era una especie de reconocimiento. La verdadera batalla acababa de empezar.
Apocalipsis volvió a sonreír. No era arrogancia vacía. Era certeza.
Ares tenía fuerza. Tenía entrenamiento. Tenía rabia. Pero no era un proyecto finalizado.
No había sido optimizado para combate prolongado como Danielle o Apocalipsis.
En un movimiento seco, Apocalipsis sujetó el cráneo de Ares con ambas manos. Lo atrajo hacia sí. El cabezazo resonó como un disparo. Ares perdió el equilibrio apenas un segundo.
Fue suficiente. Apocalipsis giró su cuerpo y lo impactó brutalmente contra la pared. El concreto estalló detrás de la espalda de Ares. El polvo llenó el aire.
Andrea apretó más fuerte a Athas, que temblaba contra su pecho.
—¡Papá! —gritó el niño.
Danielle reaccionó al instante.
—¡Ares!
Se lanzó como un proyectil. No midió distancia ni ángulo. Embistió a Apocalipsis por el costado, rodeándole el torso y arrancándolo literalmente de encima de Ares.
El impacto los llevó rodando varios metros. Danielle no lo soltó. Giró el cuerpo con una maniobra limpia y lo levantó usando la misma fuerza que él había usado antes.
—¿Resultado? —escupió ella con furia contenida—. Aún soy el prototipo que te va a romper.
Lo arrojó contra la columna central del pasillo, la estructura se fracturó. Fragmentos cayeron alrededor. Apocalipsis se incorporó casi de inmediato, sangre fina deslizándose por su frente.
Se limpió con el pulgar. Miró a Danielle. Luego a Ares, que se estaba levantando otra vez, tambaleante pero de pie.
Y su sonrisa regresó. Más amplia. Más peligrosa.
—Perfecto —dijo con voz baja—. Ahora sí es interesante.
El pasillo crujió. El combate estaba lejos de terminar.
Ares fue el primero en lanzarse otra vez.
Rabia pura.
Golpe frontal.
Determinación absoluta. Danielle lo siguió medio segundo después, coordinando sin hablar. Pero Apocalipsis los leyó.
Empujó a Ares con fuerza suficiente para hacerlo retroceder varios pasos. Ares gruñó, cada vez más furioso.
Danielle aprovechó el ángulo. Se deslizó por el costado, rodeó el cuello de Apocalipsis con una llave perfecta y lo derribó, estrellando su cabeza contra el suelo con precisión quirúrgica.
El impacto agrietó el piso. Intentó inmovilizarlo. Pero Apocalipsis no estaba perdiendo fuerza.
Sonrió.
Flexionó las rodillas contra el abdomen de Danielle y la impulsó hacia arriba. En el mismo movimiento atrapó su pierna, la giró y la lanzó directo contra Ares.
Ares reaccionó en el aire y la sostuvo antes de que cayera. Se giró hacia Andrea.
—¡Sácalo de aquí, ahora!
Andrea asintió, apretando a Athas contra su pecho. Pero antes de que pudiera dar un paso Apocalipsis ya estaba frente a ella.
Demasiado rápido. La empujó contra la pared, cuidando que el impacto no dañara al niño.
—Quédate ahí —dijo con voz baja y fría—. Ya casi termino.
Se lanzó de nuevo. Golpeó a Ares enviándolo contra la pared. Una patada seca derribó a Danielle al suelo.
Esta vez Apocalipsis fue directo hacia la amenaza real... Hacia Danielle.
Sacó un cuchillo del uniforme. Preciso. Rápido. Apuntando al ojo. Pero antes de que pudiera descender su brazo se detuvo en el aire. Como si una mano invisible lo hubiese atrapado. El cuchillo vibró.
Su brazo fue forzado hacia atrás. Apocalipsis giró la cabeza y lo vio.
Athas. Con la mano en alto, sus ojos verdes brillando con intensidad absoluta. Controlando cada músculo del brazo de Apocalipsis. El niño gritó con toda su fuerza:
—¡AHORA! ¡HAZLO, ATHENAS!
El aire cambió. El pasillo destruido volvió silencioso y entonces Athenas apareció.
No corrió.
No gritó.
Simplemente estuvo ahí. Se colocó frente a Apocalipsis y llevó ambas manos hacia su cabeza. No lo tocó con violencia...Lo sostuvo y el efecto fue inmediato.
Apocalipsis soltó un grito ahogado. No era físico. Era interno. Sus rodillas temblaron. Las venas de su cuello se marcaron.
Su respiración se descompuso. Athenas cerró los ojos, concentrada. El dolor que le provocaba no era superficial.
Estaba entrando en su mente. Rompiendo barreras. Desordenando conexiones. Apocalipsis apretó los dientes. Intentó moverse.
Pero Athas aún sostenía su brazo.
Ares y Danielle se levantaban otra vez.
Y por primera vez… La sonrisa de Apocalipsis desapareció. La balanza acababa de inclinarse.
Athenas sostuvo el rostro de Apocalipsis con ambas manos.
—Muéstramelo todo. —le ordeno a su mente.
La orden atravesó las defensas mentales y la puerta se abrió. Oscuridad. Luego un nombre claro, grabado con fuerza en su identidad:
Luciam Vale.
La mente de Athenas descendió con cuidado. Fragmentos de infancia. Una madre cantando. Un padre levantándolo en brazos. Risas en una cocina iluminada por la tarde.
Después, el quiebre.
Laboratorios. Agujas. Cirugías interminables. Pantallas mostrando actividad neuronal alterada. Voces hablando de “optimización emocional”, “supresión de apego”, “reestructuración conductual”.
Luciam gritando.
Luciam suplicando.
Luciam rompiéndose.
Pero Athenas no se detuvo. Fue más allá de los recuerdos y entonces lo vio. No era pasado. Era posibilidad. Un futuro probable.
Se vio a sí misma más adulta, no como enemiga. No frente a él en combate. Sino de pie a su lado. Sus manos entrelazadas.
Miradas que no contenían odio, sino reconocimiento. Luciam —no Apocalipsis— observándola como si fuera la única constante en un mundo que siempre cambiaba.
Protegiéndola.
Eligiéndola.
No era una proyección de dominación. Era… vínculo. Athenas sintió un estremecimiento. Aquello no era un cálculo frío. Había emoción real en esa línea futura, pero cuanto más miraba, más extraño se volvía.
Los años avanzaban.
Ciudades cambiaban.
Personas envejecían.
Ella misma crecía. Pero él… No. Luciam permanecía idéntico. Ni una línea más en el rostro. Ni una variación celular.
El tiempo no lo tocaba. Confundida, profundizó mas en ese escenario y entonces lo encontró. No solo habían modificado su mente. No solo su fuerza.
Habían alterado su biología a nivel fundamental.
Telómeros estabilizados artificialmente. Regeneración celular constante. Bloqueo total del envejecimiento. Reparación automática de daño sistémico.
Un protocolo sellado bajo capas de seguridad:
Proyecto: Eternum.
Objetivo: arma permanente.
No un soldado. Un activo perpetuo. Inmortal. Athenas sintió un nudo en el pecho. No lo habían convertido solo en un arma.
Lo habían condenado a existir sin final. Sin desgaste. Sin descanso y entonces entendió algo más inquietante.
La proyección amorosa no era un error. Era una variable no controlada. En todos los futuros donde ella sobrevivía… Luciam elegía quedarse.
Como si su presencia fuera el único ancla que lo mantenía humano. Abrió los ojos de golpe. Lo soltó.
En el mundo físico, Apocalipsis tambaleó un segundo antes de enderezarse. Sus ojos la buscaron de inmediato. Había algo distinto ahora.
Una leve confusión.
Una grieta.
Athenas, aún conectada a un hilo invisible de su mente, habló desde dentro.
—Vete. —le ordeno desde su mente—. ¡LARGO!
No fue una amenaza. Fue una súplica disfrazada de orden. Luciam la escuchó Y por primera vez, dudó. Su cuerpo dio un paso atrás. Luego otro.
La miró como si intentara recordar algo que no sabía que había perdido y desapareció entre los corredores. El silencio cayó.
Danielle y Ares se acercaron, alertas, pero Athenas no hablaba. Su mente aún estaba procesando la verdad. No habían creado solo un enemigo.
Habían creado a alguien que nunca moriría y en algún punto del futuro… Ese alguien la amaría. Y eso era infinitamente más peligroso.
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No tardes