Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?
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Capítulo 13:Aprender a tocarse sin miedo
La pintura quedó apoyada contra la pared.
No ocupaba el centro del salón, ni reclamaba atención. Simplemente estaba allí, como algo que había nacido sin pedir permiso. El piano permanecía abierto, pero Aiden no volvió a tocar. El silencio que siguió no pesaba; se sentía… cómodo.
Ren fue el primero en moverse.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el caballete, estirando las piernas con un suspiro cansado. Había una tensión suave en sus hombros, como después de algo importante pero tranquilo.
—Creo que… —dijo, dudando— hace mucho que no me sentía así.
Aiden se quedó de pie unos segundos más, como si no supiera bien dónde colocarse. Luego se sentó a su lado, a una distancia prudente, casi exagerada.
—¿Así cómo? —preguntó.
Ren ladeó la cabeza, pensándolo.
—Como si no estuviera esperando que algo se rompa.
Aiden bajó la mirada a sus manos.
—Yo sigo esperando un poco —admitió—. Pero ya no duele tanto.
Ren sonrió apenas.
El atardecer se filtraba por la ventana, tiñendo el salón de tonos cálidos. La luz dorada hacía que el polvo flotando pareciera parte del lugar, no algo que debiera limpiarse.
Hubo un silencio largo.
No incómodo.
Expectante.
Ren notó de pronto lo cerca que estaban. Podía sentir el calor del cuerpo de Aiden a su lado, la forma en que su brazo rozaba apenas el suyo cada vez que respiraban profundo al mismo tiempo.
Tragó saliva.
—Aiden… —dijo en voz baja.
—¿Sí?
Ren no lo miró de inmediato.
—¿Te das cuenta de que… ahora no tenemos excusas?
Aiden alzó la vista, sorprendido.
—¿Excusas para qué?
Ren giró el rostro. Sus mejillas estaban levemente sonrojadas, como si la pregunta le hubiera costado más de lo que esperaba.
—Para no intentarlo —respondió.
El corazón de Aiden dio un vuelco.
—Ren… —empezó, pero se quedó sin palabras.
No porque no supiera qué decir.
Sino porque por primera vez no había un guion trágico que seguir.
Ren respiró hondo y se obligó a mirarlo a los ojos.
—No estoy huyendo —dijo—. Y no quiero que esto sea perfecto. Solo… real.
Aiden sintió cómo algo se aflojaba dentro de su pecho.
—Yo tampoco quiero hacerlo bien —confesó—. Siempre quise hacerlo bien. Y mira dónde nos llevó eso.
Ren soltó una risa suave.
—Entonces estamos de acuerdo.
Aiden inclinó apenas el cuerpo hacia él. Fue un movimiento tan lento que podría haberse detenido en cualquier momento. Le dio tiempo a Ren de retroceder.
Ren no lo hizo.
Sus rodillas se tocaron primero. Luego los hombros. El espacio entre ambos se volvió ridículamente pequeño.
—Puedo estar nervioso —murmuró Aiden—. ¿Eso está permitido?
Ren sonrió, con las mejillas cada vez más rojas.
—Sería raro que no lo estuvieras.
Aiden levantó una mano, dudó un segundo y finalmente rozó los dedos de Ren. No los entrelazó. Solo los tocó, como si necesitara comprobar que estaba allí.
El contacto fue suficiente para que ambos se quedaran sin aliento.
—Ren…
—Aiden…
Se inclinaron al mismo tiempo.
No calcularon bien la distancia.
Sus frentes chocaron suavemente.
—Ah —murmuró Ren, sorprendido.
—Lo siento —dijo Aiden de inmediato, retrocediendo un poco—. Yo—
Ren rió, una risa breve y sincera, y negó con la cabeza.
—No te disculpes —dijo—. Fue… bastante acorde a nosotros.
Aiden también sonrió, avergonzado.
Esta vez, Ren fue quien se inclinó.
El beso fue torpe.
Sus labios se tocaron apenas, con una inseguridad casi infantil. Aiden se quedó rígido un segundo de más; Ren dudó otro segundo de más. Luego ambos rieron contra el otro, sin separarse del todo.
—Creo que… —susurró Ren— no he besado a nadie sin pensar que iba a perderlo después.
Aiden apoyó la frente contra la suya.
—Yo tampoco.
Se intentaron de nuevo.
Esta vez fue un poco mejor.
No apasionado.
No urgente.
Solo cálido.
Cuando se separaron, ambos tenían las mejillas rojas y la respiración desordenada, como si hubieran hecho algo mucho más importante de lo que parecía.
Ren se cubrió la cara con una mano.
—Esto es ridículo.
Aiden rió suavemente.
—Un poco.
—Pero… —Ren bajó la mano y lo miró— me gusta.
Aiden sintió una sonrisa crecerle sin poder evitarlo.
—A mí también.
Se quedaron sentados, hombro con hombro, sin besarse otra vez de inmediato. Como si necesitaran aprender que no todo tenía que ir rápido.
Aiden rompió el silencio.
—¿Te quedas a cenar?
Ren lo miró, sorprendido por lo simple de la pregunta.
—Sí —respondió—. Me quedo.
No hubo promesas grandilocuentes.
No hubo música dramática.
Solo dos personas, un lienzo húmedo secándose, un piano en silencio y un beso torpe que no pretendía salvarlos.
Y por primera vez, eso fue más que suficiente.
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