Dicen que ten cuidado con lo que desees... ¡Pero yo pedí un trono!, bah, que más da. Y si no fuera poco, resulta que ahora soy un omega puro. La nueva cáscara, que, aunque tenga mi nombre, en realidad era un... ¡Idiota, migajero, sin nada de dignidad! Y para el colmo; un personaje que sería utilizado por el protagonista y luego desechado.
No gracias, arreglaré eso, y mientras tanto me voy a divertir, porque este mundo donde los alfas dominan; no va conmigo, es más, haré que se inclinen a mis pies.
NovelToon tiene autorización de Sooya'sBook para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Epi 7; Tienes dos opciones
La oficina de Marco Vargas era un templo al orden y al poder. El cristal reforzado del ventanal separaba el caos de la ciudad del silencio sepulcral de su despacho, donde cada documento estaba alineado con una precisión casi neurótica. A sus veintiséis años, Marco se sentía el dueño legítimo del tablero. Víctor, su padre, le había entregado las llaves del reino a los veintidós, y desde entonces, la empresa familiar no había hecho más que expandirse bajo su puño de hierro de Alfa dominante.
Marco se reclinó en su sillón de cuero, observando los gráficos de rendimiento del último trimestre. Todo marchaba a la perfección. O al menos, así parecía.
Lo único que perturbaba la superficie lisa de su tranquilidad era el silencio. Leonard Ruiz, ese bastardo que parecía haber nacido solo para ser una piedra en su zapato, había estado inusualmente quieto. No había habido intentos de absorción agresiva, ni sabotajes en las licitaciones de energía, ni provocaciones en la prensa financiera. Para Marco, esa paz no era alivio; era la calma que precede a un tsunami.
Y luego, estaba el asunto de su hermano.
Marco soltó un suspiro irritado mientras tamborileaba sus dedos sobre el escritorio. Inel siempre había sido el ruido de fondo de su vida: un omega caprichoso, ruidoso y desesperado por atención que gastaba el dinero de la familia en fiestas mediocres y alfas de segunda categoría. Pero en los últimos días, el ruido se había detenido. Inel ya no enviaba mensajes pidiendo aumentos en sus tarjetas, ni protagonizaba escándalos en los clubes más caros de la ciudad. Estaba extrañamente... ausente.
—Espero que esta nueva faceta de "hijo callado" le dure al menos un mes —murmuró Marco para sí mismo, aunque la sospecha le picaba en la nuca.
Recordó las palabras de Inel en el comedor.
"Rumores... ratas infiltradas". Marco había intentado descartarlo como un pobre intento de su hermano por sonar importante, un berrinche disfrazado de advertencia corporativa. Era imposible que alguien se hubiera infiltrado en su círculo de confianza. Él mismo seleccionaba a su personal con un rigor que rozaba la paranoia. Sus secretarios, sus analistas, sus jefes de logística; todos eran examinados hasta el ADN.
"Inel no sabe distinguir una inversión de una factura de peluquería", pensó Marco, tratando de convencerse. "Solo quería molestarme porque no le presté atención en el desayuno".
Sin embargo, cada vez que revisaba el contrato de Soluciones Globales —el que Inel mencionó específicamente— sentía una punzada de incomodidad. Había detalles, pequeñas inconsistencias en los márgenes de ganancia, que antes le habían parecido errores humanos, pero que ahora, bajo la luz de la advertencia de su hermano, empezaban a parecer... deliberados.
Marco se frotó el puente de la nariz. La idea de que su "hermanito inútil" supiera algo que él no, era un golpe directo a su orgullo de Alfa. Se negó a creerlo. No podía permitir que la paranoia de un omega sin oficio perturbara su visión de negocio.
Lo que Marco Vargas no alcanzaba a comprender, mientras ignoraba las advertencias y se centraba en sus gráficos de barras, es que las ratas no solo estaban en su zona de confort, sino que ya habían empezado a roer los cimientos de su castillo. Y que su hermano menor, el "jarrón decorativo", no solo estaba al tanto, sino que ya estaba preparando el veneno para exterminarlas... o para domesticarlas a su conveniencia.
...—🖇️—...
En algún lugar de un antiguo almacén de textiles, una estructura de concreto frío y sombras largas que la familia Vargas había olvidado hace décadas. El aire olía a polvo y a ese aroma metálico de la electricidad estática. En el centro de la estancia, iluminado por una bombilla desnuda que oscilaba levemente, un hombre estaba atado a una silla de metal. Era un Beta, uno de los analistas de sistemas de Marco, alguien tan gris y mediocre que resultaba el camuflaje perfecto.
Damián estaba de pie a su lado, con los brazos cruzados y esa presencia de Alfa que parecía absorber todo el oxígeno de la habitación. Su piel lechosa destacaba bajo la luz amarillenta, y sus ojos azules estaban fijos en el prisionero con una frialdad depredadora.
—Vaya, Damián. No me mentiste cuando dijiste que eras eficiente —dije, saliendo de las sombras. Mis pasos, ligeros y elegantes, apenas hacían ruido sobre el suelo de cemento—. Atrapar al líder de las ratas en menos de cuarenta y ocho horas... definitivamente vales cada centavo de ese hotel de lujo.
Me acerqué al Beta, que me miraba con una mezcla de terror y confusión. Para él, yo seguía siendo el "Príncipe Omega", el adorno de la familia que no sabía distinguir un servidor de una bandeja de plata.
—Inel... ¿qué significa esto? —tartamudeó el hombre, intentando mantener una fachada de indignación—. Marco te matará cuando sepa que has secuestrado a uno de sus mejores empleados.
Solté una carcajada ácida, inclinándome hacia él. El aroma de mi vainilla se mezcló con el olor a sudor rancio del miedo que emanaba del Beta.
—Marco está demasiado ocupado mirando gráficos de barras como para notar que su "mejor empleado" le está vendiendo los secretos industriales a Leonard Ruiz por una comisión miserable —respondí, mi voz bajando a un susurro gélido—. Pero no estamos aquí para hablar de la incompetencia de mi hermano. Estamos aquí para que me des el número exacto de infiltrados y me digas qué archivos le has enviado a tu dueño.
El Beta apretó los dientes, intentando recuperar un poco de valor.
—No te diré nada. Y aunque me mates, ya es tarde. Alerté a mis compañeros hace una hora. Si no regreso a la oficina, sabrán que algo anda mal y borrarán sus rastros. Estás acabado, principito.
Me enderecé lentamente, lanzándole una mirada divertida a Damián, quien solo arqueó una ceja rubia.
—"Alerté a mis compañeros" —repetí, fingiendo una voz melodramática antes de soltar un suspiro aburrido—. Tks, tks. ¿De verdad crees que soy tan estúpido? Mientras tú pulsabas ese "botón de pánico" en tu teléfono encriptado, yo ya estaba redirigiendo la señal a un servidor fantasma. No alertaste a nadie, cielo. Solo me diste las direcciones IP de cada uno de tus amigos.
El rostro del Beta se volvió del color de la ceniza.
—Inel, escucha... —empezó a decir, pero lo interrumpí con un gesto de la mano.
—No, escúchame tú. Tienes dos opciones. La primera: te sacrificas por un Alfa que te desechará en cuanto dejes de serle útil, y te guardas la información. En ese caso, yo mismo iniciaré mi caza. Y te aseguro que cuando atrape a tus compañeros, no seré tan... "educado" como Damián. Los haré pedazos digital, financiera y, si me aburro, físicamente.
Me acerqué de nuevo, esta vez tanto que podía ver el reflejo de mi propia sonrisa narcisista en sus pupilas dilatadas.
—La segunda opción es que confieses todo ahora mismo. Los nombres, los archivos, los puntos de acceso. Si lo haces, quizá te deje vivir para ver cómo Leonard cae. Elige rápido. Mi paciencia es mucho más corta que mis faldas de diseñador, y créeme, no quieres ver qué pasa cuando un "omega decorativo" decide que es hora de ensuciarse las manos.
Damián dio un paso adelante, dejando que su aroma a ozono y acero aplastara la poca voluntad que le quedaba al prisionero. El Beta tembló, rompiéndose bajo la presión combinada de mi cinismo y la fuerza bruta de mi ejecutor.
—Fueron... fueron cinco archivos de la fase tres —susurró el hombre, con la voz rota—. Y hay tres más... en logística, finanzas y seguridad...
"Bingo", pensé, mientras mis ojos hazel brillaban con una satisfacción salvaje. Leonard Ruiz creía que tenía espías; yo acababa de conseguir una lista de objetivos.
inel es simplemente inel