Renace en un mundo mágico, en un matrimonio sin amor, pero decidida a cambiar su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Dylan Yard 2
Al día siguiente, muy temprano, la mansión Lewis ya estaba despierta.
En la oficina, Dylan trabajaba con método y calma. Sobre el escritorio reposaba el documento de anulación, cuidadosamente copiado, con los sellos visibles y cada cláusula perfectamente legible. Revisó fechas, nombres, fórmulas legales. No había prisa en sus movimientos, pero sí determinación. Era evidente que no se trataba de un favor improvisado, sino de un trámite que pensaba cerrar sin fisuras.
Helen apareció en la puerta poco después.
Lo observó en silencio unos segundos, viendo cómo doblaba el documento y lo guardaba con cuidado en una carpeta de cuero. Algo en su pecho se tensó.
—Dylan… —dijo finalmente—. Es probable que en la mansión Opathi no se lo tomen a bien.
Él levantó la vista.
—Lo imagino, mi lady.
Helen avanzó un poco más, con el ceño apenas fruncido.
—No porque yo les importe.. sino por el poder de la fortuna Lewis. Claud y su familia creerán que aún pueden reclamar algo… o presionar.
Dylan cerró la carpeta con un gesto firme y se puso de pie. Su expresión era tranquila, segura, sin rastro de duda.
—Lo sé.. Pero usted no debe preocuparse. Yo iré. Me encargaré de que entiendan que esto no es negociable.
No hablaba con arrogancia, sino con la serenidad de quien sabe exactamente qué hacer cuando otros intentan imponerse.
Helen lo miró con atención. En ese instante, sintió cómo una carga invisible se aligeraba.
—Gracias —dijo en voz baja.
Dylan inclinó ligeramente la cabeza.
—Es parte de mi trabajo… y de mi responsabilidad con la casa Lewis.
Mientras él se dirigía a la puerta para partir, Helen lo siguió con la mirada. No había dramatismo, ni promesas grandilocuentes. Solo hechos.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
[un hombre que resuelve]
Se quedó allí unos instantes más, escuchando cómo los pasos de Dylan se alejaban por el corredor. Por primera vez, no sintió ansiedad por lo que ocurriría fuera de sus muros. Sabía que había hecho la elección correcta.
Y mientras la mañana avanzaba y la luz llenaba la mansión Lewis, Helen comprendió algo más..
el poder no siempre gritaba… a veces simplemente actuaba.
Cuando Claud Opathi fue informado de que Dylan Yard había llegado a la mansión, no pudo ocultar su sorpresa.
El nombre no le era desconocido. Lo había escuchado en más de una ocasión en círculos comerciales, siempre asociado a acuerdos cerrados con precisión y a casas nobles que rara vez se equivocaban al confiarle sus asuntos. Aquello despertó su interés inmediato.
—Déjenlo pasar.. A mi oficina.
Pocos minutos después, Dylan cruzó las puertas del despacho, escoltado por dos guardias de la casa Lewis. Claud frunció el ceño al verlos, una punzada de molestia atravesándole el gesto, pero al notar la carpeta de documentos bajo el brazo del visitante, su expresión cambió. Pensó que quizá representaba a algún ducado extranjero o que traía consigo una propuesta de negocios importante.
Se levantó ligeramente de su asiento y adoptó su sonrisa social.
—Lord Yard… Tome asiento, por favor.
Dylan no se apresuró. Cerró la puerta con calma, avanzó unos pasos y saludó con una leve inclinación de cabeza, correcta pero distante.
—Lord Opathi... Agradezco que me reciba.
Tomó asiento solo después de que Claud lo hiciera, colocando la carpeta sobre la mesa con un gesto medido. Durante unos segundos intercambiaron cortesías.. títulos, saludos, frases vacías que flotaban en el aire como una falsa cordialidad.
Entonces Dylan fue directo al punto.
Abrió la carpeta.
Sacó un único documento.
Lo deslizó lentamente sobre el escritorio hasta dejarlo frente a Claud.
—Vengo en representación de Lady Helen Lewis y del templo.
Claud bajó la mirada, aún sin inquietarse del todo. Tomó el papel, comenzó a leer… y su expresión se tensó de inmediato.
Sus cejas se arquearon.
Su mandíbula se endureció.
—¿Qué es esto? —murmuró, aunque ya lo sabía.
Dylan no elevó la voz, no mostró emoción alguna.
—Es la anulación formal de su matrimonio con Lady Helen.. Debidamente sellada y registrada. El vínculo queda disuelto desde hace dos noches..
Claud apretó el documento entre los dedos, incrédulo, furioso, humillado. Su mente corría a toda velocidad, buscando una grieta, un error, una excusa. Pero los sellos eran auténticos. Las firmas, correctas. El lenguaje, inapelable.
Dylan continuó, con la misma serenidad..
—No existe consumo del matrimonio. Por lo tanto, no hay derechos, reclamos, herencias ni lazos legales entre la casa Opathi y la casa Lewis.
Los dos guardias permanecían inmóviles tras él, mudos recordatorios de que aquello no era una visita de cortesía.
Claud levantó la vista, con el rostro tenso, y comprendió en ese instante que no había ido a negociar.
—Por lo tanto, todo documento firmado por usted en calidad de dueño o administrador del patrimonio Lewis queda automáticamente disuelto. Contratos, pagos, órdenes, ventas, préstamos. Nada de eso tiene validez legal a partir de la anulación.
Claud levantó la cabeza de golpe.
—Además.. es imperativo que se realice la devolución íntegra de todo el dinero y bienes que hayan sido utilizados desde el enlace hasta la fecha. El templo supervisará el proceso.
Fue entonces cuando Claud explotó.
Se levantó bruscamente de la silla y, con un movimiento violento del brazo, barrió todo el escritorio. Plumas, documentos, una copa de cristal y una pequeña caja decorativa cayeron al suelo con estrépito.
—¡MALDITA SEA! —rugió.
Su rostro estaba rojo, los ojos inyectados de furia. Caminaba de un lado a otro del despacho como una bestia acorralada, golpeando muebles, pateando una silla.
—¡Esa fortuna es mía! ¡MÍA! ¡Yo soy su esposo! ¡Ese templo decrépito no tiene ningún derecho a separarme de mi mujer!
Dylan permaneció sentado, la espalda recta, las manos apoyadas con calma sobre sus rodillas. Ni un solo gesto de miedo, ni una sola mueca de burla. Solo una serenidad peligrosa.
—Lord Opathi, le recomiendo moderar su comportamiento. Está frente a un representante legal, no frente a una doncella a la que pueda intimidar.
Claud se giró hacia él de golpe.
—¡Helen es mi esposa! ¡Firmó conmigo! ¡Llevaba mi apellido! ¡El templo no puede borrar eso con un maldito papel!
Dylan se levantó entonces, despacio, obligando a Claud a retroceder medio paso sin darse cuenta. Era un hombre robusto, de hombros firmes, y su presencia llenó la habitación.
—Puede borrar mucho más que un apellido.. Puede borrar su acceso, su poder y su reputación, si insiste en desafiar esta resolución.
Claud respiraba agitado, los puños cerrados, temblando de rabia.
—Ella no puede hacerme esto… Esa mujer no sirve para nada. Siempre fue débil. Siempre obediente.
[Débil… eso creíste, idiota.]
Dylan lo observó con una mezcla de frialdad y desprecio contenido.
—Lady Helen Lewis no es débil.. es la legítima heredera de su casa. Y a partir de hoy, no le debe absolutamente nada.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Le sugiero cooperar. Si no, el templo tomará medidas más… exhaustivas.
Los guardias dieron un paso al frente, lo justo para que el mensaje quedara claro.
El despacho quedó en silencio, roto solo por la respiración agitada de Claud y el sonido de su propia derrota asentándose, pesada, irreversible.
Muy lejos de allí, en la mansión Lewis, Helen estaba sentada en su despacho, con una taza de té caliente entre las manos.
Sentía una extraña calma.
Como si, por fin, la balanza del mundo estuviera empezando a inclinarse a su favor.