Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.
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Capítulo 14: El eco en la tinta
Orfanato San Jerónimo del Río
7 de agosto de 1950 – 22:45 hs
La tensión crece
La noche se había vuelto demasiado silenciosa. No era el silencio de paz, sino ese que oprime el
pecho y hace que hasta el aire parezca espeso.
Elena estaba en su cama con el diario sobre las rodillas. No recordaba cuándo había empezado a
escribir, pero sus dedos se movían solos, siguiendo un ritmo que no era suyo.
Cada palabra caía sobre la página como si alguien se la dictara desde adentro.
El rumor prohibido
7 de agosto de 1950 – 23:10 hs
En el patio, algunos niños hablaban en voz baja sobre lo que habían visto la noche anterior: una
sombra caminando por el pasillo, más alta que cualquier adulto.
Niño —Era como si tocara el techo —dijo uno de ellos, temblando.
Jacinta apareció detrás, con una sonrisa extraña.
Jacinta —No digan tonterías… esas cosas se quedan en la imaginación.
Pero sus ojos brillaban con un orgullo extraño, como si fuera ella la dueña de aquella sombra.
Margaret los observaba desde lejos. No confiaba en Jacinta. Algo dentro de ella le decía que esas
sombras no eran un invento.
El plan en secreto
8 de agosto de 1950 – 09:25 hs
Padre Mauricio reunió a Lina y a dos cuidadores en el comedor vacío.
Padre Mauricio —Si no encontramos la fuente de esto, el orfanato entero se vendrá abajo —dijo,
agotado.
Uno de los cuidadores, con la voz quebrada, se animó:
Cuidador —¿Y si lo encerramos?
Mauricio lo miró, cansado.
Padre Mauricio —¿Encerrar a qué? —preguntó.
Y en su voz había un miedo viejo, como si ya conociera la respuesta.
Jacinta alimenta la sombra
8 de agosto de 1950 – 16:00 hs
En la bodega, Jacinta colocó una caja con cosas que habían pertenecido a niños desaparecidos.
Muñecos, zapatos, cartas a medio escribir.
La sombra se movió desde la pared y envolvió los objetos. El aire se volvió frío, como si la temperatura
hubiese caído diez grados de golpe.
Jacinta sonrió, satisfecha.
Jacinta —¿Vez? Te traigo recuerdos. Te traigo cuerpos que ya nadie quiere.
Elena escribe sin parar
8 de agosto de 1950 – 18:42 hs
Las páginas del diario se llenaban solas.
“Él camina entre las paredes.
Él sabe tu nombre.
Él recuerda tu olor.”
Elena intentó detener su mano, pero los dedos siguieron moviéndose. El lápiz raspaba el papel con
furia, como si no pudiera parar.
Cuando soltó el lápiz, la frase ya estaba completa:
“Yo soy lo que queda cuando dejás de ser.”
Primer ataque
9 de agosto de 1950 – 02:15 hs
Uno de los cuidadores desapareció.
La puerta de su habitación estaba cerrada desde dentro, pero cuando la derribaron solo encontraron la
cama vacía.
En la pared había dibujos trazados con algo que parecía carbón… o sangre seca.
Todos mostraban lo mismo: un cuerpo cosido, con ojos abiertos en lugares donde no debía haber ojos.
El monstruo habla
9 de agosto de 1950 – 03:33 hs
En un pasillo oscuro, Jacinta escuchó su voz por primera vez.
Entidad —Tú me diste un cuerpo —dijo el monstruo.
Entidad —Ahora yo te daré un hogar eterno.
Ella sonrió, feliz.
Jacinta —Lo único que pido —susurró— es que nunca te vayas.
Los recuerdos falsos
9 de agosto de 1950 – 10:00 hs
Algunos niños empezaron a recordar cosas que jamás ocurrieron.
Un cumpleaños con un invitado sin rostro.
Un juego en un patio que nunca existió.
Canciones susurradas por una voz grave.
Elena intentó advertirles, pero cuanto más hablaba, más la miraban como si estuviera loca.
El tiempo roto
9 de agosto de 1950 – 14:45 hs
Elena bajó al comedor y vio el calendario colgado en la pared.
La fecha era 31 de febrero.
Otra vez.
Pero también el reloj marcaba las 7:00 de la mañana, aunque afuera ya estaba oscureciendo.
Elena se tomó la cabeza. El corazón le golpeaba en el pecho.
Elena —El tiempo está roto —susurró.
No sabía si habían pasado horas, días o semanas. Todo se repetía, todo se mezclaba.
Entendió algo terrible: el monstruo no solo se alimentaba de recuerdos. También se alimentaba del
tiempo.
Jacinta y el trato
10 de agosto de 1950 – 00:15 hs
En el sótano, Jacinta hablaba en la penumbra.
Jacinta —Yo te di un cuerpo —dijo—. Ahora dame lo que prometiste.
Las sombras se movieron y un par de manos negras emergieron de la pared, ofreciéndole algo que
parecía un corazón… pero hecho de papel arrugado y húmedo.
Jacinta lo tomó sin dudar.
La palabra en la sangre
10 de agosto de 1950 – 03:33 hs
Margaret despertó con un ardor en la palma de la mano.
Al mirarla, vio que alguien había escrito una palabra en tinta roja.
La palabra se movía, respiraba sobre su piel.
Corrió hasta la habitación de Elena.
Margaret —¿Lo ves? —dijo, temblando.
Elena la miró horrorizada.
Elena —Ese es el nombre que todos dijeron anoche.
La palabra desapareció de la mano de Margaret… y apareció en la pared, enorme, palpitante, como
carne viva.
Un susurro llenó la habitación:
¿? —Ustedes no lo pronunciaron.
Yo los pronuncié a ustedes.
La pesadilla compartida
10 de agosto de 1950 – 05:12 hs
Todos soñaron lo mismo:
Un pasillo infinito.
Una voz que los llamaba por su nombre.
Una puerta sin pomo que se abría sola.
Elena despertó sudando, y Margaret, desde la otra cama, le susurró:
Margaret —No te preocupes… él dijo que vendrá pronto.
El diario respira
10 de agosto de 1950 – 22:00 hs
Esa noche, Elena volvió a sentirlo.
El diario ya no era papel. Las tapas se inflan y se contraen como un pecho vivo.
Cada vez que respiraba, las luces parpadeaban.
Y una frase apareció en letras grandes, frescas:
“Escribe mi nombre, y seré todo.”
Lo que respira en la tinta
11 de agosto de 1950 – 00:00 hs
La tormenta golpeó los vidrios. Afuera, el viento silbaba como si quisiera arrancar las ventanas.
Dentro del orfanato, todos los niños abrieron los ojos al mismo tiempo.
Con una sola voz, imposible, pronunciaron la palabra prohibida.
Las paredes se estremecieron.
El suelo crujió.
El tiempo mismo se quebró.
Y en el aire, invisible pero escrito, quedó grabada una frase:
“Ya no soy recuerdo.
Ahora estoy presente.”