novela juvenil de romance que demuestra que tanto se puede esperar a una persona por amor , también lo que es capaz de hacer una persona por proteger a ser que ama desde la niñez en sus vidas habrá mucho tropiezos y tendrá que salir de ese mundo oscuro para llegar a la persona que siempre la espero
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Lo que no se puede decir
Franco no permitió que Eric saliera.
—Tú puedes ir —dijo esa mañana con frialdad—. El niño se queda.
Amber sintió el golpe, pero no discutió. Solo asintió.
Había aprendido que insistir frente a la vigilancia activa solo empeoraba las cosas.
Porque sí, había vigilancia.
Un auto estacionado frente a la casa.
Un hombre que fingía revisar el teléfono.
Reportes que Franco recibía más seguido de lo normal.
Aun así, Amber salió.
Y antes de llegar a la casa de sus padres ,ya todo estaba coordinado.
Melody se había adelantado.
Habían hablado en clave.
Y Eros estaría allí.
No en la sala.
No a la vista.
En una de las habitaciones del segundo piso, lejos de ventanas, lejos de miradas indiscretas.
Cuando Amber cruzó la puerta de la casa de sus padres, el abrazo de su madre fue breve, nervioso. Había tensión en el ambiente.
—Está arriba —susurró Melody cuando pasó junto a ella.
Amber sintió que el corazón se le aceleraba.
Subió las escaleras con pasos medidos.
Cada peldaño era una mezcla de miedo y necesidad
Golpeó suavemente la puerta.
—Pasa.
La voz la atravesó.
Eros estaba de pie junto a la ventana cerrada, las cortinas corridas.
Un año.
Un año sin verlo de cerca.
Había algo distinto en él. Más duro. Más contenido.
Pero cuando la miró, la dureza se quebró apenas.
—Estás bien —dijo en voz baja.
No fue una pregunta.
Amber asintió.
—Sí.
El silencio pesó unos segundos.
—¿Y…? —Eros tragó saliva— ¿Cómo está?
Ella sostuvo su mirada.
Sabía lo que preguntaba.
—Está bien.
Eros dio un paso hacia ella.
—¿Cómo está mi hijo?
La palabra quedó suspendida entre ambos.
Amber respiró hondo.
—No digas eso.
—No me tienes que mentir —respondió él, firme pero sin elevar la voz—. Yo sé que es mío.
El aire se volvió denso.
Amber bajó la mirada un instante, pero volvió a levantarla con determinación.
—No lo sabes.
—Amber…
No lo sabes —repitió, más firme—. Y mientras no haya pruebas, no puedes afirmarlo.
Eros la observó largo rato.
—Se parece a mí.
Ella sintió el golpe en el pecho.
—Se parece a muchas personas.
—Tiene mis ojos.
Amber sostuvo la mentira abierta, firme pero sin agresividad.
Tiene los ojos de mi familia. Azules, verdes… eso no es exclusivo tuyo.
Eros dio un paso más cerca.
—Mírame a los ojos y dime que no es mío.
Amber lo miró.
Lo miró de verdad.
Y no respondió.
El silencio dijo más que cualquier palabra.
Eros exhaló lentamente.
—Lo estás protegiendo.
—Estoy protegiendo a mi hijo —corrigió ella.
La puerta de abajo se cerró con fuerza.
Ambos se tensaron.
Voces.
Pasos firmes.
Franco.
—Se tardó demasiado susurró , pero reaccionó esconderte por favor— dijo Amber.
__ No soy un cobarde Amber, si se tiene que terminar está novela hoy para nosotros es mejor . Dijo con enojo
__Por favor dijo con un ligero temblor
Eros se movió de inmediato hacia la esquina más oculta de la habitación.
—No salgas hasta que se vaya —dijo ella con urgencia.
Amber—
—Por favor.
Los pasos subieron las escaleras.
Un golpe en la puerta.
—¿Qué haces tanto tiempo aquí arriba?
Amber respiró profundo antes de abrir.
Franco la miró de arriba abajo.
—Te dije una hora.
—Estaba hablando con mi mamá.
Él escaneó el pasillo con la mirada.
—¿Con quién más?
Con nadie.
Franco avanzó un paso dentro de la habitación.
Amber se movió apenas, bloqueando la vista hacia el rincón donde Eros permanecía inmóvil, en silencio absoluto.
El aire parecía no circular.
Franco la observó con sospecha.
—Vámonos.
No preguntó más.
Pero no estaba convencido.
Amber bajó las escaleras con el corazón golpeándole las costillas.
Pero no estaba convencido.
Amber bajó las escaleras con el corazón golpeándole las costillas.
Y mientras salía de la casa, supo algo con certeza:
El tiempo para mentir estaba agotándose.
Porque ya no solo era una sospecha.
Era una verdad esperando el momento exacto para salir de la habitación.
Eros salio detrás del rincón dando tiempo de que salieran de la mansión molestó por qué no pudo hacer nada pero ver Amber con ese temblor no era normal y una vez más sabía que algo pasaba .
_________
La puerta principal se abrió justo cuando Amber y Franco cruzaban el umbral.
—¿Ya se van? —preguntó Diego desde el portón, cerrándolo tras de sí.
Había llegado sin aviso.
Franco tensó la mandíbula.
—Se hizo tarde.
Diego miró alrededor con discreción, como si evaluara el ambiente.
—Quiero hablar con mi hija.
Franco respondió sin dudar:
—Ahora no. El niño estaba inquieto y tenemos que hacer unas diligencias.
Diego frunció el ceño.
—¿Inquieto? ¿Por qué no lo trajiste? Es nuestro nieto tiene derecho a venir también.
Hubo un segundo de silencio incómodo.
—De aquí vamos a hacer algo —contestó Franco, improvisando—. No era práctico traerlo.
Diego sostuvo su mirada unos segundos más de lo habitual.
Luego repitió, firme:
—Quiero hablar con mi hija.
El tono no era agresivo.
Era definitivo.
Franco miró a Amber.
Ella sostuvo la respiración.
Finalmente, él dio un paso atrás.
—Si papá solo que el niño lleva un rato solo pero vamos .
Franco se alejó hacia el auto, pero no demasiado. Lo suficiente para vigilar sin disimulo.
Diego esperó a que su yerno se distanciara unos metros antes de girarse hacia Amber.
La miró en silencio.
No como un hombre furioso.
Como un padre que intenta leer lo que su hija no dice.
—¿Cómo estás?
—Bien, papá.
—La verdad.
Amber sintió el peso de la pregunta.
Pensó en Franco.
En la vigilancia.
En el control.
Pero, sobre todo, pensó en Diego.
En el archivo digital que él guardaba.
En aquella trampa convertido en amenaza silenciosa.
En el “video " que había dañado su vida y que pareciera que ella si lo había hecho, aunque sabía que no lo era.
Si hablaba.
Si decía algo que pudiera escalar.
Diego sería el primero en enfrentarse a Franco.
Y Franco no perdonaba.
—Estoy bien —repitió con calma estudiada.
Diego no apartó la mirada.
—¿Te está maltratando?
La pregunta fue directa.
Amber sintió que el corazón se le comprimía.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Diego respiró hondo.
—Te conozco.
Ella forzó una leve sonrisa.
Sigo siendo tu hija. No me pasa nada.
Diego inclinó la cabeza, observando cada microgesto.
Cada pausa.
Cada respiración.
—No estoy de acuerdo con las infidelidades —dijo de pronto, en voz más baja—. Ni con mentiras que destruyen familias.
Amber sintió el golpe.
Sabía a qué se refería.
Pero él continuó antes de que pudiera responder.
—Sin embargo…
Hizo una pausa.
—Me alegra que Eros sea el padre de mi nieto es como debió ser desde el principio no se por qué tomaste esa decisión pero gracias a mi nieto se que no amas a franco .
El mundo pareció detenerse.
Amber lo miró, paralizada.
—Papá—
—No me lo confirmes —la interrumpió con suavidad—. No hace falta.
Sus ojos estaban húmedos, pero firmes.
—Ese niño no tiene nada que ver con errores de adultos. Y si es de quien yo creo que es… entonces al menos sé que lleva buena sangre.
Amber sintió una mezcla de alivio y terror.
—Eso no es cierto.
—No te estoy juzgando —respondió Diego—. Solo quiero saber si estás a salvo.
El silencio entre ambos se volvió íntimo, frágil.
—Lo estoy —susurró ella.
Diego sostuvo su rostro entre las manos, como cuando era niña.
—Si algún día no lo estás… vienes a mí. Sin explicaciones. Sin orgullo siempre estaré por ti y por tus hermanos quemaría el mundo por no ver ese rostros apagado como lo está a hora y daría mi vida si eso te hace sonreír de nuevo dijo con sus ojos ligeramente llorosos te amo hija más que a todo.
Amber asintió.
A unos metros, Franco abrió la puerta del auto con impaciencia.
—Es tarde Amber el niño .
Diego soltó lentamente a su hija.
—Recuerda quién eres —murmuró.
Amber caminó hacia el auto con pasos controlados.
No miró atrás.
Pero sintió la mirada de su padre clavada en su espalda.
Y supo que él no había creído ni una sola de sus palabras.
Cada palabra de su padre quedó en su corazón pero tenía vergüenza y que ellos creyeran en esa trampa tan ruin