Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 11
Saori se dejó caer en el sofá, cerrando los ojos por un instante. El silencio del búnker, roto solo por el zumbido del sistema de ventilación, se sentía como una bendición tras el caos del instituto.
—No sabía que tenías más amigos —comentó ella, con la voz apagada por el cansancio—. Pensé que solo te juntabas con el grupo de aquel chico, el protagonista de tus historias.
Sora guardó silencio un segundo, manteniendo su brazo sobre el hombro de Near en un gesto que, desde lejos, parecía protector.
—Sí... —respondió Sora, desviando la mirada hacia el chico—. Claro. Es un amigo.
Si Saori hubiera tenido las fuerzas para abrir los ojos y observar con atención, habría notado que la mirada de su hermano era gélida, desprovista de cualquier rastro de camaradería. Pero en ese momento, su cuerpo pesaba más de lo normal; una fatiga plomiza se extendía por sus músculos, nublándole el juicio.
—Como que está haciendo frío, ¿no creen? —intervino Near, frotándose los brazos. Su voz temblaba levemente y su postura era la de alguien que desea hacerse pequeño, casi invisible, ante la presencia de Sora.
Minutos antes de que la puerta del búnker se abriera, la tensión ya saturaba el aire del refugio. Sora caminaba de un lado a otro, consultando el reloj de la pared cada treinta segundos.
—Se está tardando mucho... —había gruñido Sora, golpeando la mesa con el puño—. Debería haber vuelto hace diez minutos.
—Cálmate, Sora —le respondió Naoko desde una silla, secándose el sudor de la frente—. Ya deben de estar por llegar. Hemos terminado de pasar todo lo importante y lo último que necesitamos es que entres en pánico.
Cuando finalmente el escáner de la puerta pitó y Saori entró escoltando a los niños y a aquel joven, el rostro de Sora sufrió una transformación inmediata. Sus ojos se clavaron en Near con una mezcla de sorpresa y un odio profundamente enterrado.
¿Qué hace él aquí?, pensó Sora, aunque su máscara social no tardó en recomponerse.
Se acercó a Near y lo envolvió en un abrazo que, para Saori, pareció un reencuentro emotivo. Sin embargo, para Near, aquel contacto fue como sentir las fauces de un depredador cerrándose alrededor de su cuello.
—¿Qué haces aquí? —murmuró Sora al oído del chico, con una voz tan baja que solo él pudo captarla—. Te lo advierto, Near.
Hizo una pausa, apretando el agarre hasta que Near soltó un jadeo ahogado.
—Si le haces algo a mi hermana, si te atreves a ponerla en riesgo... no te reconocerán ni por la huella dactilar.
Sora se separó un poco, fingiendo una sonrisa para que Saori lo viera, pero mantuvo sus manos firmes sobre los hombros de Near.
—Me alegra mucho que estés bien —dijo Sora, alzando la voz para que su hermana lo escuchara claramente—. Espero que eso haya quedado claro.
Near asintió con rigidez, incapaz de articular palabra. Saori, ajena a la amenaza que acababa de ocurrir a pocos metros, simplemente se acomodó mejor en el sofá. Su mente solo podía pensar en una cosa: dormir. Pero el misterio de por qué su hermano miraba a su "amigo" como si quisiera borrarlo de la existencia, empezaba a flotar en el aire del búnker como un veneno invisible.
Saori se frotó las sienes, tratando de sacudirse la neblina del cansancio. El búnker, aunque espacioso, empezaba a sentirse pequeño con tantas almas bajo tierra. Miró a los recién llegados con una seriedad que no admitía réplicas; la hospitalidad en este nuevo mundo tenía un precio: la utilidad.
—Los encontré mientras revisaba el instituto, así que los traje —sentenció Saori, recorriendo con la mirada a Near y a los niños—. Pero esto no es gratis. Escuchen bien: como los niños no pueden salir por seguridad, ellos se encargarán de cuidar el cultivo hidropónico. ¿Entendido?
Yair y Azami asintieron con vigor, aferrándose el uno al otro pero con una chispa de propósito en sus ojos.
—Sora se encargará de la computadora —continuó ella, señalando la consola central—. Él nos guiará desde aquí. Gracias a las cámaras que instalé, podremos ver cualquier movimiento en los alrededores antes de que llegue a la puerta. Naoko, tú te encargas de la logística de la comida. Debes inventariar cada lata y organizar las raciones para saber exactamente cuánto nos durará el suministro.
—Está bien, cuenta conmigo —respondió Naoko, enderezando la espalda.
Finalmente, Saori clavó su vista en Near, quien seguía visiblemente perturbado por la "bienvenida" de Sora.
—Y por último... —Saori hizo una pausa, evaluando la condición física del chico—. Tú y yo saldremos a buscar suministros.
—Sí... claro —balbuceó Near, lanzando una mirada fugaz y aterrorizada hacia Sora.
—Pero, Saori... —intervino Sora, dando un paso adelante con el ceño fruncido.
—Necesitamos recolectar toda la comida posible ahora que el caos acaba de empezar —lo cortó ella con firmeza—. Aunque tengamos reservas, algún día se terminarán. Pronto, los supervivientes empezarán a matarse entre sí por una simple lata de conservas; prefiero prevenir eso llenando nuestra despensa antes de que las tiendas sean saqueadas por completo.
Saori caminó hacia una de las áreas laterales del búnker, una zona con suelo de rejilla y un sistema de drenaje independiente que parecía no tener un uso definido.
—Pensé que también podríamos criar algunos animales —comentó, señalando el espacio vacío—. Gallinas y pollos, específicamente. Si instalamos cercados de malla aquí, el sistema de ventilación eliminará el olor y tendremos una fuente constante de proteínas y huevos. El cuarto que crearon nuestros padres conservará la carne, pero necesitamos producción viva si queremos durar años aquí abajo.
Sora guardó silencio, impresionado por la visión a largo plazo de su hermana. Sin embargo, su mano seguía apoyada en el respaldo de la silla de Near, un recordatorio silencioso de que, aunque ella mandara en la estrategia, él seguía vigilando las sombras.
—Mañana empezaremos con las expediciones —concluyó Saori, sintiendo que sus párpados pesaban toneladas—. Ahora, preparen un sitio para que los niños duerman. Mañana el mundo será aún más peligroso que hoy.
El sueño se materializó con una nitidez aterradora. Saori ya no sentía la calidez del sofá ni el zumbido eléctrico del búnker; en su lugar, un frío sepulcral le calaba los huesos. Se encontraba en una habitación en penumbras, saturada por un olor metálico a sangre vieja y pólvora.
—¿Dónde estoy? —murmuró, intentando mover los pies, pero se sentía pesada, como si caminara a través de brea.
—Lo siento... No pude protegerte... —la voz surgió de la oscuridad, cargada de una culpa insoportable.
Saori giró la cabeza y el corazón se le detuvo. Frente a ella se desplegaba una escena que jamás figuró en las páginas de la novela original. Vio su propio cuerpo, o lo que quedaba de él: una versión de sí misma convertida en infectada, con la mandíbula desencajada y los ojos nublados por el vacío de la muerte. Estaba encadenada a una pared, gruñendo hacia la nada.
Y frente a ese monstruo, estaba Sora.
Su hermano no era el chico calculador y protector que ella conocía. Tenía la ropa desgarrada y la mirada perdida, consumida por una locura silenciosa. Las lágrimas trazaban surcos brillantes sobre sus mejillas cubiertas de hollín.
—Pronto estaré contigo —susurró él. Su voz no era humana; era el lamento de alguien que ya había muerto por dentro.
Sora levantó una pistola con mano temblorosa. Saori intentó gritar, quiso decirle que ella estaba ahí, que estaba viva, que la cura de chocolate caliente era real y que podían intentarlo, pero su garganta estaba sellada.
El estruendo del disparo fue ensordecedor. El fogonazo iluminó por un instante la desesperación en el rostro de Sora antes de que el cuerpo de la Saori zombie colapsara contra el suelo. El sonido rebotó en las paredes, un eco violento que parecía desgarrar la realidad misma.
Sin dudarlo, Sora dirigió el cañón humeante hacia su propia sien.
—¡No! —el grito de Saori finalmente rompió el silencio del búnker.
Se incorporó de golpe en el sofá, con la respiración entrecortada y el cuerpo empapado en sudor frío. El eco del disparo imaginario seguía zumbando en sus oídos. Miró a su alrededor frenéticamente: las luces tenues del refugio, las estanterías de comida, el suave murmullo de Sora hablando con Near en la distancia. Todo estaba en orden, pero el terror seguía allí, instalado en su pecho como una piedra.
Esa escena... eso no estaba en el libro, pensó Saori, apretando las mantas contra su pecho. ¿Fue un recuerdo de la dueña original o una advertencia del futuro?
Estuvo a punto de levantarse para abrazar a Sora, para asegurarse de que su cabeza seguía intacta, pero se detuvo. Si quería evitar que ese futuro se hiciera realidad, no podía permitirse ser débil. Debía perfeccionar la cura de chocolate caliente y asegurar que el búnker fuera inexpugnable.
—Realmente te afectó esa pesadilla —comentó Sora, acercándose con un vaso de agua—. Gritaste mi nombre.
Saori lo miró fijamente, buscando cualquier rastro de aquel hombre roto que vio en sus sueños. Solo encontró al hermano que, a su manera retorcida, la amaba más que a su propia vida.
—Solo fue el cansancio —mintió ella, tomando el vaso con manos aún trémulas—. Pensé en lo que pasaría si el plan fallaba. Pero no fallará. No dejaré que nadie en este cuarto termine así.
La lluvia caía con una violencia implacable, transformando la noche en una cortina de agua gris que golpeaba el rostro de Saori como agujas frías. El olor a asfalto mojado se mezclaba con el hedor a muerte que emanaba de los callejones.
—¡Espera! —había gritado en su sueño, pero el eco del disparo aún vibraba en su pecho mientras corría por el pavimento resbaladizo.
El llanto del bebé era un sonido agudo, desesperado, que cortaba el estruendo de la tormenta. Saori dobló la esquina del callejón y vio la escena: Max, el imponente Rottweiler, estaba acorralado contra una montaña de basura. Llevaba una canasta de mimbre sujeta al lomo con correas de cuero improvisadas. Tres infectados se acercaban, atraídos no por el perro, sino por la vida que palpitaba y gritaba dentro de esa cesta.
Saori no lo pensó. El peso del arma en sus manos se sintió natural. Apuntó con precisión quirúrgica, aprovechando que el trueno camuflaba el estallido de sus disparos. Uno, dos, tres. Los cuerpos cayeron pesadamente sobre los charcos, salpicando agua negra.
—¡Ven aquí, Max! —ordenó Saori, haciendo una seña al perro.
El animal, con los ojos inteligentes y fijos en ella, emprendió la carrera. Saori agarró el asa de la canasta para aliviar el peso del lomo del perro mientras corrían de vuelta. El mimbre estaba empapado y pesaba el doble; sentía el calor del cuerpo del bebé filtrándose a través de las mantas mojadas contra su costado. Los infectados de la calle principal empezaron a girar sus cabezas hacia ellos, pero la lluvia era tan densa que apenas eran sombras en la oscuridad.
Entraron en la casa principal jadeando. Saori cerró la puerta de entrada con tres vueltas de llave justo antes de que el primer golpe sordo retumbara contra la madera. Sin detenerse, bajaron al búnker.
Al cruzar el umbral del refugio, la calidez del sistema de calefacción la envolvió. Sora y Naoko se pusieron de pie de un salto, con los ojos desorbitados al verla entrar empapada, seguida por un perro gigante y cargando una canasta que emitía gemidos agónicos.
—¡Saori! No puedes salir de esa forma, casi me matas del susto —exclamó Sora, aunque su regaño se desvaneció al ver lo que ella sacaba de las mantas.
Saori apartó la tela empapada y encontró unos ojos grandes y oscuros que la miraban fijamente desde un rostro diminuto y congestionado por el frío. La pequeña tenía las mejillas rojas por el llanto y temblaba violentamente.
—Es una niña... —susurró Naoko, acercándose con cuidado—. Dame, yo me encargo de ella. Está empapada, si no la secamos ahora se enfermará de gravedad.
Saori le entregó a la pequeña y luego se arrodilló frente al perro, que permanecía sentado, goteando agua sobre el suelo de concreto, pero sin quitarle la vista de encima a la canasta. Leyó la placa de metal en su cuello: Max.
—Lo hiciste bien, Max —murmuró Saori, acariciando la cabeza del Rottweiler. El animal soltó un suspiro profundo, relajando finalmente sus músculos tensos.
—Yo le daré de comer a Max y prepararé algo de alimento para la bebé —dijo Sora, recuperando la compostura y dirigiéndose a la cocina—. Naoko, en el tercer estante hay toallas limpias.
Saori observó cómo el búnker cobraba una nueva vida. El espacio estaba empezando a organizarse de forma lógica: al fondo, tras los paneles de luz LED, los cultivos hidropónicos crecían en hileras perfectas. Junto a ellos, Saori ya había marcado el área donde instalaría las jaulas para las gallinas, cerca del sistema de extracción de aire para evitar olores. En una esquina seca, Yuuta ya estaba preparando una manta vieja para que Max tuviera su propio rincón.
—Lo hiciste bien, hermana —dijo Yuuta, abrazándola por la cintura.
Saori asintió, sintiendo que el frío de la lluvia finalmente abandonaba su cuerpo. Había salvado una vida que no aparecía en los registros de la novela. El futuro ya no estaba escrito en piedra.