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La Sustituta Del Don Viudo

La Sustituta Del Don Viudo

Status: Terminada
Genre:Mafia / Tú no me amas / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Edna Garcia

Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.

Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.

Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.

Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.

NovelToon tiene autorización de Edna Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

El ruido del ventilador viejo girando en el techo era lo único que se oía en aquella casa pequeña, hasta que un gemido bajo, casi sofocado, cortó el silencio.

Ayslan abrió los ojos con un susto y, por un segundo, tardó en recordar dónde estaba. El cielo aún estaba oscuro por la ventana, y la habitación parecía más fría de lo que debía.

Ella se sentó en la cama rápidamente, los pies descalzos tocando el suelo helado, y caminó hasta el otro lado de la habitación, donde la abuela dormía.

O intentaba.

Daniela estaba acostada de lado, el rostro girado hacia la pared.

La sábana cubría el cuerpo delgado, pero no escondía los temblores.

Ayslan se arrodilló al lado de la cama y tocó levemente el hombro de la abuela.

— ¿Abuela…?

Daniela respiró hondo, como si cada inspiración exigiera coraje.

— Ayslan… — la voz salió débil. — No era para que te despertaras.

Ayslan apretó la mano de ella con cariño, pero por dentro la angustia ya se instalaba, del modo en que hacía todas las mañanas.

— Me desperté porque te oí. ¿Está doliendo mucho?

Daniela giró el rostro despacio. Los ojos estaban húmedos, no se sabía si de dolor o de vergüenza. Hubo un tiempo en que aquella mujer había sido tan fuerte que parecía indestructible. Ahora, la fuerza estaba en la mirada, en el resto, era el cuerpo que traicionaba.

— Un poco… — mintió.

Ayslan conocía aquel “un poco”. El “un poco” de la abuela era lo mismo que el dolor que hacía temblar la mano cuando intentaba sostener un vaso. Era lo mismo que la dejaba sin aire cuando necesitaba levantarse. Era lo mismo que le quitaba el sueño y la dignidad, poco a poco.

— Voy a buscar tu remedio. — Ayslan se levantó de inmediato.

La cocina y el cuarto casi se tocaban.

La casa era tan simple que cualquier sonido hacía eco como si la vida entera cupiera en dos habitaciones.

Encima de la mesa, una bolsa de farmacia arrugada y algunas cajas de comprimidos.

Al lado, recetas médicas con letras indescifrables y una hoja con valores garabateados.

Ayslan llenó un vaso con agua y separó los comprimidos, intentando no mirar los papeles.

Pero era imposible ignorar.

Consulta… exámenes… remedios… fisioterapia…

La pluma había marcado un total al final de la página, y, debajo, otro número: el dinero que ella tenía.

La diferencia entre los dos parecía una sentencia.

Ella volvió para el cuarto con el vaso y los remedios. Daniela intentó apoyarse para sentarse, pero no consiguió. Ayslan colocó una almohada extra detrás de la espalda de ella y la ayudó con cuidado.

— Traga despacio, ¿sí?

Daniela obedeció, y después quedó algunos segundos con los ojos cerrados, como si aquel gesto simple fuera también una derrota.

— Hija mía… — ella susurró. — Tú no necesitas…

Ayslan interrumpió antes de que la abuela terminara la frase.

Ya sabía lo que venía: culpa, tristeza, aquel instinto de madre y abuela que quería proteger, aun estando frágil.

— Yo necesito sí. Yo te necesito aquí conmigo.

Daniela abrió los ojos y miró el rostro de la nieta, como si intentara grabar cada detalle.

— Tengo miedo de prenderte en mi enfermedad, Ayslan.

Ayslan respiró hondo, y por un instante su rostro se endureció, no de rabia, sino de decisión.

— Yo no estoy presa. Yo elegí. La señora me crio sola. Me dio todo lo que podía, aun cuando no tenía. Ahora es mi vez.

Daniela cerró los ojos de nuevo. Una lágrima corrió, silenciosa, y Ayslan fingió no ver para no hacerla llorar más.

Durante el día, Ayslan se dividía entre el cuidado y la sobrevivencia.

Hacía comida, lavaba ropa, organizaba la casa del modo en que daba, y aun intentaba atender algunos trabajos pequeños que aparecían: costuras, limpiezas rápidas, lo que fuera.

Pero nada duraba, nada pagaba lo suficiente, nada llegaba cerca de lo que ellas necesitaban.

Aquella mañana, mientras Daniela dormitaba, Ayslan agarró el celular y abrió mensajes antiguos.

Su dedo paró en el contacto de Camila.

Camila era la única amiga que Ayslan tenía.

No porque no le gustase de personas, sino porque la vida no daba tregua para encuentros, risas, confidencias. Camila había aparecido en una de las changas de Ayslan, y, desde entonces, insistía en estar cerca.

Ayslan encaró la pantalla por algunos segundos, dudando. Después digitó:

— Buenos días. Mi abuela empeoró esta noche.

La respuesta vino rápido, como si Camila estuviese esperando.

— Ay, amiga… ¿Quieres que yo vaya ahí?

Ayslan miró para Daniela durmiendo y respondió:

— No precisa. Solo estoy intentando hallar un modo.

Del otro lado, Camila digitó y apagó, digitó y apagó. Ayslan podía imaginar la expresión de ella: preocupada, pero decidida.

— Ayslan… ¿recuerdas de lo que yo te hablé?

Ayslan sintió el estómago apretar antes mismo de leer el resto.

— ¿El club?

— Sí. El club.

Ayslan apoyó el celular en la mesa, respirando, como si la palabra “club” tuviera peso.

Camila había mencionado aquello dos veces en las últimas semanas.

Un lugar de lujo, frecuentado por hombres ricos, donde las camareras ganaban bien, muy bien, en una noche.

Camila había conseguido trabajo allí a través de una indicación.

— Tú no vas a precisar hacer nada además de servir bebida y ser educada.

Pero tienes que aguantar mirar. Hay hombre que piensa que puede comprar todo solo porque está en un lugar de esos.

Ayslan odiaba admitir, pero había pensado en eso.

Muchas veces. Siempre que veía los papeles de las cuentas. Siempre que veía la abuela gemir de dolor.

— ¿Ellos aún están precisando? ella digitó, y el corazón aceleró como si ya estuviese cometiendo un pecado.

Camila respondió casi de inmediato:

— Están. Y yo puedo indicarte. Solo que, Ayslan… es pesado. No es cualquier ambiente.

Ayslan mordió el labio.

— Yo aguanto.

Tardó algunos segundos hasta el próximo mensaje, y cuando llegó, vino con un aviso que parecía más un abrazo.

— Tú aguantas, yo sé. Pero promete una cosa: si alguien pasar del límite, tú me llamas. Yo quedo de ojo. Y no aceptas bebida ni conversación sola con cliente.

Ayslan cerró los ojos por un instante. La palabra “cliente” parecía distante del mundo que ella conocía.

— Prometo.

Camila mandó la dirección y el horario. Al final, completó:

— Llega un poco antes. Yo te encuentro en la puerta.

Ayslan quedó mirando para el mensaje como si ella pudiese cambiar sola.

Pero no cambiaba.

La realidad era aquella.

Daniela precisaba de tratamiento, y Ayslan precisaba de dinero, rápido.

Al final de la tarde, Daniela despertó un poco mejor.

Ayslan preparó un caldo leve y dio en la boca de ella con cuidado.

Después organizó los remedios del horario, dejó agua cerca de la cama y confirió si el teléfono estaba cargado.

Cuando Daniela percibió que la nieta estaba arreglada de más para quedar en casa, frunció la testa.

— ¿Vas a salir?

Ayslan hesitó. Mentir sería más fácil. Pero Daniela la conocía de más para aceptar una mentira.

— Voy a trabajar, abuela. — Ayslan habló bajo. — Un trabajo… que paga mejor.

Daniela tardó en responder. El silencio quedó pesado, lleno de cosas no dichas.

— ¿Qué tipo de trabajo?

Ayslan apretó las manos.

— Camarera… en un lugar de lujo.

Daniela entendió más de lo que Ayslan quería decir.

La mirada de ella se llenó de preocupación, y Ayslan sintió una onda de culpa, como si estuviese haciendo algo errado solo por intentar salvar las dos.

— Tú no precisas humillarte por mi causa…

— No es humillación. — Ayslan respondió firme, pero la voz falló un poco. — Es trabajo. Y yo voy a volver temprano.

Daniela respiró hondo, y el orgullo de ella intentó vencer el miedo.

— ¿Y si acontece alguna cosa?

Ayslan se aproximó de la cama y besó la testa de la abuela.

— No va a acontecer nada. Yo voy a estar con Camila. Ella va a quedar conmigo.

Daniela agarró la mano de la nieta, apretando con la poca fuerza que tenía.

— Tú eres todo lo que yo tengo, Ayslan.

Ayslan tragó el nudo en la garganta.

— Y la señora es todo lo que yo tengo también.

Ella salió del cuarto y fue para el baño pequeño.

Tomó un baño rápido, prendió el cabello y vistió una ropa simple.

No era la ropa del club aún, aquella ella vestiría allá.

Pero era lo suficiente para llegar.

Cuando se miró en el espejo, vio algo que no veía hace mucho tiempo: una joven bonita, sí, pero con ojos cansados de más para la edad.

En la salida, ella volvió al cuarto una vez más.

Daniela ya había cerrado los ojos, intentando descansar.

— Abuela… yo vuelvo ya.

Y, del lado de afuera, la noche parecía mayor que el mundo.

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