Dicen que ten cuidado con lo que desees... ¡Pero yo pedí un trono!, bah, que más da. Y si no fuera poco, resulta que ahora soy un omega puro. La nueva cáscara, que, aunque tenga mi nombre, en realidad era un... ¡Idiota, migajero, sin nada de dignidad! Y para el colmo; un personaje que sería utilizado por el protagonista y luego desechado.
No gracias, arreglaré eso, y mientras tanto me voy a divertir, porque este mundo donde los alfas dominan; no va conmigo, es más, haré que se inclinen a mis pies.
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Epi 15; No dejes que nadie, absolutamente nadie, entre
El plan era una obra de arte, un mecanismo de relojería suizo diseñado para humillar a los dos Alfas que más me irritaban. Mientras Marco se preparaba para su "gran operación" en el puerto, convencido de que Damián le había entregado la llave para destruir a Leonard, nosotros ya estábamos a diez mil metros de altura, cruzando el océano hacia Zúrich.
—¿Crees que ya se puso su traje de comando táctico? —le pregunté a Damián, reclinándome en el asiento de cuero del jet privado. Tenía una copa de champán en la mano y el brillo de las nubes se reflejaba en mis gafas de sol—. Puedo imaginar a Marco, con binoculares y ese ceño fruncido tan... heróico, esperando a que aparezca un cargamento de Leonard que nunca llegará.
Damián, sentado frente a mí, apenas desvió la vista de su tablet. Su presencia en la cabina era como una sombra densa y eléctrica que lo llenaba todo.
—Probablemente esté interrogando a las cajas de pescado vacío en este momento —respondió con esa voz de barítono que siempre me causaba un cosquilleo de placer—. Le envié las coordenadas exactas de un muelle abandonado. Leonard también recibió un soplo anónimo. Ambos estarán allí, escondidos en la oscuridad, vigilándose mutuamente mientras nosotros cerramos el trato con Klaus.
—Es poético —suspiré, bebiendo un sorbo—. Dos idiotas peleando por un hueso de plástico mientras yo me quedo con el perro completo.
...—🖇️—...
En el puerto de la ciudad, el ambiente era muy distinto. Bajo una lluvia torrencial, Marco Vargas estaba oculto tras unos contenedores oxidados, con un equipo de élite a sus espaldas. Su pulso estaba acelerado; creía que esta noche, gracias a la "traición" de Damián, atraparía a los hombres de Leonard con las manos en la masa.
Al mismo tiempo, a pocos metros, Leonard Ruiz observaba desde su coche blindado, con la mandíbula tensa. Sus informantes le habían dicho que Marco intentaría un sabotaje físico esa noche.
—Prepárense —ordenó Marco por radio—. En cuanto abran el contenedor 402, entramos.
Pero cuando el equipo de Marco asaltó el contenedor y Leonard ordenó a sus hombres intervenir para "defenderse", no hubo disparos ni drogas ni archivos robados. Al abrirse las puertas metálicas, lo único que encontraron bajo la luz de las linternas fueron cientos de pequeños patitos de goma amarillos y un altavoz que empezó a reproducir, a todo volumen, una grabación de la risa de Inel, distorsionada y burlona.
Marco y Leonard se quedaron congelados, mirándose el uno al otro en medio de un muelle vacío, bajo la lluvia, rodeados de juguetes de bañera. La humillación era tan física que casi se podía tocar.
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Mientras tanto, en una oficina minimalista con vistas a los Alpes suizos, la atmósfera era de un lujo gélido. Klaus, el mayor competidor de los Ruiz en Europa, nos observaba con una mezcla de respeto y temor.
—Lo que me ofreces, Inel Vargas... es la destrucción total de la red de suministros de Leonard en este continente —dijo Klaus, pasando una mano por su cabello canoso—. ¿Por qué?
—Porque puedo —respondí, cruzando las piernas con una elegancia que hacía que el esmoquin de noche pareciera una armadura—. Y porque me gusta ver cómo las estructuras viejas y arrogantes se derrumban para dejar paso a algo... más sofisticado. Como yo.
Klaus firmó el contrato de exclusividad con Cifra & Sombra. En ese instante, Leonard Ruiz dejó de ser un jugador internacional. Ahora era solo un hombre rico con un problema local.
Al salir del edificio, el aire de Zúrich era puro y frío. Damián se detuvo para ponerme la gabardina sobre los hombros, un gesto innecesario pero que acepté con una sonrisa de suficiencia. Su mano rozó mi cuello por un segundo de más, y sentí esa devoción oscura que emanaba de él, una lealtad que me hacía sentir más poderoso que cualquier contrato firmado.
—Marco va a querer matarme cuando volvamos —comentó Damián, aunque su expresión decía que no le importaba en lo más mínimo.
—Marco estará demasiado ocupado explicando a la prensa por qué la policía encontró a los dos Alfas más poderosos de la ciudad peleando en un contenedor lleno de patitos de goma —dije, subiendo al coche—. Ha sido un viaje espectacular, ¿no crees?
—Lo ha sido —asintió Damián, cerrando la puerta tras de nosotros—. ¿Cuál es el siguiente paso, mi señor?
—Disfrutar del vuelo de regreso —respondí, cerrando los ojos con satisfacción—. Y preparar el funeral financiero de Leonard. Quiero que sea una ceremonia... inolvidable.
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El aire de Zúrich era una caricia gélida contra mi rostro mientras caminábamos hacia el auto de lujo que nos llevaría a nuestro refugio temporal. Había decidido que nos quedaríamos un par de días en un resort privado en los Alpes; después de todo, humillar a dos imperios antes del almuerzo es una tarea que agota hasta al narcisista más dedicado.
—Nos merecemos esto, Damián —dije, acomodándome en el asiento de cuero mientras el vehículo se deslizaba por las calles empedradas—. Deja que Marco y Leonard se peleen por los patitos de goma. Nosotros disfrutaremos del caviar y el silencio.
Pero, a mitad del trayecto, el silencio empezó a sentirse... pesado. Una punzada de calor, sutil como el primer rayo de sol pero persistente como una fiebre, nació en la base de mi columna. Al principio lo ignoré. "Es el subidón de la victoria", me dije. Pero luego vino el aroma. Mi propia vainilla, que normalmente era una nota sofisticada y controlada, empezó a espesarse, volviéndose dulce, almibarada, casi asfixiante.
—Maldita sea —susurré, apretando los dientes.
Había olvidado un pequeño detalle técnico de este cuerpo. El anterior Inel no era solo un omega; era un Omega Puro. Y en este mundo, eso significaba que mis ciclos no eran sugerencias, eran mandatos biológicos. Y mi ciclo de calor, intensificado por el estrés de las últimas semanas y la adrenalina de Zúrich, acababa de decidir que era el momento perfecto para presentarse.
Damián, que hasta ese momento había estado revisando informes en silencio, se tensó de golpe. Sus fosas nasales se dilataron y su cabeza giró hacia Inel con una rapidez depredadora. El aroma del omega estaba inundando el habitáculo del coche, una fragancia tan potente que empezaba a nublarle el juicio profesional.
—Inel —la voz de Damián sonó más profunda, casi un gruñido—. Tu ciclo.
—Ya... ya me di cuenta, genio —respondí yo, intentando mantener mi tono ácido, aunque mi respiración empezaba a traicionarme. Sentía la piel sensible, cada roce de la tela de mi camisa me quemaba—. Solo... llévame al hotel. Tengo supresores en el equipaje.
Damián no respondió. Sus manos se cerraron con fuerza sobre el volante mientras aceleraba. Podía sentir el pulso de Inel desde donde estaba, un latido frenético que llamaba a cualquier Alfa en kilómetros a la redonda. La idea de llegar al hotel y que Inel fuera detectado por algún Alfa de la alta sociedad suiza, o peor, que algún desconocido intentara acercarse a él en ese estado, hizo que la sangre de Damián hirviera.
No era solo protección. Era una posesividad oscura que le apretaba la garganta. No quería que nadie más oliera eso. No quería que nadie más viera a Inel vulnerable.
Llegamos a la suite privada en tiempo récord. Damián prácticamente me cargó hasta la entrada, evitando el vestíbulo principal. Yo estaba medio desvanecido contra su pecho, odiando cada segundo de esta debilidad biológica, pero mi cuerpo... mi cuerpo traidor buscaba el frío de su aroma a acero para calmar el incendio interno.
—Puedes... soltarme —balbuceé cuando entramos a la habitación, aunque mis dedos se aferraban a su chaqueta—. Busca mis pastillas... están en el maletín negro.
Damián me dejó sobre la cama king-size, pero no se alejó de inmediato. Se quedó de pie, observándome con ojos que ya no eran azules, sino de un azul eléctrico, casi negro. Su aroma a ozono estalló en la habitación, luchando contra mi vainilla en una batalla silenciosa por el dominio. Estaba irritado, su mandíbula estaba tan tensa que parecía que se iba a romper.
—Las pastillas no van a ser suficientes para un Omega Puro en este estado —dijo Damián, y su voz vibró en mis huesos.
—¿Y qué sugieres? —le espeté, intentando recuperar mi máscara de arrogancia mientras me desabrochaba los primeros botones de la camisa para respirar—. ¿Que me quede aquí encerrado hasta que se me pase?
Damián dio un paso hacia la cama, invadiendo mi espacio personal. La irritación que sentía al pensar en otros Alfas se había transformado en algo más concentrado, algo que se dirigía directamente hacia mí.
—Sugiero que no salgas de esta habitación —sentenció él—. Y que no dejes que nadie, absolutamente nadie, entre. Me quedaré en la puerta.
—¿Incluso tú? —pregunté con una sonrisa provocadora, a pesar del sudor que perlaba mi frente.
Damián guardó silencio, pero la forma en que sus ojos bajaron hacia mi cuello reveló que su "devoción" estaba a un paso de convertirse en algo mucho más peligroso.
inel es simplemente inel