—¡Qué fastidio de historia! ¿Por qué dejarían morir al villano de esa forma? —fueron mis últimas palabras antes de tragar un puñado de palomitas… y atragantarme con una de ellas.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en mi sala, sino en el cuerpo del antagonista de esa misma historia. Un personaje destinado a morir antes incluso que el villano.
Ahora tengo una sola misión: sobrevivir.
Y si para lograrlo debo cambiar el destino, enamorar al villano no suena tan mala idea…
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CAFETERIA
En su vida anterior, Nicolás jamás tuvo la oportunidad de encontrar a alguien especial.
En el amor era un desastre: tuvo parejas, sí, pero ninguna llegó a ser algo primordial en su vida.
Y ahora, en esta nueva existencia, no solo podía elegir alfas, sino también hombres y mujeres. El abanico era amplio… y aterrador.
"¿Qué hago? Mis pensamientos solo se centraban en sobrevivir, no en enamorarme. No pensé que mis padres me comprometerían."
Ese pensamiento se repetía una y otra vez en la mente de Nicolás.
"¿Y si huyo? Así no podrán obligarme a nada… no, mala idea. Si desaparezco así como así, me buscarían por cielo, mar y tierra."
—Nicolás, ¿me estás escuchando? —dijo Rafael, sacándolo de su espiral mental.
—¿Eh? Ah… sí, continúa por favor —respondió Nicolás intentando parecer concentrado.
—Te decía que podemos reunirnos en mi casa para terminar la presentación —repitió Rafael.
—Sí, está bien. Es más… ¿por qué no nos vamos directo a tu casa después de clases?
"Así tendré una excusa para no ir a la mía."
Los pensamientos de Nicolás retumbaban en la cabeza de Rafael como si los gritara.
—Está bien —aceptó—, pero déjame advertirte: mis padres son algo rudos con los invitados imprevistos.
—No te preocupes, seguro podré ganármelos —respondió con una sonrisa algo temblorosa.
Las clases continuaron como si todo fuera normal… excepto que no lo era.
Había miradas, susurros, tensión en el aire.
Especialmente para Viviana, que no podía apartar sus ojos de Nicolás.
"¿Cómo es que ese inútil no está muerto? Sistema, ¿qué está pasando?"
—Disculpe, señorita —respondió su sistema mental—, no sé qué está ocurriendo. Parece que no puedo enlazarme a la central… es como si nos hubieran dejado solos.
Una voz atronó de repente, tan fuerte que incluso Viviana contuvo la respiración.
"Sistema 345, se te ordena retirarte de esta historia y presentarte en la sede principal. ¡AHORA!"
—No, espera, ¡no! —gritó Viviana mentalmente.
Pero era inútil. El sistema 345 desapareció…
Y con él, toda la ayuda invisible que la protagonista había tenido hasta ese instante.
—Maldita sea… —murmuró entre dientes, apretando los puños con tanta fuerza que se le pusieron blancos.
La campana sonó anunciando el descanso.
—Vamos, Nico —dijo Rafael poniéndose de pie.
—Ya voy… espera, ¿Nico? —preguntó Nicolás sorprendido.
—Sí, Nico. Suena bien, ¿no? —respondió Rafael con una sonrisa cálida.
—Sí… —susurró Nicolás, casi embobado ante la sonrisa que iluminaba el rostro de Rafael.
Ambos caminaron juntos hacia la cafetería.
Para ellos era un día tranquilo, casi agradable.
Pero para Alan y Viviana… las cosas empezaban a caer en picada.
—Sentémonos aquí —propuso Rafael, dejando su bandeja sobre la mesa.
Hasta parecían tener corazones flotando a su alrededor, tan metidos estaban en su propio mundo, que no notaron las miradas del grupo de Alan ni las risitas contenidas.
Los amigos de Alan se empujaron entre sí, jugando bruscamente.
Pero Viviana, con un gesto tan sutil como calculado, los empujó un poco más fuerte… justo en dirección a Rafael y Nicolás.
Todo pasó en un segundo.
Rafael giró, tomó del brazo al chico que se caía encima de Nicolás y detuvo el golpe.
—Discúlpense inmediatamente —ordenó con una voz tan seria que varios se tensaron.
—Fue un accidente, Rafael. No puedes enojarte —dijo Alan con una sonrisa de triunfo que lo delató.
Rafael negó con la cabeza.
—No, no fue un accidente —respondió firme.
Viviana rio, como si la situación le pareciera adorable.
—Vamos, chicos. ¿Por qué no se calman? —dijo mirando la camisa manchada de Nicolás con una sonrisa cruel disfrazada de simpatía.
—Rafael… —susurró Nicolás, respirando hondo—. A veces es bueno darles de su propia cucharada.
Todos lo miraron con los ojos muy abiertos cuando tomó su plato sin pensarlo dos veces… y se lo lanzó a los chicos que habían iniciado la escena.
Sabía perfectamente que no era culpa de ellos… sino de cierta chica detrás.
—¡AY! —gritó Viviana al recibir parte del impacto en la ropa—. ¡¿Qué te pasa?!
Nicolás dio un paso al frente, su mirada firme, su voz temblando no de miedo… sino de hartazgo.
—Me pasa que desde que llegué no han dejado de molestarme. Y ¿sabes algo? Estoy harto.
¿Por qué tendría que aguantar sus malos tratos?
Algunos estudiantes se quedaron mudos.
Otros empezaron a grabar.
Las miradas estaban encendidas.
—Escúchame bien, Viviana —continuó Nicolás sin apartar la vista de ella—. La próxima vez no será una simple porción de comida. Iré directo con la mesa directiva para hacerles saber lo que tú y tu grupo de tontos hacen a espaldas del consejo estudiantil.
Hizo una pausa.
Miró alrededor, a los rostros asustados, a los que evitaban su mirada… a los que por primera vez no temblaban.
—Y no soy el único que ha sido víctima de ustedes.
Su voz resonó por toda la cafetería.
Las víctimas de siempre levantaron la cabeza, unas sorprendidas, otras con lágrimas contenidas.
Alan se quedó sin palabras.
Viviana abrió la boca para responder… pero no salió sonido alguno.
Rafael, a su lado, lo observó en silencio.
Su mirada estaba llena de algo nuevo… algo que Nicolás no supo interpretar del todo.
Pero algo había cambiado.
Y para Viviana y Alan… eso era solo el inicio de su caída.