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FIRMÉ MI LIBERTAD

FIRMÉ MI LIBERTAD

Status: En proceso
Genre:La Vida Después del Adiós / Mujer fuerte/hombre frágil / Pareja destinada / Divorcio
Popularitas:610
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

FIRMÉ MI LIBERTAD

Huyó para recuperar su vida. Nunca imaginó que su pasado volvería a buscarla.

Aymara tenía todo lo que muchos envidiaban: una familia adinerada, una posición privilegiada y un matrimonio aparentemente perfecto. Pero detrás de aquella vida se escondían las mentiras, las traiciones y el control de un hombre que había conseguido arrebatarle incluso su propia identidad.

Una noche, Aymara decide desaparecer.

Después de recorrer carreteras sin destino, llega a Brumaluna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y un lago donde nadie conoce su pasado. Allí comienza de nuevo bajo el nombre de Bella Monreal.

Por primera vez en años, puede tomar sus propias decisiones. Y cuando conoce a Rodrigo, el reservado administrador de un hotel, descubre que el amor no tiene por qué significar perderse a sí misma.

Pero la tranquilidad que tanto le costó construir es más frágil de lo que imagina.

Un accidente, recuerdos perdidos y secretos que no pueden permanecer ocultos amenaza

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La noche que huí

La noche en que Aymara decidió huir, no sabía dónde iba. Solo sabía que, si se quedaba, terminaría por desaparecer dentro de la vida que Sam había construido para ella.

El trueno sonó cuando Aymara metió la mano bajo el asiento y tocó el sobre.

Seguía allí.

No necesitó abrirlo para saber cuánto quedaba. Había contado aquel dinero tantas veces durante las últimas semanas que podía dividirlo de memoria: combustible, comida, dos o tres noches bajo techo si el cuerpo ya no le permitía seguir, y una parte que no debía tocar salvo que todo saliera mal.

Todo había salido mal.

Apretó el volante y miró por el retrovisor. La casa rodante continuaba detrás del auto, pequeña bajo la lluvia, con las luces rojas temblando sobre el asfalto mojado. Dentro llevaba ropa, documentos, una caja con fotografías que no había tenido valor de dejar y algunas herramientas. Nada que se pareciera a una vida completa.

Pero era suyo.

Eso bastaba por ahora.

El teléfono permanecía apagado en la guantera.

No quería saber cuántas veces había llamado Sam.

Tampoco quería saber cuántas veces había llamado su madre.

La única llamada que importaba había ocurrido seis noches atrás.

Aymara todavía podía recordar la hora por el reloj de la cocina: 2:17.

Sam había llegado tarde. Eso no era nuevo. Tampoco lo era el perfume ajeno pegado a su camisa ni aquella calma insolente con la que dejó las llaves sobre la mesa.

Lo que vino después se había convertido en una sucesión de imágenes que Aymara evitaba ordenar.

La voz de Sam.

Una puerta cerrada.

Su muñeca entre los dedos de él.

Ella pidiéndole que la dejara.

Una frase dicha demasiado cerca de su cara.

Y, al final, el silencio.

No había sido la primera humillación. Ni la primera noche en que Sam logró hacerla sentir culpable por cosas que él hacía. Ni la primera vez que su madre le pidió paciencia porque un divorcio sería un escándalo y «la gente siempre habla».

Fue simplemente la primera vez que Aymara entendió que, si se quedaba, iba a terminar desapareciendo sin necesidad de marcharse.

Esperó hasta que Sam se encerró en el dormitorio.

Sacó detrás de unas cajas un teléfono viejo que él no conocía.

Marco.

Su padre respondió al segundo tono.

-Papá.

El silencio del otro lado dura apenas un instante.

—¿Qué pasó?

Aymara apoyó la espalda contra la pared de la lavandería.

—Necesito irme.

No pudo decir más.

Su padre tampoco se lo exigió.

—¿Esta noche?

-Si.

—Entonces salí. Yo me encargo de lo demás.

Dos horas después, cuando Sam dormía, Aymara cerró una maleta, tomó la carpeta que su padre le había insistido en guardar fuera de la oficina y salió por la puerta trasera.

Su padre la esperaba a varias calles.

No la abrazó hasta que estuvo dentro del auto de él.

Entonces sí.

Aymara se quebró.

—No puedo volver.

—No vas a volver esta noche.

—Él va a buscarme.

—Que busqué.

Ella se apartó para mirarlo.

Su padre parecía más viejo bajo la luz amarilla del estacionamiento.

—No quiero meterte en esto.

—Ya estoy en esto. Soy tu papá.

La casa rodante estaba donde habían acordado semanas antes. Su padre había ayudado a prepararla sin preguntar cuándo se iría ni adónde. Aymara había dicho que quizás nunca la usaría.

Él había respondido que ojalá.

Antes de despedirse, le entregó un segundo sobre.

-No.

-Aymara.

—Tengo dinero.

—Y yo tengo una hija que lleva demasiado tiempo creyendo que pedir ayuda es deberle algo a alguien.

Ella bajó la mirada.

—No me digás dónde vas —añadió él—. Solo avisame que estás viva.

Fue la última vez que lo vio.

Desde entonces había manejado sin rumbo.

Seis días.

Carreteras secundarias. Estaciones de servicio. Dos noches dentro de la casa rodante. Una en un motel donde pagó en efectivo y dio un apellido que olvidó antes de llegar a la habitación.

Aymara no estaba buscando un lugar.

Estaba evitando todos los que Sam pudiera imaginar.

La lluvia arreció.

Vio una salida estrecha a la derecha. El letrero estaba torcido y apenas podía leerse entre las ramas. No reconozco el nombre del camino.

Eso le gustó.

Giró.

Durante casi cuarenta minutos avanzó entre bosque, curvas y una neblina que se hacía más espesa. En algún momento pensé en regresar. La carretera se estrechaba y no había señal en el teléfono nuevo que todavía no se atrevía a usar.

Entonces el bosque se abrió.

Aymara frenó.

Abajo, entre las montañas, había un pueblo junto a un lago.

Ninguna era grande. Las casas parecían reunidas alrededor del agua como si se protegieran unas a otras. Algunas luces comenzaban a encenderse y se reflejaban sobre la superficie oscura.

Un letrero de madera apareció al borde del camino.

BRUMALUNA.

Aymara lo leyó dos veces.

No conocía a nadie allí.

Nadie la esperaba.

Nadie sabía buscarla en ese lugar.

Por primera vez en seis días, esas tres cosas no le parecieron aterradoras.

Le parecieron una oportunidad.

Puso el auto en marcha y comenzó a bajar hacia el pueblo.

No sabía cuánto tiempo se quedaría.

Una noche, pensé.

Tal vez dos.

Todavía no sabía que, antes de que terminara aquella semana, firmaría por primera vez con un nombre que no era el suyo.

Antes de apagar el teléfono, Aymara abrió por última vez la conversación con su padre. No habia mensajes nuevos. Solo la frase que él le había escrito horas antes y que ella había leído tantas veces que ya podía verla con los ojos cerrados: cuando estés segura, avisame. No decía volvé. No decía explícame. Esa ausencia de exigencia fue lo que terminó de empujarla hacia la carretera.

Guardó el aparato en el fondo del bolso y arrancó. Durante los primeros kilómetros conducidos con las manos demasiado apretadas al volante. Después, cuando las luces de la ciudad desaparecieron en el retrovisor, aflojó los dedos uno por uno. No se sintió libre. Todavía no. Se sintió lejos. Por esa noche, era suficiente.

Y que aquel nombre terminaría salvándole la vida.

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