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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:57
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14. Vender su cuerpo

Lucía fue a buscar a Adrián enseguida. Él estaba sentado ante su escritorio, revisando documentos con su aire distinguido de siempre. Ni siquiera levantó la cabeza.

Cuando oyó que le pedía prestados trescientos mil pesos, soltó una risa. —Para mí el dinero solo es un número. Pero no voy a darte ni un centavo.

Lucía apretó los dientes y siguió suplicando. —Mi abuelo tiene cáncer de pulmón. Necesita ese dinero para tratarse cuanto antes. Por favor, Adrián. Préstamelo. Te lo voy a devolver.

—¿Devolverlo? ¿Con qué? —Daba por hecho que ella no podría pagarlo. De pronto cambió de tono—. Bueno, podría prestártelo. Solo tienes que aceptar lo que te pedí el otro día.

Lucía apretó el borde de su ropa entre los dedos.

Le había pedido que dejara su lugar a Valeria y se convirtiera en su amante.

Intentó dominar el dolor que le crecía en el pecho y mantener la calma. —Cualquier cosa menos eso, Adrián.

Él cerró la carpeta y se levantó. La miró con frialdad. —Entonces no vas a conseguir ni un centavo.

Al verlo marcharse, Lucía se olvidó de todo y lo agarró del brazo. —Por favor, ayúdame a salvar a mi abuelo. Su enfermedad no puede esperar.

Adrián soltó una risa baja. No había rastro de calidez en su mirada. —¿Y qué? ¿Eso qué tiene que ver conmigo?

Un frío le recorrió la espalda. El hombre que tenía delante le pareció un desconocido, tan cruel que no podía reconocerlo.

Un dolor en la barbilla la sacó de sus pensamientos. Él se la había sujetado y la miraba con aquellos ojos hermosos, llenos de una burla helada.

—Por Valeria, te voy a dar una idea. Si tanta prisa tienes por conseguir dinero, sal a venderte. Con esa cara, juntar trescientos mil no te costará mucho.

La apartó de un empujón y pasó junto a ella con toda tranquilidad.

Las palabras se le clavaron en el corazón. El tumor empezó a hacerle sentir un dolor intenso.

Se apretó la zona dolorida, sacó un analgésico del bolso y se lo tomó.

La crueldad de Adrián seguía resonándole en los oídos. Se tragó las lágrimas, apretó los dientes y se puso de pie.

Tenía razón. A esas alturas, por su abuelo, solo le quedaba salir a vender.

Pero no iba a cobrar por coquetear con nadie, y mucho menos a vender su cuerpo.

El gerente de un club nocturno le dio unas botellas de vino. Empezó a recorrer los reservados para venderlas, una por una.

Los clientes eran generosos. Sobre todo con las mujeres bonitas.

Lucía solía ir sin maquillaje y vestirse con sencillez. Esa noche se había arreglado de otra manera.

Al ver aquella belleza natural, los clientes pagaban sin dudar.

Solo le quedaba una botella. Al ver lo bien que vendía, el gerente se la cambió por el vino más caro del local y la mandó al reservado VIP. Allí estaban los clientes más ricos de la noche. Si conseguía vender esa botella, recibiría cien mil pesos de comisión.

La cifra la hizo vacilar. Se sentía tan mal que quería irse a casa, pero pensó que su abuelo pronto podría recibir tratamiento. Apretó los dientes, tomó otro analgésico y fue.

Apenas abrió la puerta, vio el rostro que siempre le aceleraba el corazón.

Adrián estaba recostado en el sofá con aire despreocupado. Su porte frío y dominante, casi de rey, imponía respeto y miedo.

Valeria también estaba en el reservado.

Lucía nunca había imaginado que aquel cliente tan rico fuera Adrián.

Los analgésicos deberían haberle adormecido el dolor. Sin embargo, sintió una punzada fría por todo el cuerpo.

No quería exponerse a otra humillación. Se volvió para irse.

—Así que de verdad saliste a venderte. —La burla en la voz de Adrián le hizo doler hasta los huesos. Entonces Valeria se acercó.

—No puedo creer que seas tú, Lucía. ¿Qué haces en un lugar como este?

Aquella cara hipócrita le provocó ganas de vomitar. —No vine a lo mismo que ustedes. Ustedes vienen a divertirse. Yo, a trabajar.

—¿A trabajar? ¿Cómo pudiste caer tan bajo? ¡Estás dejando en ridículo a Adrián! Si necesitas dinero, pídemelo. ¡No tienes por qué vender tu cuerpo!

Vender su cuerpo.

Lucía jamás había dicho que estuviera allí para prostituirse. Valeria ya la había pintado como una prostituta.

Un destello helado cruzó por los ojos arrogantes de Adrián. Su mirada se volvió todavía más aterradora, como la de un demonio que quisiera despedazarla.

De verdad había salido a venderse.

¡Por dinero se acostaba con cualquiera!

Y todavía tenía el descaro de decir que solo había estado con él.

Qué rastrera.

—Hazme caso, hermanita. Vuelve a casa. Si Adrián se enoja de verdad, ni yo voy a poder calmarlo.

La dulzura con que Valeria intentaba aconsejarla le revolvió el estómago.

Lucía la miró con una sonrisa incrédula. —¿A casa? ¿Todavía tengo una? ¿No la ocupaste ya tú, amante sin vergüenza?

A Valeria se le tensó el rostro y le tembló una comisura. Miró a Adrián, dolida. —No te enojes con ella. Todo es culpa mía. Yo tuve la culpa de enamorarme de ti sin remedio. Todo esto es por mí.

La actuación era burda y falsa. Pero Adrián parecía ciego: se acercó y abrazó a Valeria.

—Tonta, ¿cómo va a ser culpa tuya? Siempre has sido tú la mujer que amo. La culpable es esta, que se metió en mi cama sin vergüenza, empeñada en un amor que nadie le pidió.

«Siempre has sido tú la mujer que amo».

La frase le pisoteó el corazón a Lucía.

Soltó una risa sin alegría.

¿Desde cuándo Valeria era la niña a la que él había querido desde el principio?

Ella recordaba a un niño que la llevaba en la espalda bajo el sol del atardecer y le decía: «Luli, conocerte es lo mejor que me ha pasado en la vida. No quiero a nadie tanto como a ti».

Se sintió terriblemente mal. No solo le dolía el corazón. El tumor que podía matarla en cualquier momento empezó a dolerle de golpe, con una intensidad brutal.

No quería seguir viendo aquella escena que le arrancaba el corazón. Se volvió para irse y chocó de frente con alguien.

Aturdida, no consiguió sostener la botella. El vino, que valía más de un millón de pesos, cayó al suelo con un sonido de cristal roto.

Lucía se quedó blanca. Alguien le agarró la muñeca y tiró de ella.

—Cuánto tiempo sin verte, Lucía.

Al oír la voz burlona de aquel hombre, se estremeció sin poder evitarlo.

Alzó la vista. Era justo el rostro que le daba náuseas.

Rodrigo Torres era un antiguo amante de Valeria. Había acosado a Lucía e incluso había intentado forzarla a acostarse con él. Valeria había estado a un lado, mirando y riéndose.

Ahora, sin embargo, fingió sorpresa. —Lo conozco, señor. Usted era novio de Lucía. Recuerdo que se quedaba a dormir muy seguido en su antigua casa.

El ambiente se volvió glacial de golpe.

Lucía no podía creerlo. ¿Desde cuándo Rodrigo era su exnovio?

—Después de tanto tiempo, qué suerte encontrarte aquí. Vamos a recordar los viejos tiempos, preciosa. —Él siguió el juego de Valeria con una sonrisa descarada. La sujetó y la atrajo una y otra vez contra su cuerpo. Lucía no podía con su fuerza. El dolor tampoco la dejaba defenderse.

—¡Suéltame! —Se retorció con desesperación.

—¿Qué te pasa? Antes no te ponías así conmigo. ¿Te parece poco lo que te doy? ¿Doscientos? ¿Qué tal si esta vez te doy doscientos? Antes te daba cien cada vez.

—¡Cállate, Rodrigo! ¡Que te calles! ¡Yo ni siquiera te conozco…!

—¿Cómo que no me conoces? Nos conocemos muy bien. Todavía me acuerdo del lunar que tienes en el pecho, del lado izquierdo.

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