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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:310
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

NovelToon tiene autorización de Genesis YEPES para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

2

La casa de la ceniza

La casa de la Vieja olía a tierra mojada y a algo que se había podrido bajo las tablas del suelo. Fray Tomás permaneció de pie junto a la puerta, sin quitarse el capucho. La única luz entraba por una rendija estrecha en la pared de piedra. El resto era sombra. La mujer estaba sentada en un banquito bajo, con las manos sobre las rodillas. Sus dedos eran nudos secos, manchados de tierra negra. No tenía fuego encendido. No había olla ni pan. Solo ella y el olor.

—Sentáos, dominico

dijo ella sin levantar la vista.

—Las piernas os duelen. Se os nota en el modo de apoyaros.

Fray Tomás no se sentó. Observó la habitación. En un rincón había un saco de arpillera semiabierto. Dentro se veía un polvo grisáceo. Ceniza. No de leña. Era más fina, más oscura.

—¿De dónde sale esa ceniza?

preguntó.

La Vieja sonrió con la boca sin dientes. La sonrisa no llegó a los ojos.

—Del mismo sitio de donde sale todo lo demás. De la tierra que ya no quiere a los vivos. De las bocas que se abren debajo. ¿Queréis tocarla?

—No.

—Hacéis bien. Una vez que se pega a la piel, cuesta quitarla. Y a veces no se quita del todo.

Fray Tomás dio un paso adelante. El suelo crujió bajo sus sandalias.

—Han muerto once personas en menos de un mes. Los cuerpos no se corrompen. Hay voces en la iglesia. Una niña tosió ceniza negra hasta morir. Vos estáis en el centro de todos los rumores. Hablaréis con claridad o hablaréis después, en la sala de interrogatorios.

La mujer levantó por fin la cabeza. Sus ojos eran del color de la piedra mojada.

—Ya hablé. Hablé cuando la niña de Isabel empezó a escupir lo negro. Le dije que no la enterrara cerca del arroyo. Le dije que el agua arrastra lo que no debe. No me escuchó. Nadie escucha cuando tiene miedo. Solo buscan a alguien a quien quemar para que el miedo se calle un rato.

—¿Le disteis algo a la niña?

—Le di hierbas para la tos. Hierbas que mi madre usaba y la madre de mi madre. No matan. Alivian. Si la niña murió, fue porque algo más grande la quería. Algo que lleva tiempo esperando bajo este valle.

Fray Tomás sintió que el aire se espesaba. El olor a ceniza parecía subir desde el suelo.

—¿Qué cosa?

La Vieja se encogió de hombros. El movimiento hizo crujir los huesos de sus hombros.

—Lo que siempre ha estado aquí. Antes de que llegaran los cristianos con sus cruces y sus libros. Antes de que los moros construyeran sus torres. Algo que come nombres. Cuando alguien muere de esa forma, el nombre se queda atrapado. Y los nombres atrapados llaman a los que aún respiran.

Fuera se oyó el viento golpear la puerta. Fray Tomás no se inmutó.

—Mañana os llevaré al convento provisional que hemos establecido en la casa del antiguo cura. Allí responderéis de nuevo, con testigos y con escribano.

—Hacedlo —respondió ella.

—Pero sabed una cosa, dominico. Cuando quemáis a alguien, el humo no se va. Se queda en las paredes. Se mete en la ropa. Y por las noches vuelve a las bocas de los que aún no han sido señalados. Ya veréis. Fray Tomás salió sin responder. El aire exterior le pareció casi limpio en comparación. Caminó de regreso hacia la iglesia. El pueblo seguía desierto. Solo al pasar frente a una casa con la puerta entreabierta vio a un hombre sentado en el umbral. Era alto, demacrado, con la barba descuidada y los ojos enrojecidos. Vestía una casaca que había sido de buena factura, ahora rota y manchada. Al ver al dominico se incorporó con dificultad.

—Padre… Fray Tomás de Ávila, ¿verdad? Me dijeron que llegabais.

—¿Quién sois?

—Rodrigo de Mendoza. Caballero… o lo que queda de uno. Mi casa está al otro lado del arroyo. Tres de mis peones murieron la semana pasada. Tosieron lo mismo que la hija de Isabel. Ceniza. Yo también… yo también siento el sabor en la boca desde hace días.

Fray Tomás lo miró de arriba abajo. El hombre temblaba, aunque no hacía tanto frío.

—¿Habéis visto algo?

Don Rodrigo se pasó una mano por la cara. La mano temblaba más que el resto del cuerpo.

—Vi a mi esposa. Murió hace dos años de una calentura. La vi la noche del martes, de pie junto al pozo. No tenía pies. Solo el borde de la mortaja y debajo… nada. Me miró y abrió la boca. Dentro no había lengua. Solo ceniza negra que se derramaba. Grité. Los peones salieron. Ellos no vieron nada. Al día siguiente dos de ellos empezaron a toser.

El caballero se acercó un paso. El aliento le olía a vino agrio y a algo metálico.

—Tengo dinero. Poco, pero tengo. Si necesitáis testigos… o si necesitáis que alguien desaparezca antes de que los rumores lleguen más lejos… puedo ayudar.

Fray Tomás lo miró con desprecio frío.

—El Santo Oficio no acepta sobornos de hombres que ven a sus esposas muertas. Id a vuestra casa. Mañana os interrogaré también.

Don Rodrigo bajó la cabeza y retrocedió. Fray Tomás continuó hacia la iglesia. El Hermano Mateo lo esperaba en la puerta. Tenía el rostro aún más pálido que la noche anterior y una mancha oscura en la manga del hábito.

—Padre… durante la noche la ceniza apareció dentro del sagrario. Estaba sobre las hostias. La limpié con el paño sagrado. El paño se puso negro y no hay forma de lavarlo.

Fray Tomás entró. Fue directo al sagrario. Lo abrió. Dentro, sobre el corporal, había un fino polvo grisáceo. Lo tocó con la yema del dedo. Era seco, fino, y dejó una marca oscura en la piel que no se quitó aunque la frotó contra el hábito.

—Nadie debe comulgar hasta nuevo aviso.

ordenó.

—Y vos no volveréis a tocar nada sagrado sin guantes.

Mateo asintió, pero sus ojos estaban fijos en un punto detrás de Fray Tomás, como si alguien estuviera de pie en el coro vacío.

Esa tarde Fray Tomás hizo llamar a Isabel de la Vega. La hizo entrar en la sacristía. Ella se sentó en el único banco disponible, con las manos cruzadas sobre el regazo. No miró al dominico a la cara.

—Repetid lo de vuestra hija.

dijo él.

—Todo. Desde el primer síntoma.

Isabel habló con voz monótona, sin inflexiones. La niña había empezado a quejarse de un sabor a quemado en la boca. Después vino la tos. Primero seca. Luego con el polvo negro. Habían llamado al barbero. El barbero dijo que era una calentura de pecho. Le aplicaron ventosas. Le dieron miel con ajo. Nada sirvió. La última noche la niña se sentó de golpe en la cama, abrió los ojos de par en par y dijo un nombre que Isabel no había oído nunca. Un nombre largo, con sonidos que no pertenecían a ninguna lengua conocida. Después se echó hacia atrás y dejó de respirar. Cuando la lavaron para la mortaja, de la boca le salió un hilo de ceniza que se derramó sobre la sábana y no se pudo limpiar del todo.

—¿Y vos?

preguntó Fray Tomás.

—¿Habéis soñado con ella?

Isabel levantó la vista por primera vez. Sus ojos estaban secos.

—Todas las noches. Pero ya no tiene cara. Solo la boca abierta y la ceniza cayendo. Y siempre está de pie en el mismo sitio: junto al arroyo, donde os dije que no debíamos enterrarla.

Fray Tomás tomó nota en un trozo de pergamino con tinta espesa. La pluma raspaba.

—Mañana vendréis de nuevo. Traed cualquier cosa que hubiera tocado vuestra hija en los últimos días. Ropa, juguetes, lo que sea.

Isabel se levantó. Antes de salir se detuvo en el umbral.

—Padre… la Vieja tiene razón en una cosa. Cuando quemáis a alguien, el humo no se va. Se queda. Y aquí ya hay demasiado humo acumulado de otros tiempos.

Salió. La puerta de la sacristía se cerró con un golpe suave.

Al anochecer Fray Tomás se quedó solo en la nave de la iglesia. Encendió tres velas junto al altar. El Hermano Mateo rezaba en el coro con voz baja y temblorosa. De pronto el viento golpeó las puertas principales con fuerza. Una de ellas se abrió de par en par. Entró una ráfaga que apagó dos de las velas. El olor a ceniza se hizo tan denso que Fray Tomás tosió. Cuando recuperó el aliento, vio que sobre el altar, exactamente donde había estado la mancha de sangre el día anterior, había ahora un pequeño montículo de polvo negro. Nadie se había acercado.

Se levantó, caminó hasta el altar y sopló. El polvo se levantó en una nube fina y se dispersó por el aire. Parte de él se le metió en la nariz y en la boca. El sabor era a hierro quemado y a tierra de cementerio.

Esa noche no hubo susurros. Solo un silencio tan completo que Fray Tomás llegó a pensar que se había quedado sordo. Hasta que, cerca del alba, oyó un sonido nuevo: el de una niña tosiendo en alguna parte de la oscuridad. Una tos seca, seguida del roce de algo fino cayendo sobre piedra.

Se levantó, tomó la vela que aún ardía y recorrió la iglesia entera. No había nadie. Solo el Hermano Mateo dormido en un banco, con la boca entreabierta y un hilo oscuro de saliva que le bajaba hasta la barbilla. Fray Tomás se limpió la lengua con el dorso de la mano. La marca negra de la ceniza seguía allí, en la yema del dedo, como si se hubiera tatuado en la piel. Fuera, el cielo empezaba a clarear con un color de plomo sucio. El valle seguía en silencio. Pero el olor a ceniza ya no venía solo del viento. Venía de dentro.

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GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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