«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 14
El silencio en el Salón del Trono se volvió tan espeso que ni el aleteo de una polilla se atrevía a romperlo.
El rostro del Gran Consejero Zhao pasó de la soberbia cortesana a una palidez verdosa, cenicienta. Sus ojos diminutos parpadearon con desesperación mientras retrocedía medio paso, arrastrando las faldas de su túnica púrpura sobre el granito.
—¿M-Majestad? —balbuceó el anciano, intentando forzar una sonrisa piadosa que solo acentuó sus arrugas temblorosas—. No comprendo la acusación... Un servidor de tres generaciones imperiales jamás ocultaría...
—Saca la mano derecha de la manga, Zhao —interrumpió Li Yan.
No levantó la voz, pero cada sílaba sonó como el golpe de un hacha contra la madera del patíbulo. El emperador siguió bajando los escalones con una lentitud cruel, dejando que el filo de su espada rozara las baldosas de piedra, arrancando un chirrido metálico que erizaba hasta el último cabello de la nuca.
—¡Es una calumnia! —gritó Zhao, alzando la voz hacia los demás ministros, buscando aliados entre la marea de hombres arrodillados—. ¡Esta mujer... esta bruja que recogió del fango no es más que una cortesana que intenta envenenar el juicio del Hijo del Cielo para destruir los pilares del imperio! ¡Majestad, los ancestros no permitirán...!
Antes de que terminara la frase, el brazo de Zhao se movió bajo la seda con la rapidez desesperada de una rata acorralada.
No intentó mostrar la mano. Intentó estrellar el frasco contra el suelo para desatar el gas ahí mismo.
Li Yan fue diez veces más rápido.
El destello del acero cortó el aire con un silbido limpio y sordo. La espada imperial bajó en un arco implacable. No hubo advertencia, no hubo juicio: la hoja cercenó el brazo derecho del anciano justo por encima del codo antes de que el frasco saliera de la tela.
Un alarido desgarrador retumbó por las columnas del salón mientras un chorro escarlata salpicaba el granito blanco. El brazo amputado cayó pesadamente al suelo, rodando a los pies de los primeros ministros, que soltaron gritos de pánico y se arrastraron hacia atrás, bañados en la sangre del consejero.
De entre los pliegues de la manga ensangrentada que yacía en el piso, rodó un frasco pequeño de cerámica negra vidriada.
En la parte superior, grabado en relieve oscuro, brillaba el relieve siniestro de una serpiente de dos cabezas.
Li Yan apoyó la punta de su bota sobre el frasco, inmovilizándolo antes de que se rompiera. Luego miró a Zhao, que se retorcía en el suelo sujetándose el muñón humeante con la mano restante, ahogándose en sus propios alaridos.
—Niebla de asfixia —dijo Li Yan con una frialdad que congelaba la médula—. Comprada a los boticarios clandestinos de las provincias del sur. Ibas a vaciarlo por los ductos en mi banquete de coronación, ¿no es así, viejo perro?
Zhao lo miró desde el suelo con los ojos desorbitados por el dolor y el odio puro.
—¡Eres... eres un demonio...! —escupió el anciano entre gorgoteos de sangre—. ¡El trono no te pertenece! ¡Los cielos te maldecirán!
—Los cielos llegaron tarde —sentenció Li Yan.
Con un movimiento seco y desprovisto de toda piedad, atravesó la garganta de Zhao con la punta de la espada, clavándola contra el granito. Los espasmos del viejo cesaron al instante.
El salón quedó en un mutismo de pesadilla. El olor a hierro y a excremento de los hombres aterrorizados flotaba en el aire. Ningún ministro se atrevía a respirar; muchos lloraban en silencio, con la frente pegada a los charcos de sangre, rogando a los dioses que la espada imperial no los señalara a ellos.
Li Yan sacó el acero de la garganta del cadáver con un tirón firme. Se giró hacia la corte arrodillada, con los ojos ardiendo en esa locura sanguinaria que tanto le temían, la túnica salpicada de rojo vivo.
—El clan Zhao entero será ejecutado antes del anochecer —decretó el emperador, y su voz retumbó como el trueno de una tormenta de sangre—. Si algún ministro o general presente duda de la palabra o de los ojos de la mujer que está a mi lado en este trono... que dé un paso al frente ahora mismo.
Nadie se movió. Nadie alzó la cabeza.
Li Yan subió los escalones despacio. La respiración pesada le inflaba el pecho ancho, y por la rigidez de su mandíbula supe que el esfuerzo y el frenesí de la matanza estaban amenazando con reactivar las jaquecas en su cabeza.
Se detuvo frente a mí. Me miró desde su altura, empapado en muerte ajena, pero cuando sus ojos negros se clavaron en los míos, la tormenta asesina de sus pupilas volvió a quebrarse, buscando refugio en mi presencia.
Extendió su mano izquierda, limpia de sangre, y me tomó de la cintura con una fuerza urgente, tirando de mí hacia su costado. El contacto repentino hizo que una corriente ardiente nos sacudiera a ambos. El pulso desbocado de su cuerpo pareció acoplarse al mío en un instante, devolviéndole la compostura imperial.
—Vámonos —me ordenó en un susurro bajo, ronco, que solo yo pude escuchar.
Sin soltarme, me llevó a través de la puerta lateral que conducía a sus aposentos privados, dejando atrás a una corte arrodillada en sangre que, a partir de ese segundo, supo que el verdadero poder detrás del tirano no estaba en sus espadas, sino en la plebeya que dormía en su lecho.