La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
NovelToon tiene autorización de Lewis Alexandro Delgado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14: Orgullo herido
Amanecí con los ojos secos. No derramé una sola lágrima. No por él. No lo amo, así que no hay motivo para llorar. Lo que siento no es tristeza: es rabia fría, nítida, que me quema por dentro sin ablandarme. Me puse de pie, me lavé la cara con agua helada y me vestí con un traje impecable de color gris acero; el cabello recogido con firmeza, sin un solo mechón fuera de lugar.
En el Departamento B me sumergí en el trabajo como refugio. Organicé cada documento, revisé cada cifra, perfeccioné hasta el último detalle de mi propuesta: la reconstrucción integral de los barrios bajos. Dibujé planos, calculé presupuestos, proyecté plazos y beneficios sociales y económicos. Quería que todo fuera impecable, sólido, imposible de rechazar. Ese proyecto era mío, mi propósito, algo que nadie podría arrebatarme.
Cerca del mediodía, me reuní con Ian en su despacho para ultimar detalles de la junta. Estábamos revisando cifras cuando sonó su teléfono. Lo escuché en silencio. Al colgar, se puso de pie de un salto, tomó su chaqueta y dijo con urgencia:
—Tengo que irme. Violeta está en la escuela con fiebre alta. Debo ir a buscarla.
—¿Y la junta? —alcancé a decir.
—Lo siento —respondió, sin detenerse—. Hablamos luego.
Salió corriendo, sin mirar atrás, sin una palabra para mí, sin preguntar si necesitaba algo. Jamás había corrido así por sus propios hijos. Jamás se había apresurado de esa manera cuando ellos estuvieron enfermos.
Mis puños se apretaron con fuerza, las uñas clavándose en las palmas. Lo vi cruzar el vestíbulo acompañado de Dalila, que lo esperaba con cara de angustia, y juntos salieron en su auto. Dos empleados hablaban en voz baja cerca:
—Se nota que la ama de verdad…
—Y la señora… ahí está, como un adorno bonito pero sin importancia.
Me giré hacia ellos. Mi mirada los acalló al instante.
—Disculpen —dije, con voz cortante y clara—, ¿Alguien de ustedes sabe cómo se manejan los negocios de esta empresa? ¿Quién ha elaborado los proyectos que hoy nos mantienen a flote? Si ven solo lo que les conviene ver, no es mi problema. Soy la esposa, soy la directora del departamento B.
Bajaron la mirada, avergonzados.
—Disculpe, señora Kim…
Me alejé. No duele el corazón, me dije. Duele el orgullo. Ese idiota es el hombre más estúpido del mundo. Dalila lo maneja como a un títere. A sus propios hijos no los trata con la mitad de esa mo… y por esa niña corre como si fuera lo único que existe.
En la escuela, mis dos niños vieron llegar el auto. Se asomaron con esperanza… pero se quedaron inmóviles al verlo bajar corriendo hacia Violeta, tomarla en brazos y marcharse con ella. No miró hacia ellos. No los llamó. Los niños se quedaron solos, cabizbajos. La maestra los vio y esa tarde me llamó.
—Señora Kim… su hijo dijo algo que me preocupó mucho. "Papá fue por ella y no por nosotros. Creo que no nos quiere".
Me quedé quieta, sosteniendo el teléfono. Algo se me rompió por dentro, pero no era llanto. Era hielo endureciéndose más.
—Gracias por avisarme —dije con voz firme—. Me encargo.
Colgué. No lloré. Pero supe entonces que esto no se arregla con palabras.
Poco antes de la junta, Ian llamó. Su voz sonaba distante.
—Morana, no voy a poder asistir. Estamos en el hospital con Violeta. Tú encárgate de todo, confío en ti.
—Está bien —dije, y colgué.
Entré a la sala de juntas sola, con la cabeza alta. Expuse mi propuesta con claridad, fuerza y brillantez. Expliqué cada plano, cada cálculo, cada beneficio. Mis argumentos eran tan precisos, mi visión tan inspiradora, que la sala entera quedó impresionada. Al terminar, uno de los accionistas más antiguos asintió con admiración:
—Es increíble, Morana. Usted demuestra capacidad, inteligencia y visión… y sin embargo, el señor Ian presta más atención a asuntos ajenos que a quien tiene al lado. No la valora como merece. Es una lástima.
—No me preocupa —respondí con serenidad—. Mi valor no depende de quién me mire. Depende de lo que hago. Y esto va a salir adelante.
Aplaudieron. La propuesta fue aprobada por unanimidad.
Llegó la noche. Fuimos a casa de mi suegra. Ian llegó tarde. Me vio esperándolo en el pasillo. Lo miré a los ojos, firme, fría.
—Pasa —le dije, con voz gélida.
Entró con cautela. En cuanto estuvimos solos, antes de que la familia saliera, hablé:
—La maestra me llamó hoy. Tus hijos se quedaron solos en la escuela esperándote. Dijeron que creen que no los quieres. ¿Tienes algo que decir?
Ian palideció. Abrió la boca, la cerró, luchó consigo mismo.
—Yo… solo fui porque le debo la vida —murmuró—. No siento nada por ella. Es una deuda, nada más. Aquel día… ella me encontró, me ayudó cuando nadie más lo hizo. No puedo pagarle con indiferencia.
—¿Y con tu familia? —lo interrumpí—. ¿Les pagas con abandono? Una deuda que pagas destruyendo a los tuyos no es honor. Es estupidez.
—Lo sé —dijo, con voz ronca—. Lo sé, pero no sé cómo equilibrarlo. Siento que si le fallo, soy un hombre sin palabra. Pero si te fallo a ti… también lo soy.
—Entonces aprende a elegir bien —respondí—. A partir de hoy, tus hijos vienen primero. Si vuelves a poner a Dalila o a esa niña por delante de nosotros, no te golpearé. Me iré con los niños. Y esta vez no volveré.
Se quedó callado, la cabeza baja, la vergüenza pintada en el rostro. No necesité golpearlo. La verdad pesaba más que cualquier golpe.
Salimos al comedor. Desde la cocina, su padre servía bandejas con esmero, cumpliendo cada indicación de su esposa sin rechistar. Mi suegra vio la cara de Ian y asintió, satisfecha.
—Por fin lo ves —dijo ella, sentándose—. Dalila te ha cegado. Morana tiene razón.
Su hermana asintió:
—Nadie se atrevía a decírtelo, pero todos lo veíamos.
Uno de sus hermanos añadió:
—No pongas a extraños por encima de tu sangre.
Ian comió callado, consciente de que no tenía defensa. Sabía que todos tenían razón.
Tocaron a la puerta: era Verónica. Mi suegra se levantó y le bloqueó el paso.
—Aquí no eres bienvenida —dijo con firmeza—. Vete antes de que sea necesario acompañarte.
Verónica se marchó, desconcertada.
La cena transcurrió en calma. Al despedirnos, mi suegra me tomó la mano.
—Lo has hecho bien —dijo—. No dejes que nadie te quite el lugar que te corresponde.
Regresamos a casa. Ian caminaba detrás de mí, sumiso. Sabía que no había sido castigado con violencia, sino con la verdad. Y eso dolía más y duraba más. Me detuve antes de entrar a la habitación.
—Duerme en el suelo —le dije, sin mirarlo—. Piensa en ello. Mañana hablamos.
—Lo haré —respondió él, con voz suave—. Gracias por no rendirte conmigo.
No respondí. Entré y cerré la puerta. Me senté en la cama. No lloré. No lo amo.
Palabras de la autora:
Les presento, al idiota del año.