El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...
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Capítulo 1: La caída del bies
El murmullo en el salón principal del Palacio San Martín tenía ese timbre metálico y artificial que Victoria detestaba. Era el sonido de copas de cristal chocando entre risas ensayadas, el roce de sedas carísimas y el chasquido constante de los flashes rebotando contra los paneles dorados de la Bienal Nacional de Moda.
Victoria se acomodó la solapa de su chaqueta con un gesto imperceptible. Había confeccionado el conjunto ella misma durante tres noches en vela: un esmoquin femenino en crepé negro, de hombros estructurados con precisión milimétrica y un cruce asimétrico que caía con la exactitud de un corte quirúrgico. Era su armadura. En un salón repleto de inversores que jamás habían enhebrado una aguja y críticos que juzgaban el esfuerzo ajeno con una copa de espumante en la mano, su ropa era su único escudo.
—Sonríe un poco, Victoria —le susurró Clara, su jefa de taller, pasándole una copa sin tocar—. Pareces lista para clavarle una tijera de sastre en el ojo al primer patrocinador que se acerque.
—Si supieran lo que cuesta montar un desfile sin el respaldo de un fondo fiduciario, se clavarían las tijeras ellos solos —respondió Victoria en voz baja, sin mover un solo músculo del rostro—. Estamos acá por el subsidio de la Bienal. Nada más.
—Y por la prensa. Si la mención especial sale en portada el domingo, tendremos pedidos cubiertos hasta el invierno.
Victoria asintió despacio, aunque un mal presentimiento le recorría la nuca como una corriente de aire frío. La invitación al evento inaugural había llegado con un membrete inusual: «Reestructuración estratégica del certamen: Anuncio oficial». En el circuito independiente, cualquier cambio de reglas solía significar una sola cosa: menos espacio para los pequeños y más privilegios para los gigantes textiles.
Una fanfarria discreta apagó las conversaciones. Sobre el estrado, el presidente del comité organizador tomó el micrófono. Tras los agradecimientos protocolares y un discurso inflado sobre "modernización y convergencia", soltó la bomba sin anestesia:
—Para esta edición, la Bienal no premiará talleres individuales. Inspirados en los modelos de co-creación internacional, la categoría de Oro exigirá una colección cápsula conjunta: un gigante industrial aportará volumen y tecnología; un atelier independiente aportará identidad y artesanía pura. Los emparejamientos han sido designados por el jurado evaluador para garantizar el balance perfecto.
Un murmullo de indignación contenida y miradas cruzadas sacudió a los diseñadores independientes. Victoria sintió cómo la sangre le subía a las sienes. ¿Una alianza forzada? ¿Subordinar su taller a los caprichos de una fábrica en serie?
—Esto es una trampa —murmuró Clara con los ojos abiertos de par en par—. Nos van a devorar.
—No a nosotras —dijo Victoria entre dientes—. Me retiro antes de regalarle mis patrones a cualquier burócrata.
Iba a girar sobre sus talones hacia la salida cuando las puertas dobles del fondo del salón se abrieron.
El silencio que siguió no fue de sorpresa, sino de sumisión colectiva. Un grupo de fotógrafos se apartó a tropezones para abrir paso a la comitiva de Textil Vanguardia, el consorcio más agresivo y devorador del país. Y al frente de ellos, caminando con una soltura que desbordaba arrogancia, venía él.
Caleb.
A Victoria se le cortó el aire en la garganta con la fuerza de un golpe seco.
Hacía diez años que no escuchaba su nombre sin que se le revolviera el estómago, pero verlo en persona era un impacto de otra escala. El muchacho desgarbado de camisa rota que dormía con las manos manchadas de grafito en una buhardilla helada no existía más. En su lugar había un hombre en la cúspide de sus treinta años, enfundado en un traje gris marengo de corte italiano impecable, con el cabello castaño oscuro peinado hacia atrás con deliberada imperfección y esa mandíbula tensa que ella, en otra vida que parecía pertenecerle a otra mujer, había recorrido con los dedos a oscuras.
Caleb no miraba a la multitud; la toleraba. Avanzaba recibiendo palmadas en la espalda y saludos reverenciales con apenas una inclinación de cabeza. Había pasado los últimos siete años triunfando en Milán y París, y ahora volvía como el director creativo absoluto del emporio que amenazaba con aplastar a todos los talleres de la ciudad.
«Respira», se ordenó Victoria, clavándose las uñas en las palmas de las manos dentro de los bolsillos. «Ni una sola señal. Ni una.»
Pero fue inútil. Como si estuviera calibrado por una brújula perversa, Caleb detuvo su marcha a escasos metros del estrado y giró la cabeza. Sus ojos —de un ámbar oscuro, afilados e inquisitivos— barrieron la sala hasta dar directamente con ella.
El tiempo pareció congelarse entre el bullicio. No hubo sorpresa en la mirada de Caleb. Solo un destello lento, deliberado, de reconocimiento absoluto. Una comisura de sus labios se elevó apenas un milímetro: esa media sonrisa mordaz, esa misma mueca insoportable con la que solía desafiarla a los diecisiete años antes de destrozarle un boceto o robarle un beso sobre la mesa de corte.
Caleb intercambió dos palabras con su asistente, declinó una copa de champán y caminó en línea recta hacia ella, cortando la marea de invitados como si nadie más existiera en el salón.
—Dime que es una pesadilla —susurró Clara a su lado, retrocediendo medio paso ante la presencia imponente del recién llegado.
Victoria no contestó. Enderezó la espalda, levantó el mentón y congeló su expresión en la frialdad más absoluta.
Caleb se detuvo a un paso de distancia. Olía a cedro, a cuero caro y a una lluvia lejana que le encendió la memoria en contra de su voluntad.
—Diez años, Victoria —dijo él. Su voz era más profunda de lo que ella recordaba, pero conservaba esa cadencia arrastrada y segura que siempre le había puesto los nervios de punta—. Y todavía prefieres el crepé con caída pesada antes que arriesgarte con un corte al sesgo. Qué predecible.
Victoria sintió el chispazo de la rabia correrle por las venas, devolviéndole el control en un segundo. Lo miró de arriba abajo con desdén manifiesto, deteniéndose apenas en la solapa de su traje antes de volver a sus ojos.
—Y tú sigues usando trajes a medida para disimular que jamás aprendiste a coser un bolsillo recto sin torcer la aguja, Caleb —respondió ella, con una voz tan suave y cortante como una cuchilla nueva—. Veo que el dinero compra telas caras, pero no el buen gusto.
La sonrisa de Caleb, lejos de borrarse, se ensanchó con una lentitud exasperante. Dio medio paso más hacia ella, invadiendo ese perímetro íntimo que Victoria defendía con uñas y dientes.
—Veo que conservas las garras —murmuró él, bajando el tono lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo—. Es una lástima que vayas a tener que usarlas para firmar un contrato conmigo.
Victoria arqueó una ceja, fingiendo una calma que su corazón desbocado desmentía a gritos.
—No sé qué delirio de grandeza te traje de Europa, pero yo no firmo nada con buitres corporativos.
En ese instante, la voz del presidente de la Bienal resonó por los altavoces de todo el salón, llamando al silencio para la lectura oficial:
—Primer binomio asignado para la Colección Cápsula de Honor: Textil Vanguardia, bajo la dirección de Caleb Rinaldi... en colaboración exclusiva con Atelier Victoria.
Los aplausos estallaron a su alrededor. Varios fotógrafos se giraron de golpe hacia ellos, cegándolos con una ráfaga de flashes.
Caleb no apartó la vista de ella ni por una fracción de segundo. Inclinó la cabeza con una cortesía burlona y le extendió una mano enguantada en la más pura soberbia.
—Parece que vamos a compartir mesa de corte otra vez, socia. ¿O vas a huir antes de empezar?
Victoria clavó la mirada en la mano extendida y luego en esos ojos que alguna vez le prometieron un futuro antes de esfumarse en el aire. El orgullo le quemaba la garganta, pero una cosa era segura: antes de dejar que Caleb la viera retroceder, prendería fuego el salón entero.
Levantó la mano y se la estrechó con una firmeza helada.
—No voy a huir, Caleb —sentenció, sosteniéndole la mirada mientras los flashes iluminaban la grieta abierta de una guerra que llevaba diez años esperando—. Voy a destruirte en tu propia pasarela.