Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.
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Capítulo 19: Antes de que el silencio vuelva
No pude dormir después de leer el mensaje de mi mejor amiga.
“Hace unos años Daniel me pidió un consejo sobre ti.”
Lo leí tantas veces que las palabras empezaron a perder significado.
Daniel.
Mi mejor amiga.
Un consejo.
Sobre mí.
Había una parte de mí que quería llamarla inmediatamente.
Otra quería esperar hasta la mañana.
Y una tercera, mucho más impulsiva, quería llamar a Daniel.
No hice ninguna de las tres cosas.
Esperé.
A la mañana siguiente, mi teléfono volvió a vibrar.
Amiga: ¿Sigues despierta?
Yo: Sí.
Amiga: Entonces ven.
Nos encontramos en una cafetería.
Cuando llegué, ella ya estaba sentada.
—Antes de que empieces —dijo—, no quería ocultártelo.
—Entonces dime todo.
—Daniel vino a verme hace años.
—¿Cuándo?
—Después de que tú empezaras a salir con Andrés.
Fruncí el ceño.
—¿Y qué te dijo?
—Me preguntó si tú sentías algo por él.
Me quedé callada.
—¿Y qué le respondiste?
—Que no lo sabía.
—¿Por qué?
—Porque nunca me lo dijiste directamente.
—¿Y él?
—Me dijo que pensaba que tú estabas enamorada de Andrés.
Solté el aire lentamente.
—Otra vez.
—Sí.
—Todos pensábamos lo mismo.
—Porque nadie hablaba.
—Exactamente.
Mi amiga me miró.
—Pero hay algo más.
—¿Qué?
—Daniel me preguntó si creía que debía confesarte lo que sentía.
Mi corazón se aceleró.
—¿Y qué le dijiste?
—Que sí.
—¿Entonces por qué nunca lo hizo?
Ella bajó la mirada.
—Porque después ocurrió algo.
—¿Qué?
—Lo vi hablando con Andrés.
—¿Y?
—Andrés le dijo que tú estabas interesada en él.
Cerré los ojos.
—Otra vez esa mentira.
—Sí.
—¿Daniel te creyó?
—No lo sé. Pero esa misma noche me dijo que probablemente era mejor dejar las cosas como estaban.
Me quedé mirando la mesa.
Era increíble.
Habíamos estado a centímetros de decirnos la verdad.
Una y otra vez.
Y siempre había aparecido algo que nos hacía retroceder.
—¿Por qué nunca me contaste esto?
—Porque Daniel me pidió que no lo hiciera.
—¿Y ahora?
—Ahora están juntos.
—Todavía me parece extraño decirlo.
—A mí también.
Nos quedamos en silencio.
—No estoy enojada contigo —dije.
—Deberías estarlo un poco.
—No.
—¿Por qué?
—Porque entiendo por qué lo hiciste.
—Eso no significa que estuviera bien.
—Lo sé.
Mi amiga tomó mi mano.
—Solo te pido una cosa.
—¿Qué?
—No vuelvan a hacer esto.
—¿Esto qué?
—No dejen que otras personas hablen por ustedes.
La frase me quedó dando vueltas durante todo el día.
Cuando regresé a casa, encontré un mensaje de Daniel.
Daniel: ¿Podemos vernos?
Yo: Sí.
Nos encontramos por la tarde.
No quise contarle inmediatamente lo que sabía.
Primero quería escucharlo.
Daniel llegó puntual.
—Hola.
—Hola.
Nos sentamos en una banca.
—¿Pasó algo? —preguntó.
—Quiero hacerte una pregunta.
—Dime.
—Hace años, ¿hablaste con mi mejor amiga sobre mí?
Daniel se quedó inmóvil.
No intentó fingir.
—Sí.
—¿Qué le dijiste?
—Que me gustabas.
La respuesta fue tan directa que me dolió.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque pensé que estabas con Andrés.
—No estaba con él.
—Lo sé ahora.
—¿Y después?
Daniel respiró profundamente.
—Después pensé que tú sabías que me gustabas.
—¿Cómo iba a saberlo?
—No lo sé.
—Daniel…
—Tenía miedo.
—Yo también.
—Lo sé.
—Entonces perdimos años por miedo.
—Sí.
Nos quedamos callados.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
—De no haber hablado, sí.
—¿De nosotros?
—Nunca.
Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas.
—No quiero volver a ser esa persona.
—¿Cuál?
—La que se queda callada para protegerse.
Daniel tomó mi mano.
—Yo tampoco.
—Entonces necesito preguntarte algo más.
—Lo que quieras.
—¿Qué sentías por mí cuando te alejaste?
Daniel tardó en responder.
—Que te quería demasiado.
—¿Y eso te hizo alejarte?
—Sí.
—No entiendo.
—Pensaba que si te decía lo que sentía y tú no sentías lo mismo, perdería incluso tu amistad.
—Y al alejarte…
—Casi te perdí de todas formas.
La sinceridad me dolió.
Pero también me liberó.
—Yo hice lo mismo.
—¿Qué?
—Me alejé porque pensé que tú querías a otra persona.
Daniel sonrió con tristeza.
—Somos increíbles.
—Somos terribles.
—Un poco.
Me reí.
Él también.
Y de pronto toda la tensión de la conversación se rompió.
No habíamos solucionado el pasado.
Pero habíamos dejado de tenerle miedo.
—Quiero proponerte algo —dijo Daniel.
—¿Qué?
—Quiero que tengamos una relación sin secretos.
—Eso ya lo dijimos.
—No. Quiero hacerlo de verdad.
—¿Cómo?
—Quiero que si algo nos molesta, lo digamos.
—Sí.
—Si sentimos celos, lo digamos.
—Sí.
—Si necesitamos espacio, lo digamos.
—Sí.
—Si un día dejamos de sentir lo mismo…
La frase quedó suspendida.
—También lo diremos —terminé.
Daniel asintió.
—Aunque duela.
—Especialmente si duele.
Se quedó mirándome.
—¿Sabes qué es lo extraño?
—¿Qué?
—Durante años pensé que confesarte lo que sentía sería lo más difícil.
—¿Y no?
—No.
—¿Entonces?
—Lo difícil será aprender a quererte bien.
Sonreí.
—Eso sí.
—Porque ahora ya no tenemos la excusa del miedo.
—No.
—Ahora sabemos.
—Y saber también da miedo.
—Mucho.
Daniel se acercó.
—Pero prefiero este miedo.
—¿Por qué?
—Porque ahora tengo algo real que proteger.
Me abrazó.
Permanecimos así durante unos minutos.
Después decidimos caminar.
Llegamos al mismo lugar donde años atrás habíamos tenido nuestra primera conversación seria.
El banco estaba vacío.
Nos sentamos.
—¿Te acuerdas de lo que me dijiste aquí? —preguntó Daniel.
—No.
—Me dijiste que nunca querías enamorarte de alguien que no pudiera ser tu amigo.
—¿Yo dije eso?
—Sí.
—Qué irónico.
—Muchísimo.
—Y tú dijiste que nunca querías depender emocionalmente de nadie.
Daniel soltó una risa.
—También fue una pésima predicción.
—Sí.
Nos miramos.
—¿Quieres saber qué quiero ahora? —preguntó.
—Sí.
—Quiero seguir siendo tu amigo.
—Eso ya lo eres.
—No. Quiero que incluso cuando seamos pareja sigamos siendo amigos.
La frase me gustó más de lo que esperaba.
—Yo también.
—Quiero que podamos reírnos juntos.
—Sí.
—Discutir.
—Preferiría menos de eso.
—Pero ocurrirá.
—Sí.
—Y quiero que podamos volver a sentarnos aquí dentro de muchos años y recordar que tuvimos miedo.
—¿Y qué hicimos?
Daniel sonrió.
—Nos quedamos.
Lo besé.
Después apoyé la cabeza sobre su hombro.
—¿Sabes qué creo?
—¿Qué?
—Que quizá nunca dejamos de querernos.
—No.
—Solo dejamos de escondernos.
Daniel entrelazó sus dedos con los míos.
—Entonces no volvamos al silencio.
—Nunca.
—¿Lo prometes?
Lo pensé.
Durante años había desconfiado de las promesas porque parecían demasiado grandes.
Pero aquella sí podía hacerla.
—Lo prometo.
Daniel sonrió.
—Entonces tenemos un trato.
—Un trato.
Nos quedamos allí hasta que empezó a oscurecer.
Cuando finalmente nos levantamos, Daniel me acompañó a casa.
Antes de irse, me abrazó.
—Mañana quiero llevarte a un lugar.
—¿A dónde?
—Es una sorpresa.
—¿Otra?
—Sí.
—¿Debería preocuparme?
—Probablemente.
—Daniel.
—Es broma.
Sonreí.
—Está bien.
Se marchó.
Lo observé alejarse hasta que dobló la esquina.
Luego entré a casa.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje suyo.
Daniel: Una última cosa.
Yo: ¿Qué?
Daniel: Gracias por quedarte.
Miré la pantalla.
Escribí:
Yo: Gracias por hablar.
Y entonces entendí que aquella era la verdadera diferencia.
Antes nos habíamos querido esperando que el otro adivinara.
Ahora nos queríamos diciendo las cosas.
No sabíamos cuánto duraría.
No sabíamos qué obstáculos aparecerían.
No sabíamos si algún día tendríamos que luchar por nuestra relación.
Pero al menos, si llegaba ese momento, no volveríamos a escondernos detrás del silencio.
Porque después de tantos años, por fin habíamos entendido algo:
A veces el amor no se pierde porque deje de existir.
A veces se pierde porque nadie se atreve a decir que está ahí.