Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 14: Lo que quedó sin decir
Valentín respiró hondo antes de tocar el timbre.
La puerta se abrió casi de inmediato.
—¡Hijo!
Su madre, Laura, lo abrazó con tanta fuerza que por un momento todo el miedo desapareció.
—Mamá... me asustaste.
—Perdón.
Entraron al departamento.
Todo estaba igual que antes.
El sillón gris.
Las plantas del balcón.
El aroma a café recién hecho.
Pero Valentín ya no sentía que aquel lugar fuera exactamente su hogar.
No como antes.
Su madre lo invitó a sentarse.
—Necesito hablar con vos.
Valentín asintió.
—¿Qué pasó?
Laura tomó aire.
—Hace unos días vino un empresario a buscarme.
—¿Un empresario?
—Sí.
Dijo que estaba interesado en comprar la estancia.
Valentín frunció el ceño.
—¿Y cómo consiguió tu dirección?
—No lo sé.
Pero sabía muchas cosas sobre nosotros.
El omega sintió un escalofrío.
—¿Qué quería?
—Que te convenciera de vender.
—¿Qué?
Laura asintió lentamente.
—Me ofreció una suma enorme de dinero.
—¿Aceptaste?
—Claro que no.
Valentín respiró aliviado.
—¿Quién era?
Su madre bajó la mirada.
—Se presentó como Julián Acosta.
El corazón de Valentín dio un vuelco.
—¿Julián?
Recordó inmediatamente las palabras de Tomás.
"Tené cuidado con Julián."
Mientras tanto, en la estancia...
Tomás terminaba de guardar unas herramientas cuando una camioneta blanca se detuvo frente a la tranquera.
Julián bajó con una sonrisa tranquila.
—Buenas tardes.
Tomás lo miró con frialdad.
—¿Qué querés?
—Hablar.
—No tengo nada que hablar con vos.
Julián dio un paso adelante.
—Todavía sos igual de orgulloso.
—Y vos igual de oportunista.
Los peones dejaron de trabajar.
Todos observaban la escena.
—Solo vine a hacerte una pregunta.
Tomás cruzó los brazos.
—Decila.
Julián sonrió.
—¿Cuánto tiempo pensás esperar antes de decirle lo que sentís?
El alfa quedó inmóvil.
—No sé de qué hablás.
—No me mientas.
Te conozco desde que éramos chicos.
Tomás desvió la mirada.
Julián soltó una risa.
—Llegué tarde, ¿no?
No hacía falta que respondiera.
Su silencio decía todo.
En Buenos Aires, Valentín no lograba concentrarse.
Después de cenar salió a caminar por Puerto Madero.
Las luces de los edificios se reflejaban sobre el agua.
Semanas atrás aquel paisaje le parecía perfecto.
Ahora...
Le faltaba algo.
Sacó el celular.
Abrió el chat de Tomás.
Escribió.
"¿Cómo está Pampa?"
Borró el mensaje.
Escribió otra vez.
"¿Cómo va todo por la estancia?"
Volvió a borrarlo.
Resopló.
—Qué boludo soy...
Antes de guardar el teléfono...
Este vibró.
Tomás: "Pampa te extraña."
Valentín sonrió sin darse cuenta.
Escribió enseguida.
Valentín: "Yo también lo extraño."
Tres puntitos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente llegó otro mensaje.
Tomás: "Nosotros también."
Valentín sintió un calor en el pecho.
"Nosotros."
No había escrito yo.
Pero tampoco había dicho solo Pampa.
Sonrió durante varios minutos mirando la pantalla.
Dos días después, Laura entró al comedor con una carpeta antigua.
—Encontré esto entre las cosas de tu abuelo.
Valentín la abrió.
Había planos de la estancia, fotografías y documentos muy viejos.
Entre ellos encontró un sobre cerrado.
En el frente solo decía:
"Para mi nieto, cuando esté listo para conocer toda la verdad."
Valentín respiró hondo.
Con cuidado rompió el sello.
Dentro había una carta escrita por Don Ernesto.
"Valentín: si llegaste hasta esta carta, significa que ya empezaste a entender por qué nunca quise vender La Esperanza."
"Hay algo que nadie fuera de la familia sabe. Algo que puede cambiar el futuro de la estancia."
El corazón del omega comenzó a acelerarse.
Siguió leyendo.
"Debajo del viejo galpón donde guardábamos las herramientas hay un sótano oculto. Allí vas a encontrar documentos que explican la verdadera historia de nuestra familia... y el motivo por el que algunas personas harían cualquier cosa por quedarse con esas tierras."
Valentín abrió los ojos con sorpresa.
Un sótano secreto.
Miró inmediatamente el teléfono.
Solo había una persona con la que quería compartir aquel descubrimiento.
Marcó el número de Tomás.
La llamada fue respondida casi al instante.
—¿Valentín?
—Tomás... tenemos que hablar.
—¿Pasó algo?
El omega respiró hondo.
—Creo que mi abuelo escondió un secreto debajo del galpón de la estancia.
Del otro lado de la línea hubo un largo silencio.
Luego, la voz de Tomás sonó más seria que nunca.
—Volvé cuanto antes.
Porque tengo el presentimiento de que alguien más ya está buscando ese mismo secreto.