Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 14
Capítulo 14
¿Qué le vio?
Una que nadie en ese lobby necesitó escuchar dos veces, ni Diego tampoco, aunque le ardiera.
La sentencia lo siguió hasta Grupo Castillo.
Diego llegó con la corbata floja, la mandíbula dura y la identificación de visitante de MBT todavía en el bolsillo. No la había tirado. No sabía por qué. Tal vez porque necesitaba recordar que Sebastián Montero no solo lo había sacado de su oficina; lo había sacado de un lugar donde todos parecían saber algo que él había ignorado durante años.
En la sala de consejo, Roberto Castillo lo esperaba de pie.
Eso nunca era buena señal.
Roberto no se ponía de pie para recibir a su hijo. Se ponía de pie para aplastar.
Alrededor de la mesa estaban dos consejeros, el director financiero, un abogado externo y Camila Castillo, con un traje color marfil y el cabello recogido en una coleta baja. Su media hermana no sonreía. No necesitaba hacerlo. Su presencia en esa sala ya era una sonrisa.
—Llegas tarde —dijo Roberto.
Diego miró el reloj de la pared.
—Vengo de atender un asunto.
—¿En MBT?
El silencio tuvo filo.
Diego entendió demasiado tarde que la noticia ya había llegado.
Camila deslizó una tableta sobre la mesa. En la pantalla había una foto tomada desde el lobby de MBT: Diego escoltado por seguridad, Gabriel detrás, empleados mirando.
—Tendencia menor, por ahora —dijo ella—. Pero suficiente para que dos inversionistas preguntaran si Grupo Castillo está provocando conflictos con Montero Bio-Tech en plena crisis con Grupo León.
—No provoqué nada.
Roberto golpeó la mesa con la palma.
—¡Te sacaron como a un borracho de cantina!
Diego sintió el calor subirle al cuello.
—Fui a hablar.
—Tú no hablas. Tú reaccionas. Reaccionaste en un bar, reaccionaste con la asistente, reaccionaste en MBT, y mientras tanto Rodrigo León nos está arrastrando a una investigación por contratos inflados.
—Ese asunto lo lleva legal.
—Lo llevaba Valentina Lozano —intervino Camila, tranquila—. Ella tenía ordenado el archivo de licitaciones. Desde que renunció, nadie encuentra las versiones finales de tres anexos.
—Están en el sistema.
—No. Estaban en su sistema, con respaldos, fechas y notas. Laura los recuperó porque Valentina dejó una guía de salida impecable. Irónico, ¿no? La mujer a la que trataste como reemplazable fue la única que no dejó tirado su trabajo.
Diego la miró con odio.
—No sabes nada.
—Sé suficiente.
Roberto se sentó al fin.
—El consejo decidió removerte temporalmente de la dirección de desarrollo.
La frase tardó en entrar.
—¿Qué?
—Camila asumirá como directora interina.
Camila inclinó la cabeza, profesional.
Diego se levantó.
—No puedes hacer eso.
—Puedo y acabo de hacerlo.
—Soy tu hijo.
Roberto soltó una risa sin alegría.
—Justamente por eso he esperado demasiado.
El abogado empujó unos documentos hacia Diego.
—La remoción es temporal, sujeta a revisión trimestral. Conserva acciones y asiento familiar, pero pierde facultades operativas inmediatas.
Palabras limpias para decir: ya no mandas.
Diego no firmó.
Roberto lo miró como si esa resistencia fuera un trámite aburrido.
—No necesitas firmar para que sea efectivo.
Camila recogió la tableta.
—Tu oficina debe quedar liberada hoy. Legal te enviará un inventario.
—¿Mi oficina?
—Dirección interina requiere espacio.
La palabra interina sonó falsa en su boca. Diego la conocía. Camila no aceptaba un asiento para calentarlo; lo ocupaba hasta que todos olvidaban que alguien más estuvo ahí antes.
Durante años, Roberto la había mantenido cerca pero no demasiado. Media hermana, hija de otra mujer, apellido Castillo con asterisco social. Su madre venía del círculo de Inmobiliaria Lago, dinero nuevo, conexiones útiles, demasiados silencios en cenas familiares. Diego había crecido creyendo que eso bastaba para mantenerla detrás.
Camila, al parecer, había crecido aprendiendo a esperar mejor que él.
El golpe fue tan preciso que Diego casi sonrió.
—Disfrútalo mientras dure.
Camila lo miró por fin con algo parecido a cansancio.
—Diego, lo triste es que sigues pensando que esto se trata de ganar una pelea. Por eso la perdiste antes de entrar.
No supo si hablaba de Grupo Castillo o de Valentina.
Quizá de las dos.
Al salir de la sala, Diego encontró a Laura de pie junto al pasillo con una carpeta en los brazos.
—Licenciado Castillo —dijo, por costumbre.
Camila salió detrás de él.
—Laura, a partir de ahora los anexos del caso León me los envías a mí. Copia al director financiero y a legal externo.
Laura miró a Diego una fracción de segundo.
—Sí, licenciada Camila.
Licenciada Camila.
No señorita. No "la hija de". No intrusa.
El título cayó en el pasillo con la naturalidad de algo que ya estaba decidido antes de que Diego llegara.
—Y por favor —añadió Camila—, pide a sistemas que cambie los accesos de desarrollo antes de las seis.
—Enseguida.
Diego quiso decir algo.
No encontró una orden que todavía le perteneciera.
La noticia salió antes de que terminara la tarde.
No como comunicado oficial, sino como filtración elegante: "Grupo Castillo reorganiza dirección de desarrollo ante revisión interna por caso León." El nombre de Camila apareció con palabras como "orden", "continuidad" y "confianza del consejo". El de Diego, no.
En Primavera, Emilio Navarro leyó la nota en voz alta frente a Andrés.
—Te lo dije.
Andrés se pasó una mano por la cara.
—No empieces.
—Te dije que esto iba a tronar. Diego creyó que Valentina iba a llorar dos días y volver con una carpeta bajo el brazo. En vez de eso, ella se casó con Montero, renunció impecable y él perdió oficina.
—No lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga? ¿Con violines?
En la barra, Regina León dejó su copa.
Había venido por otra reunión, no por chisme, pero en Ciudad de México el chisme corporativo siempre llegaba antes que el mezcal.
—¿Valentina Lozano es la mujer que trabajaba con Diego? —preguntó.
Andrés asintió, incómodo.
—Sí.
Regina miró la nota en el celular de Emilio.
—La vi una vez en una cena. Reservada, educada, bastante más lista que todos ustedes juntos.
Emilio levantó la mano.
—Yo soy víctima colateral.
Regina lo ignoró.
—Me acuerdo porque Diego la dejó esperando junto a la mesa de postres mientras hablaba con un constructor que ni siquiera recordaba su nombre. Ella sostuvo una carpeta media hora sin interrumpirlo. Cuando por fin se acercó, él le dijo "ahorita". Ahorita nunca llegó.
Andrés bajó la mirada.
Emilio dejó de bromear.
—Valentina, ¿qué le vio a ese tipo?
Andrés no defendió a Diego.
Eso dijo más que cualquier respuesta.
En Grupo Castillo, la oficina de Diego se vació en silencio.
No cajas negras de basura como en el departamento de Valentina. Cajas corporativas, etiquetas blancas, asistentes evitando mirarlo. Sus diplomas fueron envueltos en plástico. Sus reconocimientos de ventas, apilados junto a un pisapapeles. La foto con Roberto en la inauguración de un proyecto quedó boca abajo sobre el escritorio.
Diego no ayudó.
Se quedó sentado mientras otros recogían lo que, hasta esa mañana, había sido suyo.
Cuando todos salieron, la oficina se sintió más grande.
No por espacio.
Por pérdida.
Abrió el cajón central y sacó la pluma de obsidiana.
La cinta negra con la que intentó repararla se había despegado en una esquina. La tinta seca le manchó otra vez el pulgar.
Valentina había dicho que la obsidiana servía para cortar lo que sobraba.
Él no supo qué parte de su vida acababa de ser cortada.
Solo supo que, aun rota, no podía soltar la pluma.