Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
NovelToon tiene autorización de Alicegxoxo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20 : La primera mentira
No vuelvo a buscarlo.
No porque haya dejado de querer respuestas.
Porque empiezo a sospechar que todas las respuestas terminan haciéndome daño.
Es una decisión bastante madura.
Me dura exactamente dos días.
Durante esos dos días consigo convencerme de que puedo vivir perfectamente sin verlo. Ayudo en la biblioteca. Acompaño a Gabriel en sus interminables recorridos. Incluso consigo pasar cerca del Jardín Sagrado sin mirar hacia dentro.
Bueno...
Solo miro una vez.
Quizá dos.
Está bien.
Cinco.
Pero ¿quién las está contando?
—Hoy estás sospechosamente tranquila.
Levanto la vista del pergamino que intento ordenar.
Gabriel deja otro montón de libros sobre la mesa y me observa con esa expresión que ya aprendí a reconocer.
La expresión de "sé que estás ocultando algo".
—¿Eso es un cumplido?
—No.
—Qué decepción.
—Las personas tranquilas me preocupan.
—¿Y las que hablan demasiado?
—También.
Resoplo.
—Empiezo a creer que simplemente te preocupo yo.
Él sonríe.
—Eso lleva ocurriendo desde que apareciste.
No respondo.
Porque, por primera vez, no encuentro ninguna broma.
La biblioteca permanece casi vacía a esa hora.
El silencio resulta agradable.
Paso un paño sobre una estantería mientras intento concentrarme en cualquier cosa que no tenga ojos grises y una absurda costumbre de hablar como si cada frase escondiera diez secretos.
Funciona durante... aproximadamente treinta segundos.
Después vuelvo a pensar en él.
En la niña.
En aquella sonrisa.
Sacudo la cabeza con fuerza.
No.
No voy a volver por ese camino.
—Nirvana.
El paño se detiene entre mis dedos.
Reconozco esa voz antes incluso de girarme.
Durante un instante me planteo fingir que no la escuché.
Sería infantil.
Así que respiro hondo y me doy la vuelta.
Azrael está a pocos metros de mí.
Solo.
Sin generales.
Sin guardias.
Sin toda esa distancia que siempre parece rodearlo.
Por alguna razón, eso lo hace aún más peligroso.
Me obligo a mantener la calma.
—Majestad.
El silencio que sigue a esa palabra resulta casi incómodo.
Él no aparta la mirada.
—Hace unos días no me llamabas así.
Me encojo ligeramente de hombros.
—Supongo que empiezo a aprender cuál es mi lugar.
Algo cambia en sus ojos.
Es tan leve que cualquiera lo pasaría por alto.
Yo no.
Porque, por primera vez...
parece haber sido yo quien consiguió herirlo.
Azrael avanza un par de pasos.
La distancia entre los dos sigue siendo prudente.
Aun así, noto cómo el aire se vuelve más pesado.
—¿Ocurre algo?
Sonrío.
Una sonrisa educada.
Perfectamente ensayada.
—¿Por qué habría de ocurrir?
Él guarda silencio.
Conozco esa expresión.
Es la misma que pone cuando sabe que estoy mintiendo.
Solo que esta vez...
no insiste.
Y, extrañamente, eso me molesta.
—Si no necesita nada más, Majestad, todavía me queda trabajo.
Intento pasar a su lado.
Su voz me detiene.
—Nirvana.
No es una orden.
Es casi una súplica.
Me obligo a girarme otra vez.
—¿Sí?
—Mírame.
La petición me atraviesa el pecho.
Porque recuerdo perfectamente la primera vez que pronunció esa palabra.
"Mírame."
Aquel día salvó mi vida.
Hoy...
bajo la vista.
—Estoy mirándolo.
—No.
Su voz apenas cambia.
—No lo estás haciendo.
Aprieto los labios.
No.
No puedo.
Porque, si lo miro demasiado tiempo...
voy a volver a creerle.
Y ya no sé si quiero hacerlo.
El sonido de unas pequeñas pisadas rompe el silencio.
—¡Aza!
La voz infantil resuena por toda la biblioteca.
No necesito girarme para saber quién es.
Lo hago de todos modos.
La niña de ojos grises entra corriendo sin preocuparse por el silencio del lugar.
Se lanza directamente hacia Azrael.
Él apenas tiene tiempo de abrir los brazos antes de que ella ya esté abrazándolo.
Mi pecho se encoge.
No por la niña.
Por la facilidad con la que ella invade un espacio al que yo siento que nunca pertenecí.
Azrael se inclina ligeramente para quedar a su altura.
—¿Qué ocurrió?
La pequeña hace un gesto dramático.
—Gabriel dice que primero tengo que leer y después jugar.
—Me parece un buen consejo.
—Tú siempre te pones de su lado.
Azrael deja escapar una risa baja.
Después, con infinita delicadeza, le acomoda un mechón de cabello detrás de la oreja.
El mismo gesto.
Exactamente el mismo.
Mi respiración se corta.
Lo vi en mis sueños.
Lo sentí.
Y ahora...
él se lo hace a otra persona.
No sé por qué eso duele tanto.
La niña levanta el rostro.
—¿Y tú ya terminaste de trabajar?
—Casi.
—Entonces me prometiste que hoy caminaríamos por el jardín.
—Lo prometí.
—Y tú nunca rompes las promesas.
Azrael la observa unos segundos.
Hay algo triste en su sonrisa.
—Lo intento.
No puedo seguir allí.
Siento que estoy viendo algo que no me pertenece.
Retrocedo un paso.
Luego otro.
—Con permiso, Majestad.
Él levanta inmediatamente la vista hacia mí.
—Nirvana.
Me detengo.
No me giro por completo.
—¿Sí?
—Podemos hablar más tarde.
Cierro los ojos un instante.
Qué ironía.
Ahora quiere hablar.
Cuando fui yo quien lo buscó...
siempre era demasiado pronto.
Vuelvo a abrir los ojos.
—No creo que sea necesario.
Mi propia voz me sorprende.
Suena tranquila.
Educada.
Y completamente distante.
—Disfrute el resto del día.
Hago una pequeña reverencia.
La primera reverencia sincera que le hago desde que lo conozco.
No porque lo admire.
Porque necesito levantar un muro entre los dos.
Me doy la vuelta y salgo de la biblioteca sin esperar respuesta.
Solo cuando el aire frío del pasillo golpea mi rostro descubro que llevaba varios segundos conteniendo la respiración.
Dentro de la biblioteca reina el silencio.
La niña sigue mirando la puerta por la que Nirvana acaba de desaparecer.
Después levanta lentamente la cabeza hacia Azrael.
—Está enfadada contigo.
Él no responde enseguida.
Sus ojos continúan fijos en el lugar donde ella estuvo hace apenas unos segundos.
—Lo sé.
—¿Hiciste algo malo?
Azrael deja escapar un suspiro casi imperceptible.
—Más de una cosa.
La pequeña frunce el ceño.
—Entonces pídele perdón.
Una sonrisa cansada aparece en los labios de Azrael.
—Ojalá fuera tan fácil.
—¿Por qué?
Él guarda silencio durante tanto tiempo que la niña empieza a balancear los pies con impaciencia.
Finalmente responde, casi para sí mismo.
—Porque cree una mentira que todavía no puedo desmentir.
La niña inclina la cabeza.
—¿Y por qué no le dices la verdad?
Azrael cierra los ojos un instante.
Cuando vuelve a abrirlos, ya no queda rastro de aquella sonrisa.
Solo el peso de treinta mil años sobre sus hombros.
—Porque, si le digo la verdad ahora...
su mundo dejará de ser el único que se rompa.
Y la biblioteca vuelve a quedar en silencio. Solo el leve movimiento de las páginas abiertas sobre la mesa parece recordar que, a veces, la verdad no llega tarde por cobardía...
sino porque hay personas que todavía no sobrevivirían a ella.