Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 14
Capítulo 14
Después de armarle ese teatro a Rubén en la empresa y dejar a Graciela expuesta frente a medio mundo, Lola se despertó de buen humor.
Tenía decidido visitar a sus abuelos maternos.
No podía caer con las manos vacías.
Por eso fue temprano al vivero.
No eligió bombones ni vino. Eligió plantas.
Las plantas podían recibir su energía. Después de unas horas con ella, no solo se veían más vivas: también soltaban ese aire limpio que hacía bien al cuerpo.
Estaba inclinada frente a unas macetas cuando vio dos figuras conocidas.
Thiago y Milo.
Una vendedora mayor no dejaba de mirarlos.
Bueno, más bien miraba a Thiago.
—¿Ustedes qué hacen acá?
Milo levantó la carita.
—Buenas, seño. Las plantas del cuarto de mamá se secaron. Tío dijo que había que comprar nuevas.
—Ah.
Lola miró a Thiago.
—¿Y por qué lo trajiste a él para comprar dos macetas?
Milo infló el pecho.
—Vine a dar una mano con las macetas. Tío dice que ya soy un hombre maduro y tengo que poner el hombro por la familia.
Lola entrecerró los ojos.
—Eso es manipulación emocional de un menor.
Thiago parpadeó.
—¿Eso ya cuenta como manipulación? Dale, no exageres.
—¿Dale? —Milo se iluminó—. ¿Vamos a comer hamburguesas?
Thiago lo miró.
—Secate la baba.
Milo se tocó la boca.
No tenía nada.
—Tío, mentiste.
Después bajó los ojos, muy serio.
—Igual hace un montón que no como hamburguesas. Papá dice que en casa somos pobres y no podemos pedir comida de afuera.
Lola quedó muda.
¿Comida cara?
Thiago sonrió de costado.
—¿Ves? Eso sí es manipular.
Lola no lo escuchó.
La cara triste de Milo le partió algo.
—Te compro yo.
Los ojos del nene brillaron.
—¿En serio?
—En serio.
—No hace falta —dijo Thiago—. Damián no es pobre. Solo no quiere que el chico coma porquerías y le inventa dramas económicos.
—No lo defiendas. Yo entiendo.
Thiago respiró hondo.
Ella tenía una capacidad ridícula para imaginar miserias ajenas.
Lola se dio cuenta de algo y lo señaló.
—Igual vos no tenés derecho a hacerte el pobre. Hace nada me sacaste ciento diez mil. Ahorré dos años para eso.
Milo levantó la cabeza.
—¿Por qué le sacaste plata a la seño?
Thiago le revolvió el pelo.
—Fue el precio de venderme.
Lola le tapó las orejas al chico.
—No escuches esas pavadas.
Thiago la miró con calma.
A Lola se le calentaron las orejas.
—Compren las plantas de una vez.
Thiago dijo que era la primera vez que compraba macetas y le pidió consejo.
Lola le recomendó dos cintas. Resistían bien interiores, sequía y cambios de temperatura. Para una habitación donde una mujer permanecía acostada casi todo el día, eran una opción práctica.
Cuando Thiago pagó, ella aprovechó un descuido y les pasó un poco de energía.
Las hojas se tensaron apenas.
Nadie lo notó.
Salieron del vivero con las plantas.
Lola estaba por cumplir su promesa y llevar a Milo por hamburguesas cuando vio a Bruno.
Estaba de pie entre la gente, mirándola.
Se le apagó la cara.
—Lola.
Bruno avanzó rápido y le bloqueó el paso.
—¿Qué querés?
Él intentó tocarle el brazo.
Lola giró con las macetas en brazos.
—Hablá sin tocar.
Bruno retiró la mano.
—Tu madrastra me dijo que su hermana te hizo algo. ¿Es verdad? ¿Estás bien?
Lola no entendió por qué Graciela lo había llamado.
¿Qué ganaba con eso?
—¿Me ves mal?
—Lola...
—Estas plantas pesan. ¿Te podés correr?
—Te ayudo.
Bruno volvió a acercarse.
Lola se apartó.
—No.
—Yo las llevo —dijo Thiago.
Sus manos, que hacía un minuto estaban ocupadas, ya estaban libres. Tomó las macetas de Lola con naturalidad.
Ella no se resistió.
La diferencia fue tan evidente que Bruno apretó la mandíbula.
—¿Quién es?
—¿Tenés derecho a preguntarlo?
—Soy tu novio.
—Ex novio. Te corrijo porque veo que te cuesta.
—Yo no acepté terminar.
—La ruptura no es un trámite que necesite tu firma.
Lola quiso seguir caminando.
Bruno vio a Thiago a su lado, un pibe alto, demasiado lindo. También vio a Lola parada junto a él, como si pertenecieran a la misma foto.
Y la rabia le ganó.
—¿Lo trajiste para provocarme? Lola, aunque estés enojada, pensá un poco. Este pibe pobre no tiene nada salvo una cara linda. ¿Con eso querés compararlo conmigo?
Thiago, que hasta entonces parecía aburrido, levantó los ojos.
—Tío, no tengo solo una cara linda.
Bruno se quedó rígido.
—No me digas tío.
Thiago sonrió.
—También soy más joven y tengo mejor cuerpo. Eso no lo vas a recuperar ni pagando.
Milo abrió la boca.
Lola casi se atragantó.
Bruno se puso negro.
—¿Esto es lo que elegiste? ¿Un maleducado vulgar? ¿Vas a tirar tres años por alguien así?
—Sí, Bruno. Vos sos tan fino que seguro no comés, no sudás y no vas al baño.
Lola se colgó del brazo de Thiago.
—Así que, por favor, alejate de nosotros, los vulgares. No queremos contaminarte.
—Lola.
—Mi nombre es lindo, pero no hace falta gritarlo.
—Una mujer inteligente sabe cuándo parar. Tus caprichos de antes los toleraba porque te quería. Pero mi paciencia tiene límite. Hay miles de mujeres que quieren entrar a los Gatti. No soy indispensable para vos, pero vos tampoco sos indispensable para mí.
Lola lo miró.
Ese hombre no escuchaba nada.
—¿Los Gatti son una corona? —bostezó Thiago—. Por cómo hablás, cualquiera diría que son realeza.
—¿Y vos qué sos?
—Sáenz.
Bruno se frenó.
—¿Los Sáenz de Buenos Aires?
—¿Hay otros?
Bruno lo observó de arriba abajo. Ropa simple, sin logo a la vista, nada que gritara plata.
Y sonrió con desprecio.
—Un muerto de hambre haciéndose pasar por Sáenz. Victoria Sáenz llega mañana. ¿Te animás a decirle eso en la cara?
Lola sintió pánico.
La familia Sáenz era demasiado grande, demasiado peligrosa. Si un chico pobre fingía ser uno de ellos, podía terminar destruido.
Lo agarró del brazo.
—Milo quería comer. Vamos.
Bruno remató:
—¿Un hombre que solo puede llevarte a comer hamburguesas? Pensalo, Lola. No voy a esperarte siempre.
—Andá a hacerte ver, Bruno —dijo ella.
Arrastró a Thiago hasta perder de vista a Bruno.
Recién entonces lo soltó.
—¿Cómo se te ocurre decir que sos de los Sáenz?
—Porque soy de los Sáenz.
—Ese Sáenz no es este Sáenz. La familia Sáenz de Buenos Aires no se toca. Si se enteran de que usás su apellido para hacerte el importante, no sé cómo terminás.
Thiago la miró.
—No son tan terribles.
—No sabés nada.
Lola hizo un gesto de cierre en la boca.
—Desde ahora, cuidás lo que decís.
Thiago abandonó.
Si ella quería creer que era un universitario pobre y mentiroso, que creyera.
Más tarde, Lola llegó a la dirección escrita por su madre.
El lugar no se parecía a la imagen de un barrio humilde.
Casas enormes, calles limpias, jardines perfectos, autos caros entrando y saliendo.
Lola se quedó atontada.
Si sus abuelos eran gente común, ¿de dónde habría salido el cofre lleno de joyas?
No.
Tenía sentido.
Tocó timbre frente a una casa imponente.
Una mujer mayor, de piel clara y cuerpo redondeado, abrió la puerta.
Al ver a Lola, se le llenaron los ojos.
—Vos... ¿vos sos Lola?
Lola apretó las macetas.
—Soy Lola Quintana. ¿Usted es mi abuela?
La mujer la abrazó con fuerza.
—Sos igual a tu mamá.
Y rompió a llorar.