Magia, traición y un juramento silencioso marcan el inicio de una historia donde la inocencia se convierte en determinación. En un reino construido sobre mentiras, incluso las almas más puras pueden oscurecerse.
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Capítulo 14: El Fantasma Blanco
El bosque quedó en silencio.
Un silencio extraño.
Pesado.
Casi antinatural.
Como si la propia noche se hubiera detenido a observar lo que acababa de pasar.
Los soldados del reino ya no tenían el control de nada.
La arrogancia con la que habían recorrido ese camino se había quebrado por completo.
Ahora solo quedaban miedo… sangre derramada… y la certeza insoportable de que se habían cruzado con algo que no debieron tocar.
Sin Dolor, Sin Compasión
Uno de los últimos soldados que seguía en pie apenas logró recuperar el equilibrio.
Su espada temblaba en sus manos.
Su respiración estaba rota.
Y sus ojos no se apartaban de la figura encapuchada que avanzaba hacia él con una calma casi ofensiva.
—No te acerques… —murmuró con voz ahogada—. No te acerques…
Asahi no respondió.
No había necesidad.
El soldado intentó reunir magia en la palma de su mano, pero el miedo le había destruido la precisión.
La energía apenas alcanzó a formarse.
Y Asahi ya estaba frente a él.
Demasiado cerca.
Demasiado rápido.
El soldado abrió los ojos.
Ni siquiera tuvo tiempo de terminar de reaccionar.
Asahi lo eliminó de manera rápida.
Precisa.
Sin tortura.
Sin prolongarlo.
Sin emoción.
Tan limpio que resultó más aterrador que cualquier brutalidad innecesaria.
Porque no fue un acto de furia.
Fue simplemente…
Una decisión.
Y eso, en el fondo, era mucho peor.
El Camino Hasta la Carroza
Una vez que todo terminó, Asahi se quedó inmóvil durante unos segundos.
Escuchando el bosque.
Confirmando que no quedaban amenazas inmediatas.
Solo entonces se giró hacia la carroza destruida.
Las ruedas seguían rotas.
La madera estaba agrietada.
Los caballos, todavía nerviosos, respiraban con violencia.
Asahi caminó hacia el vehículo sin prisa.
Su sudadera negra absorbía casi toda la luz de la luna.
Solo el blanco de su cabello y el rojo de sus ojos rompían la oscuridad bajo la capucha.
Abrió la puerta lateral de la carroza con una sola mano.
Dentro, las tres chicas lo miraron como si no supieran si debían agradecerle… o temerle.
Y sinceramente…
Tenían motivos para ambas cosas.
Asahi observó las cuerdas que las sujetaban.
Las rompió sin dificultad.
Luego dio un pequeño paso hacia atrás.
—Ya se pueden ir.
Nada más.
Ni una sonrisa.
Ni un “están bien”.
Ni una pose heroica.
Solo esas cuatro palabras dichas con la misma voz vacía de siempre.
Un Salvador que No Quería Serlo
Las tres chicas tardaron unos segundos en reaccionar.
Una de ellas salió primero, tambaleándose al tocar el suelo.
La segunda la siguió con respiración temblorosa.
La tercera fue la última en bajar.
Todas lo observaban con una mezcla imposible de ignorar:
miedo
alivio
desconcierto
y una extraña sensación de deuda
Pero Asahi ya no estaba ahí para sostener emociones ajenas.
Ya había hecho lo que tenía que hacer.
Eso era todo.
Se metió las manos en los bolsillos de la sudadera negra.
Luego empezó a caminar.
Sin mirar atrás.
Sin esperar nada.
Como si aquella escena no hubiera sido más que otro desvío en el camino.
La Pregunta
—¡Espera!
La voz vino desde atrás.
Asahi no se detuvo de inmediato, pero sí redujo apenas el paso.
Una de las chicas, la más firme de las tres, había dado un paso hacia adelante.
Todavía estaba asustada.
Todavía le temblaban un poco las piernas.
Pero necesitaba saberlo.
—¿A dónde…? —preguntó con la voz entrecortada— ¿A dónde nos llevaban?
Hubo un pequeño silencio.
El viento pasó entre los árboles.
La capucha de Asahi apenas se movió.
Pero él no volteó.
No quiso mirarlas.
No quiso quedarse.
No quiso convertirse en algo cercano.
Y aun así…
Respondió.
Con la voz baja.
Fría.
Y cargada de una verdad que pesaba más que cualquier amenaza.
—Las iban a llevar a un reino cerca de aquí.
Las tres guardaron silencio.
Asahi continuó caminando unos pasos más antes de completar la frase.
—Un reino lleno de injusticia y abusos por parte del rey.
Las palabras cayeron como piedra.
Pesadas.
Crudas.
Reales.
Las chicas intercambiaron miradas.
Una de ellas tragó saliva.
—¿Qué… qué reino…?
Asahi no respondió a eso directamente.
Solo dijo, con una calma inquietante:
—Les recomiendo que no vayan para allá…
Hizo una pausa mínima.
Y terminó con una dureza seca que dejó helado el aire:
—…o las van a convertir en esclavas.
Una Verdad Más Cruel que el Miedo
Las tres quedaron inmóviles.
Porque esa advertencia no sonó como exageración.
No sonó como un rumor.
No sonó como paranoia.
Sonó como algo dicho por alguien que sabía exactamente de lo que hablaba.
Y eso hizo que la frase doliera mucho más.
La chica que había hablado fue la primera en bajar la mirada.
—¿Ese reino… es realmente tan horrible…?
Asahi no respondió.
No porque no supiera.
Sino porque responder significaba abrir algo que llevaba demasiado tiempo enterrando.
Y él no estaba dispuesto a hacerlo.
No con desconocidas.
No con nadie.
Así que simplemente siguió caminando.
La oscuridad del camino comenzó a tragarse su silueta poco a poco.
Primero sus botas.
Luego su cuerpo.
Luego la sombra de la capucha.
Hasta que solo quedaron visibles, por un instante más…
El blanco de su cabello.
Y el brillo tenue de sus ojos carmesí.
Después…
Nada.
El Inicio de un Rumor
Las tres chicas permanecieron quietas durante varios segundos más.
Todavía en shock.
Todavía procesando lo ocurrido.
Una de ellas fue la primera en hablar.
—¿Lo vieron…?
Las otras dos asintieron lentamente.
—Su cabello… —murmuró otra.
—Y sus ojos… —susurró la tercera.
La más firme apretó los labios.
Luego miró hacia el camino por el que aquella figura se había ido.
Y habló con una mezcla de temor y certeza.
—No era un soldado.
—No era un héroe.
Hizo una pequeña pausa.
—Parecía… un fantasma.
El bosque no respondió.
Pero el rumor ya había nacido.
Y los rumores…
A veces viajaban más rápido que la verdad.