Valeria Rivas vive luchando por sobrevivir: trabaja como mesera, cuida a sus hermanos y trata de salvar a su madre enferma. Muy lejos de su realidad, su hermana gemela Isabella vive rodeada de lujo como heredera de la poderosa familia De Alvarenne.
Separadas por el dinero, el orgullo y un pasado lleno de secretos, sus vidas parecen destinadas a no cruzarse jamás… hasta que una inesperada llamada obliga a Valeria a regresar al mundo que la rechazó.
Entonces comienza un juego peligroso de mentiras, poder y destinos cambiados.
Porque a veces, para salvarlo todo…
tendrás que fingir ser alguien más.
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CAPÍTULO 23 - LA DECISIÓN DE SER
El último día llegó sin avisar.
No hubo una señal clara, ni un momento exacto en el que pudiera decir: aquí termina. Simplemente… estaba ahí. Suspendido en el aire, en el silencio suave de una habitación que había sido testigo de demasiadas cosas en tan poco tiempo.
Abrí los ojos lentamente.
La luz entraba a través de las cortinas con una suavidad casi irreverente, como si no quisiera interrumpir lo que aún flotaba en el ambiente. El aire era tibio, quieto… y cargado.
No de tensión. Sino de algo más complejo. Algo que no sabía nombrar. Giré apenas la cabeza. Adrián dormía a mi lado… sereno, ajeno. Su respiración era profunda, constante. Una de sus manos descansaba cerca de mí, lo suficientemente cerca como para recordarme que no estaba sola… pero lo suficientemente lejos como para darme espacio. O tal vez ese espacio ya no existía.
Mis dedos se deslizaron sobre la sábana. Arrugada. Desordenada. Testigo silencioso de una noche que ya no necesitaba explicaciones.
No era la primera.
Y, sin embargo… se sentía distinta. No por lo que había pasado. Sino por lo que había cambiado en mí.
Cerré los ojos un instante. No para dormir. Sino para pensar. Para ordenar. Para entender.
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Había pasado un mes.
Un mes completo viviendo una vida que no era mía. Un mes siendo otra persona. Viajando. Riendo. Compartiendo. Sintiendo. Demasiado. Mucho más de lo que había planeado. Mucho más de lo que debía. Pero ahí estaba. Sin poder negarlo. Sin poder esconderlo. Sin poder retroceder.
—¿Quién eres ahora?
La pregunta surgió en mi mente con una claridad incómoda. No era nueva. Pero esta vez… no podía ignorarla.
Abrí los ojos. Miré el techo. Blanco. Impecable. Vacío. Como si esperara una respuesta que yo misma no tenía.
—Valeria…
Susurré mi nombre. Suave. Casi con cuidado. Como si al decirlo pudiera romper algo. Pero no pasó nada. No hubo reacción. No hubo cambio.
Solo silencio.
—Isabella…
El otro nombre. Más firme. Más presente. Más… vivido. Ese sí tuvo peso. Porque no era solo un nombre. Era una vida. Una identidad. Un papel. Uno que ya no se sentía completamente ajeno.
Y eso… eso era lo que más me inquietaba.
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Me incorporé lentamente, apoyándome sobre un codo. Lo observé. Por un momento que se sintió más largo de lo que debía. Adrián. Mi esposo, o mejor dicho su esposo. La palabra cruzó mi mente sin resistencia. Sin rechazo. Sin la lucha interna de antes.
Y eso… eso lo cambió todo. Porque ya no lo veía solo como una parte del trato. Ya no lo sentía solo como una obligación. Había algo más. Algo que no había planeado. Algo que no había permitido. Pero que había crecido igual. Silencioso. Persistente. Inevitable.
Desvié la mirada.
—Esto no puede seguir así…
Pensé.
Pero no con la desesperación de antes. Sino con una claridad distinta. Más fría. Más firme. Más… consciente.
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Me levanté con cuidado, procurando no despertarlo. Caminé hacia la ventana. Abrí ligeramente las cortinas. La luz entró con más fuerza. El mundo estaba ahí. Esperando. Siempre esperando. Apoyé las manos sobre el vidrio. Frío. Real.
—Dos años…
Recordé.
Ese era el acuerdo. Ese era el límite. Ese era el tiempo que tenía. Y por primera vez… no lo sentí como una condena. Sino como una oportunidad.
La idea se formó lentamente. Pero cuando tomó forma… ya no hubo forma de ignorarla.
—Si voy a vivir esto…
Mi reflejo me devolvió la mirada.
—Lo voy a vivir bien.
No como una víctima. No como una pieza. No como alguien que simplemente obedece. Sino como alguien que elige. Que decide. Que toma lo que le dieron… y lo convierte en algo propio.
Mi respiración se estabilizó.
—No voy a desperdiciarlo.
No después de todo. No después de lo que había dejado atrás. No después de lo que había entregado.
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Cerré los ojos un momento.
Y pensé en ellos: Mamá. Daniel. Lucía. Su casa. Su nueva vida. Su tranquilidad. Eso era real. Eso importaba. Eso justificaba todo. Pero ya no era lo único.
Porque en el fondo… muy en el fondo… había algo más. Algo que ya no podía negar.
—También quiero vivir…
La confesión fue baja. Pero firme. Y no era egoísta. No después de todo lo que había dado. No después de todo lo que había soportado.
Si tenía que ser Isabella… entonces lo sería. Pero a mi manera. Con mis reglas. Con mis decisiones.
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Volví a mirar la cama. A él. A lo que representaba. A lo que significaba.
Y esta vez… no sentí miedo. No como antes. No como esa primera noche. No como los primeros días. Ahora había algo distinto. Algo más estable. Más definido. Más peligroso. Porque no era ignorancia.
Era elección.
—Voy a hacerlo bien…
Pensé.
—Voy a ser la esposa que esperan.
Pero no por ellos. No por la abuela. No por el trato. Sino por mí. Porque era la única forma de sobrevivir sin romperme.
La única forma de sostener esa vida sin perderme completamente.
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El sonido de las sábanas moviéndose me hizo girar. Adrián comenzaba a despertar. Sus ojos se abrieron lentamente. Y me encontró ahí. De pie. Mirándolo.
—Buenos días…
Su voz era baja. Cálida.
Asentí levemente.
—Buenos días.
Hubo un silencio breve. Pero no incómodo.
—Te levantaste temprano.
—Sí.
Me observó unos segundos más. Como si intentara leer algo en mí. Y tal vez lo hizo. Porque algo había cambiado.
—Es nuestro último día…
Dijo finalmente.
—Lo sé.
Una pausa.
—¿Quieres hacer algo especial?
La pregunta fue sencilla. Pero para mí… significaba más. Porque implicaba elección. Y esta vez… yo sí tenía una.
Lo miré. Sostuve su mirada. Y por primera vez desde que todo comenzó… no sentí la necesidad de esconderme.
—Sí.
Respondí. Con una calma que no había tenido antes.
—Quiero disfrutarlo.
Sus labios se curvaron levemente. No fue una gran sonrisa. Pero fue suficiente.
—Entonces lo haremos.
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El día pasó como debía. Ligero. Sin presión. Sin expectativas imposibles. Solo… presente. Como si ambos hubieran decidido, sin decirlo, que ese día no necesitaba más. Que ese día era suficiente por sí mismo. Y lo fue. Porque no se trataba del lugar. Ni de lo que hacían. Sino de cómo se sentía.
Y por primera vez… yo no estaba fingiendo cada segundo. No completamente.
Había partes de mí… que eran reales.
Y eso… eso era lo que hacía todo más complicado.
Pero también… más soportable.
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Esa noche, cuando todo terminó… cuando el día finalmente se apagó… volví a la habitación.
Al mismo lugar donde había comenzado esa reflexión. Pero ya no era la misma. Porque ahora… sabía. Sabía quién era. Y quién iba a ser. No completamente. No de forma perfecta. Pero lo suficiente.
Me acosté. Cerca. Sin miedo. Sin resistencia. Sin esa tensión constante.
Y cuando cerré los ojos… no lo hice para escapar. Sino para descansar.
Porque mañana… todo cambiaría otra vez. Regresaríamos. A la realidad. A las miradas. A las expectativas. Al juego.
Pero esta vez… yo no iba a ser solo una pieza. Esta vez… iba a jugar.
Y eso… eso lo cambiaría todo.
espero puedas seguirla disfrutando..!! 🥰🥰