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AMAR LO PROHIBIDO

AMAR LO PROHIBIDO

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.

No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.

Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.

Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.

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CAPÍTULO 19

El sol del mediodía caía a plomo sobre el mercado del pueblo, dorando los toldos de lona y haciendo brillar la humedad de las frutas apiladas en los puestos. El aire olía a tierra mojada, a pan recién horneado que se mezclaba con el aroma ácido de los limones y el dulzor empalagoso de los mangos maduros. 

Las voces de los vendedores se entrelazaban en un coro caótico: ¡Aguacates, los mejores de la región!, ¡Chiles serranos, pican pero saben!, mientras las amas de casa regateaban con monedas sudadas entre los dedos. Kassandra—ahora Liliana, aunque el nombre aún le sabía a mentira—avanzaba entre la multitud con los hombros ligeramente encorvados, como si intentara hacer su cuerpo más pequeño, menos visible. 

Cada paso era calculado, cada mirada periférica un escaneo de posibles amenazas. Llevaba una blusa de algodón descolorido y una falda larga que le rozaba los tobillos, ropa prestada o comprada en algún puesto de segunda mano; nada que llamara la atención, nada que delatara a la mujer que había sido.

Sus dedos se aferraban al borde de la cesta de mimbre que colgaba de su antebrazo. Había salido de la posada con la excusa de comprar algo de comida, pero en realidad era una prueba: ver si podía moverse por el mundo sin que el mundo la reconociera. Sin que él la reconociera. 

El pensamiento de Fabián le quemaba la garganta como bilis. Se imaginaba sus ojos café escudriñando cada rincón, su sonrisa afilada cuando la encontrara, el modo en que sus dedos se cerrarían alrededor de su muñeca como un grillo: ¿Pensaste que podrías escaparte de mí, mi amor?.

Sacudió la cabeza, como si pudiera expulsar el eco de su voz, y se detuvo frente a un puesto de frutas. Las manzanas rojas brillaban bajo el sol, pulidas por el vendedor hasta parecer joyas. Extendió la mano hacia una, pero antes de que sus dedos rozaran la piel tersa, otra mano la adelantó.

—Disculpa— dijo una voz masculina, cálida y con un dejo de risa contenida.

Kassandra retrocedió como si la hubieran electrocutado, la cesta golpeando su cadera. El hombre—alto, con una camisa de lino arremangada hasta los codos y el pelo castaño despeinado como si acabara de pasar los dedos por él—sostenía la manzana entre el pulgar y el índice, girándola para inspeccionarla. Tenía las manos grandes, con callosidades en los nudillos que delataban trabajo manual reciente, pero se movían con una elegancia inesperada. Cuando levantó la vista, sus ojos—avellana, con destellos dorados—se encontraron con los de ella.

—No te vi— añadió, y esta vez la sonrisa sí se desplegó, lenta y genuina, como si no estuviera acostumbrado a usarla con frecuencia. —Parece que los dos tenemos buen gusto.

Kassandra sintió el calor subirle por el cuello. No era el rubor tímido de una doncella, sino algo más peligroso: la sensación de haber sido vista. No como un objeto, no como la esposa decorativa de Fabián, sino como una mujer que elegía una manzana en un mercado cualquiera. Se humedeció los labios, saboreando el sabor salado del sudor en el aire.

—No… yo tampoco te vi— respondió, y su voz sonó áspera, como si no la hubiera usado en días. Se aclaró la garganta. —Toma. Quédatela.

Empujó la cesta hacia él, pero el hombre—Eduardo, diría después—sacudió la cabeza y tomó otra manzana del montón, esta vez ofreciéndosela a ella con un gesto que era mitad cortesía, mitad desafío.

—Esta está mejor. Mira el brillo— dijo, acercando la fruta a la luz. —Las que tienen ese tono rojizo por aquí— señaló una mancha cerca del tallo— son las más dulces. Las verdes son ácidas, ideales si quieres hacer un pastel, pero no para comer así, con las manos.

Kassandra parpadeó. Nadie le había hablado de manzanas antes. Nadie le había explicado nada antes, como si su vida hubiera sido una sucesión de órdenes y silencios. 

Tomó la fruta que él le ofrecía, y sus dedos rozaron los suyos por accidente. Un contacto breve, pero suficiente para sentir el calor de su piel, la aspereza de sus yemas. Eduardo no retrocedió. No apartó la mirada. No hizo ese gesto de superioridad que Fabián empleaba cada vez que alguien osaba tocarlo sin permiso.

—Gracias— murmuró, y por primera vez en años, lo dijo en serio.

Él asintió, pero no se alejó. En lugar de eso, se quedó allí, a un paso de distancia, como si estuviera esperando algo. O quizá solo disfrutando del silencio que se había creado entre ellos. Kassandra mordisqueó el lado de la manzana, y el jugo dulce le explotó en la lengua. Cerró los ojos un instante, saboreando.

—Buena elección— comentó Eduardo, y ella abrió los ojos para encontrarlo observándola con una intensidad que la hizo sentir expuesta. Pero no de manera amenazante. Era como si él supiera que llevaba días sin comer algo que no fuera un sándwich frío en un autobús, como si entendiera que ese simple bocado era un acto de rebeldía.

—¿Siempre eres tan… detallista con las frutas?— preguntó ella, intentando romper el hechizo. O quizá prolongarlo.

Eduardo se rio, un sonido bajo y áspero, como grava bajo las ruedas de un carro.

—Solo cuando vale la pena— respondió. Y entonces, sin previo aviso, extendió la mano. —Eduardo.

Kassandra miró su mano como si fuera un arma. No puedes, le gritaba una parte de su mente. No sabes quién es. No sabes nada. Pero otra parte—la que había huido—susurró: ¿Qué tienes que perder?.

—Liliana— mintió, y cuando su piel tocó la de él, sintió que el mercado entero se inclinaba levemente, como si la tierra hubiera decidido girar solo para ellos. El apretón fue firme, pero no dominante. Cálido, pero no posesivo. Cuando soltaron las manos, Eduardo no se alejó. 

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Ana Cilia De La Cruz
por favor la continuación no me dejen en suspenso
RENE: Hola, gracias.
Hay nuevos capitulos.
total 1 replies
Amelia Mirta Fernández
Creo que es más que interesante, que algo tan efímero como la ilusión, la paz interior y el ser útil, para uno misma, se está reflejando lentamente, pero con una fuerza, que comienza a crecer y le da confianza, calor humano, sensibilidad y el hecho de que si, puede. .Me encanta, y espero el resto de la historia. Dos seres perseguidos y martirizados por un energúmeno, soberbio y déspota, pueden unir fuerzas y encontrar amor, comprensión y dulzura, felicidad. Autora no me dejes con las ansias de ver a Kas y Edu, unir fuerzas y brillar con nuevas luces de esperanza . TE ESPERO. GRACIAS❤️❤️❤️❤️
RENE: Muchas gracia ☺️
Hay nuevos capítulos
total 1 replies
Amelia Mirta Fernández
vamos que tu puedes Kassandra. vas a ser libre del tormento de ese gusano abusador y promiscuo. 😢👏👏👏👏
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