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DOMANDO A LA BESTIA

DOMANDO A LA BESTIA

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Malentendidos / Romance / Completas
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 22

Narrado por: Isabella

El amanecer en la mansión Thorne ya no tiene el brillo de la esperanza; tiene el color del mercurio, frío y pesado. Me observo en el espejo del vestidor, ajustándome un traje de chaqueta blanco impoluto. Es un contraste deliberado con la oscuridad que ahora habita en mis pulmones. Mis labios están un poco hinchados por los besos de Alexander de anoche, besos que supieron a despedida y a una posesión hambrienta que ninguno de los dos pudo evitar.

Él cree que me ha roto con su verdad. Cree que al confesar su pecado de juventud, ha vuelto a ponerme los grilletes del miedo. Pero Alexander Thorne subestima la sangre que corre por mis venas. Soy la hija de Marcus Colón, el hombre que orquestó una caída para ascender. Y si Alexander es la Bestia que permitió que el lobo entrara en su casa, yo soy la mujer que va a domesticar a ambos para salvar lo que queda de mi legado.

Salgo de la habitación y lo encuentro en el pasillo. No ha dormido. Lleva la misma camisa negra de anoche, desabrochada en el cuello, y sus ojos grises están inyectados en sangre. Se detiene al verme vestida para la guerra corporativa.

—¿A dónde vas, Isabella? —su voz es un rugido cansado.

—Voy a reclamar lo que es mío, Alexander —respondo, pasando por su lado sin detenerme. El roce de mi brazo contra el suyo dispara una chispa de deseo que ignoro con una disciplina que le copié a él—. Valente está en el sótano, ¿verdad?

Él me agarra del brazo, obligándome a girar. Su tacto quema. Hay una urgencia en su mirada, un miedo a que me escape de su control ahora que las cartas están sobre la mesa.

—Valente no es asunto tuyo. Yo me encargaré de que desaparezca y de que los archivos se borren —dice, acercándose tanto que puedo oler el café amargo y el rastro de mi propio perfume en su piel.

—Valente es el último hilo que me une a mi padre —le sostengo la mirada, mi rostro a centímetros del suyo. La tensión sensual entre nosotros ha dejado de ser una invitación para convertirse en un duelo—. Y esos archivos... son mi seguro de vida. No voy a dejar que los destruyas hasta que yo decida qué hacer con ellos.

—¿Me estás amenazando, alegría? —una sonrisa amarga aparece en sus labios, pero sus ojos brillan con una chispa de respeto oscuro.

—Te estoy avisando, Alexander. Ya no soy la chica que rescataste del jardín. Soy la socia mayoritaria del consorcio Colón. Y hoy, voy a dar mi primer golpe.

Me suelto de su agarre y bajo a los sótanos. El aire aquí es húmedo y huele a hormigón frío. Encuentro a Miller custodiando la pesada puerta de acero. Al verme, duda, mirando hacia las escaleras donde Alexander aparece poco después, observando desde la penumbra.

—Abre la puerta, Miller —ordeno.

—Señorita, el señor Thorne dijo...

—El señor Thorne no es el dueño de mi voluntad —sentencio.

Miller mira a Alexander, quien asiente imperceptiblemente. La puerta se abre con un quejido metálico. Julián Valente está sentado en una silla de madera, atado, con el rostro amoratado pero la mirada todavía llena de veneno. Al verme entrar con mi traje blanco, se ríe, un sonido roto que resuena en las paredes.

—Vaya... la princesa ha venido a ver al verdugo —escupe Valente—. ¿Ya has decidido si vas a perdonar al hombre que dejó morir a tus suegros por un puñado de acciones?

Me acerco a él con una calma que lo descoloca. Me inclino, apoyando mis manos en sus rodillas, invadiendo su espacio con una frialdad que hace que su risa muera.

—He decidido que vas a darme los códigos de acceso al servidor de la nube, Julián —digo, mi voz es un susurro letal—. Y vas a llamar a los socios de mi padre. Vas a decirles que la demanda de incapacidad ha sido retirada. Vas a decirles que Isabella Colón asume la presidencia hoy mismo, con Alexander Thorne como su principal aliado estratégico.

—¿Y por qué iba a hacer eso? —gruñe él—. Prefiero ir a la cárcel y ver a Thorne hundirse conmigo.

—Porque si no lo haces —me acerco a su oído—, dejaré que Alexander haga lo que mejor sabe hacer. Y créeme, después de lo que escuché en esas grabaciones, sé que no tendrá piedad. Pero si lo haces... te daré suficiente dinero para que te pierdas en una isla donde ni siquiera el pasado pueda encontrarte.

Valente mira por encima de mi hombro hacia Alexander, que permanece en la sombra, como un demonio esperando la señal. El miedo finalmente quiebra su resistencia.

—Está bien... los códigos están en mi reloj. Es una clave de encriptación biométrica.

Quince minutos después, tengo el control. Alexander se acerca a mí mientras salimos del sótano. Me acorrala contra la pared del pasillo inferior, donde la luz es escasa. Sus manos se apoyan a ambos lados de mi cabeza, encerrándome. La sensualidad de su proximidad es abrumadora; puedo sentir su erección presionando contra mi cadera, un recordatorio de que, a pesar de la guerra mental, nuestros cuerpos siguen hablando el mismo lenguaje de hambre.

—Ha sido una jugada maestra —susurra, su aliento caliente en mi cuello—. Pero ahora el mundo sabrá que estamos juntos. No solo en la cama, sino en el poder. Van a intentar destruirnos de formas que ni siquiera te imaginas.

—Que lo intenten —respondo, mis manos subiendo por su pecho, abriendo un botón más de su camisa. Siento el latido acelerado de su corazón bajo mi palma—. Ahora tengo lo que ellos quieren. Y te tengo a ti para enseñarme cómo aplastarlos.

Me besa con una furia posesiva, un beso que no pide permiso y que yo devuelvo con la misma intensidad. Es una lucha por el dominio. Mis manos bajan a su cinturón, necesitando sentir la realidad de su cuerpo en medio de tanta mentira. Alexander gime contra mi boca, levantándome y pegándome a la pared. La seda de mi traje blanco se arruga bajo sus manos grandes y rudas, pero no me importa.

En este pasillo oscuro, rodeados de secretos y traiciones, nos unimos de nuevo. Es un acto de poder. Él intenta someterme con su fuerza, y yo lo domino con mi entrega deliberada. La sensualidad es cruda, casi violenta, una forma de sellar nuestro pacto de sombras. No hay amor romántico aquí; hay una alianza forjada en el fuego de la verdad compartida.

—Eres peligrosa, Isabella —jadea él, su rostro enterrado en mi cuello mientras nos movemos en un ritmo salvaje—. Eres más peligrosa que tu padre.

—Eso es porque yo no necesito esconder mis garras, Alexander —respondo, mi clímax alcanzándome mientras entierro mis uñas en sus hombros.

Cuando terminamos, nos quedamos en silencio, apoyados el uno en el otro. El traje blanco está manchado de la realidad de nuestro mundo, pero mi mirada es clara.

—Miller te llevará a la sede del consorcio —dice Alexander, recuperando su máscara de mando mientras se ajusta la ropa—. Yo iré por separado. No queremos que piensen que vas escoltada. Queremos que piensen que eres la que lleva la correa de la Bestia.

—Lo soy, Alexander —le digo, mirándolo fijamente antes de marcharme—. Solo asegúrate de no morder la mano que te alimenta.

Llego a la sede del consorcio Colón dos horas después. Los directivos me esperan en la gran mesa de juntas, hombres que doblan mi edad y que creen que pueden devorarme en el almuerzo. Pero cuando entro, con el sobre de Valente en la mano y la marca de Alexander todavía ardiendo en mi cuello, el silencio que se produce es absoluto.

Me siento en la cabecera, el trono de mi padre. Abro el archivo y proyecto los registros de sus propias malversaciones en la pantalla gigante.

—Buenos días, caballeros —digo, mi voz resonando con una autoridad que nunca supe que poseía—. Julián Valente ha renunciado. La demanda ha sido retirada. Y a partir de este momento, el consorcio Colón operará bajo mis términos... o todos ustedes terminarán compartiendo celda con el fantasma de mi padre.

Veo sus rostros palidecer. Veo cómo se rinden ante la nueva reina. Y en el fondo de la sala, apoyado contra el marco de la puerta, veo a Alexander. No interviene. No dice nada. Pero su mirada gris brilla con una satisfacción oscura.

 Los lobos han descubierto que la oveja que pretendían cazar tiene colmillos de diamante. Pero mientras observo mi imperio, sé que el precio ha sido mi inocencia.

Alexander y yo estamos vinculados por la sangre y por la traición, una pareja real en un reino de cenizas. Y mientras la reunión continúa, solo puedo pensar en la próxima vez que estemos a solas, donde las palabras de negocios mueran y solo quede el incendio que nos consume.

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Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Te da miedo enamorarte y no lograr protegerla de ti mismo 🤣, esta muy buena 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay bestia, tu serás el domado por Isabella, estas muy seguro de que ganarás 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tanto miedo le tienes a Isabella que no quieres ni que te mire, eres un blanducho no mas 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tu derribaras las barreras de ese corazón de hielo 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Comenzó muy buena, pero triste para Isabella, ciando se entere 👏👏👏
Edith Hernandez
muy bonita la novela
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Susy
Excelente historia me encantó♥️♥️♥️
Susy
Que capítulo 😈
Susy
Triste 😔
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