Ella pasa una noche apasionada y fruto de esa noche queda embarazada su madre hace todo lo posible por separarlos
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Capitulo 20
Alejandro miró a Camila con esa seriedad que la hacía temblar. Su furia por lo que Valeria le había ocultado aún ardía en su interior, pero su mente estaba trabajando rápidamente. Cada paso debía estar calculado.
—Camila —dijo, con voz firme pero controlada—. Necesito que nos casemos lo antes posible.
Camila lo miró sorprendida, pero una sonrisa comenzó a formarse en su rostro.
—¿Perdón? —preguntó, intentando disimular su emoción.
—Sí —continuó Alejandro—. Si nos casamos, tendré más estabilidad y una ventaja legal para asegurar la custodia de Mateo. Esto… me dará lo que necesito para protegerlo.
Camila tragó saliva, conteniendo una risa que le nacía de la emoción. En su mente, esto era perfecto: un matrimonio rápido con Alejandro no solo consolidaba su posición en la familia, sino que le daba aún más control sobre él y le acercaba a todo lo que siempre había deseado: dinero, poder y prestigio.
—Claro —dijo finalmente, dejando salir una sonrisa calculadora—. Si eso te ayuda a proteger a… nuestro hijo —pronunció “nuestro” con toda la intención de hacer que Alejandro pensara que ella estaba cooperando por el bien de Mateo—, entonces sí, me casaré contigo.
Alejandro la miró, midiendo cada palabra, pero su mente estaba puesta en otro lugar: en Valeria y en cómo mantener a Mateo seguro. Por ahora, necesitaba esa ventaja, aunque cada fibra de su ser todavía ardiera de indignación por lo que había pasado.
—Perfecto —dijo él, con un tono que mezclaba resolución y frialdad—. Entonces hagámoslo rápido. Prepararé todo y… será mejor para todos, sobre todo para Mateo.
Camila no pudo ocultar su triunfo. Sabía que esta unión le daba poder directo sobre Alejandro, y aunque por dentro él estuviera furioso, ella tenía su sonrisa lista para cualquier momento.
—No te preocupes, Alejandro —dijo con dulzura fingida—. Todo saldrá como tú quieres.
Alejandro asintió, pero su mirada se oscureció, porque en el fondo, aunque Camila accediera a casarse con él, su corazón todavía estaba en Valeria y Mateo. Y eso, ni un matrimonio apresurado, podría cambiarlo.
Valeria entró a la mansión con Dante e Isabella, todavía cansada después de haber visitado a Mateo en el hospital. Sus hombros estaban tensos, pero su corazón se sentía más ligero: su pequeño estaba estable y eso era lo único que realmente importaba.
Desde la escalera, Camila la vio llegar y no pudo evitar soltar un bufido cargado de sarcasmo.
—Vaya, vaya… —dijo, apoyándose en la baranda—. Parece que te crees muy lista, ¿verdad? Venir con tu hijo para quedarte con Alejandro, Pero yo gane al final nos vamos a casar — Dijo Camila
Valeria la miró con calma, sin levantar la voz ni perder la compostura.
—Si quieres, puedes quedarte con tu hombre, Camila —dijo con firmeza—. Yo no me rebajo a pelear por hombres.
Camila abrió los ojos, incrédula y furiosa.
—¿Qué dijiste? —exclamó—. ¿Cómo puedes ser tan… desvergonzada?
Dante, que había permanecido detrás de Valeria, dio un paso al frente. Apoyó un brazo sobre la mesa y miró a Camila con esa sonrisa descarada que siempre desarmaba a cualquiera.
—Déjame explicarte algo, Camila —dijo con tono de maestro de ceremonias—. Valeria no pelea por hombres. Ella no necesita competir por alguien porque los hombres de verdad se fijan en ella, no porque ella los persiga. ¿Lo entiendes? Tú… bueno, tú solo pareces interesada en tu reflejo y en cómo puedes controlar a los demás.
Isabella soltó una risa aguda, casi escandalosa, mientras Valeria se contuvo para no reír a carcajadas en plena cara de Camila.
—Dante, ¡me encanta cómo la humillas! —dijo Isabella entre risas—. Es todo un espectáculo.
—Gracias, hermanita —respondió Dante con una sonrisa pícara—. Al menos alguien aquí tiene sentido común.
Camila apretó los puños, su furia contenida brillando en sus ojos, pero no pudo replicar. Sabía, en el fondo, que Dante tenía razón. No podía intimidar a Valeria, y mucho menos porque Valeria ni siquiera estaba interesada en pelear por Alejandro.
—Vamos, chicos —dijo Valeria—. Mejor dejamos que Camila se quede con su rencor y nosotros disfrutamos del resto del día.
Isabella asintió, todavía riéndose,
Valeria se encerró en su habitación, todavía procesando todo. La idea de que Alejandro se casara con Camila le quemaba el pecho como un hierro encendido. Todo el tiempo que había guardado para Mateo, todo lo que había sufrido en silencio… y ahora él se preparaba para unirse con alguien más, alguien que solo quería aprovecharse de la situación.
Se metió en la ducha, dejando que el agua caliente golpeara su rostro, intentando arrastrar la tristeza que le pesaba en el corazón. Levantó la cabeza y cerró los ojos mientras el agua caía sobre ella como si pudiera limpiar no solo la suciedad del cuerpo, sino también el dolor que llevaba dentro. Por un instante, casi sintió que podía respirar de nuevo, aunque el hueco en su pecho permaneciera.
Cuando terminó de bañarse, se envolvió en una toalla y caminó hacia la puerta. Justo entonces, alguien llamó suavemente.
—Hola, señorita —dijo una voz conocida y cargada de carisma.
Valeria parpadeó y vio a Dante parado en la puerta, con esa sonrisa confiada que siempre le resultaba imposible de ignorar.
—Noté que no has comido bien en dos días —continuó él—. Así que esta noche seré tu chef asignado.
Valeria arqueó una ceja, tratando de contener una risa ante la formalidad exagerada de Dante.
—¿También puedes ser el mío? —preguntó Isabella desde el pasillo, riendo mientras se acercaba—. No quiero perderme de nada de este espectáculo.
—Por supuesto, hermanita —dijo Dante, levantando la mano en un gesto de caballero—. Será un honor.
Extendió el brazo hacia las dos, y con un movimiento teatral, las hizo agarrar su brazo como si fueran invitados de gala.
—A la cocina, damas —anunció—. Esta noche tendrán la mejor cena de toda la mansión Mendoza, cortesía de su chef personal.
Valeria y Isabella se miraron y, a pesar de la situación, no pudieron evitar reír. Había algo en la manera en que Dante se movía, en la exageración de cada gesto, que hacía que hasta los momentos más amargos tuvieran un toque de comedia.
—Esto sí que es un alivio —susurró Valeria a Isabella mientras seguían a Dante—. Por un momento casi me olvido de todo… incluso de Alejandro y su boda con Camila.
—Tranquila —respondió Isabella, dándole un codazo suave—. Aquí nadie te juzga por querer un respiro. Y además, Dante se lo está tomando muy en serio.
Al entrar a la cocina, Dante comenzó a sacar ingredientes con precisión casi teatral. Cada movimiento suyo estaba acompañado de una sonrisa, un guiño o un comentario exageradamente dramático:
—Y ahora, damas, observad cómo un verdadero maestro convierte ingredientes simples en un banquete digno de reyes.
Valeria no pudo evitar sonreír de nuevo, esta vez más ligera. Por primera vez en días, algo la hacía sentir en paz. Aunque Mateo estuviera en el hospital y Alejandro se casara con Camila, por un momento todo parecía normal. Por un momento, había risas y complicidad, y eso era suficiente.
—Dante, si esto se pone muy gourmet, no prometo sobrevivir —bromeó Isabella, apoyando una mano en la cadera.
—Imposible, querida hermana —dijo Dante con una reverencia exagerada—. La supervivencia está garantizada.
Valeria lo miró y, aunque su corazón seguía dolido, pudo sentir un hilo de esperanza. Tenía a Mateo, su hijo, seguro en el hospital, y a su lado, a personas que realmente la apoyaban. Nada de lo que Alejandro hiciera podía quitarle eso.
Esa noche, entre risas, bromas y el aroma de una comida que prometía ser deliciosa, Valeria comprendió algo importante: no necesitaba pelear por hombres ni preocuparse por los caprichos de Camila. Tenía a su hijo, su familia elegida y amigos que la cuidaban. Y, por un momento, eso bastaba.