Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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El arte del engaño
Cuando la silueta de Aeryn se perdió finalmente entre la espesura del bosque, la expresión de Adrian cambió. La calidez desapareció de sus ojos, y fue reemplazada por la precisión de un bisturí. Se dio la vuelta y caminó hacia un sedán oscuro estacionado a unos metros del observatorio.
En el interior, el resplandor azul de las pantallas iluminaba los rostros de Mara y Daniel.
—Informe —dijo Mara, sin apartar la vista de los datos que fluían en su tableta.
Adrian se sentó en el asiento trasero y exhaló un suspiro largo, no de cansancio, sino de alivio táctico.
—Ha caído de la manera más absurda ¿Estás segura de que ella pertenece a la línea más poderosa? —sentenció—. Me ha revelado su naturaleza voluntariamente. Ha sido incluso más fácil de lo que Helix predijo. Los híbridos tienen un hambre desesperada de ser comprendidos, y esa es la grieta por la que hemos entrado.
Daniel soltó una risa seca desde el asiento del copiloto.
—Idealistas hasta el final. ¿Cree que eres su confidente?
—Cree que soy su refugio —corrigió Adrian con frialdad—. Mañana empezaremos la fase de reconocimiento de terreno. Ella me ha invitado a entrar en su territorio bajo el pretexto de mis "investigaciones botánicas". Estaremos dentro de los perímetros de seguridad de la manada sin haber disparado una sola bala.
Mara asintió, tecleando comandos.
—Es una oportunidad de oro. Pero los sensores térmicos que instalamos cerca del observatorio detectaron una anomalía. Una firma de energía violenta.
Adrian recordó la presión de las garras de Kaelen en su cuello.
—Fue su amigo, el lobo —dijo Adrian, y su voz se volvió más grave—. Él va a convertirse en un problema. No se traga el papel de humano inofensivo. Su instinto está detectando el vacío de mi firma energética. Si queremos que esto funcione hasta la Purga, necesito que Helix ajuste mi inhibidor de frecuencia. El lobo es peligroso; es el único que mira a través de la máscara.
—Podemos eliminarlo —sugirió Daniel, revisando su arma reglamentaria.
—No —cortó Adrian de inmediato—. Si el "hermano" de la líder desaparece o muere, ella entrará en estado de alerta máxima. Debemos mantenerlo cerca, pero neutralizado emocionalmente. Dejen que sea ella quien lo mantenga a raya. Aeryn confía en mí, y esa confianza es nuestra mejor arma contra el instinto de su amigo.
Mientras tanto, en lo profundo del bosque, la casa de la manada vibraba con una tensión eléctrica. Aeryn entró en el gran salón, donde el fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de madera. Encontró a Kaelen en el gimnasio, golpeando un saco de arena con una fuerza que hacía que las cadenas del techo chirriaran.
—¿Has terminado de desahogarte? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
Kaelen se detuvo. El sudor empapaba su camiseta y sus nudillos estaban rojos. Se giró, con los ojos todavía encendidos por la desconfianza.
—¿Has terminado de entregarle nuestra historia a un desconocido?
—No es un desconocido, Kaelen. Es alguien que me importa —Aeryn se acercó a él, suavizando su voz—. Sé que tu don te dice que hay algo raro, pero piénsalo por un momento. Adrian es un estudioso, alguien que está constantemente aprendiendo. Es normal que su "resonancia" sea diferente a la nuestra, e incluso a la de cualquier humano. Recuerda que tu padre nos enseñó que no todos tienen que vibrar en la misma frecuencia.
—No vibra, Aeryn. Ese es el problema. Es como si no tuviera alma —Kaelen dio un paso hacia ella, suplicante—. Por favor, escúchame. Lo que sentí hoy en el observatorio... no era curiosidad. Era un vacío depredador.
Aeryn suspiró y le puso una mano en el hombro.
—Kaelen, mi madre decía que el corazón sabe reconocer la verdad. Yo siento paz cuando estoy con él. Siento que puedo ser yo misma sin el peso de la corona. Te pido, como tu hermana de luna, que le des una oportunidad. Déjalo entrar. Deja que te demuestre que no representa ningún peligro.
El silencio se prolongó, solo roto por el crujir del fuego a lo lejos. Kaelen cerró los ojos, luchando contra cada fibra de su ser que le gritaba que corriera hacia el humano y terminara lo que empezó en el balcón. Pero no podía negarle nada a Aeryn. No a ella.
—Está bien —dijo finalmente, con una voz cargada de una oscura advertencia—. Le daré esa oportunidad. Dejaré que camine por nuestras tierras.
Aeryn sonrió y estuvo a punto de abrazarlo, pero Kaelen la detuvo, sujetándola suavemente por los hombros y mirándola fijamente a los ojos.
—Pero escúchame bien, Aeryn. Al menor rastro de traición, al primer indicio de que sus palabras no coinciden con sus actos, no dudaré. No habrá juicios, ni consejos, ni explicaciones. Me deshaceré de él antes de que pueda pestañear.
Aeryn asintió, convencida de que ese momento nunca llegaría.
—No será necesario, Kaelen. Ya lo verás.
Kaelen la soltó y volvió al saco de arena. Mientras Aeryn salía del gimnasio con el corazón ligero, él lanzó un golpe devastador que reventó la lona del saco. No era solo protección; era una premonición. La luna empezaba a teñirse de rojo en sus visiones, y el humano estaba justo en el centro del eclipse.