Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.
Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón
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Capitulo 14: El precio del silencio
La sala del consejo de la Familia Moretti en Milán no era un lugar de debate; era un mausoleo de voluntades. Las paredes, recubiertas de madera de nogal oscuro y retratos de hombres que habían muerto por una bala o por una traición, parecían absorber la luz de la mañana. En el centro de la mesa, Vittorio Moretti, el patriarca, permanecía sentado con la espalda recta como un fusil, observando a su hijo con ojos que no contenían amor, sino un juicio implacable.
A los lados, los jefes de las diferentes facciones de la organización murmuraban entre ellos. El aire estaba cargado de humo de tabaco y de un desprecio que Damián podía sentir como agujas en su piel. El robo del cargamento de armas no era solo una pérdida financiera de ochenta millones de euros; era una herida de muerte a su reputación. Un Moretti que no podía proteger sus fronteras era un Moretti que invitaba a la rebelión.
—Ochenta millones, Damián —la voz de Vittorio era un susurro gélido que silenció la sala—. Tres convoyes evaporados en la frontera. Mis contactos en Marsella dicen que las armas ya están en el mercado negro, vendidas por alguien que conocía nuestros códigos de encriptación.
Damián apretó los puños bajo la mesa. Sus nudillos estaban en carne viva por la sesión de tortura de la noche anterior.
—Encontraré al responsable, padre. Es un traidor interno. Solo denme tiempo.
—El tiempo es un lujo que los débiles no poseen —espetó un anciano consejero al final de la mesa—. Mientras tú buscabas a tu... amante desaparecido, nos han dejado en ridículo. La familia Müller ha cumplido su parte, el mercado se ha estabilizado gracias a la boda, pero tú, el heredero de los Moretti, no puedes mantener un camión en la carretera.
En la esquina opuesta, Adriano Moretti observaba la escena con una expresión de fingida preocupación. Había regresado de París esa misma madrugada, volando en el jet privado de la familia para no levantar sospechas.
—Padre, tíos —dijo Adriano con voz melosa—, no seamos tan duros con Damián. Ha tenido semanas difíciles. El joven Müller es un Alfa difícil de domar, y la partida de Ángel lo ha dejado... distraído.
Damián le lanzó una mirada asesina. Sabía que Adriano estaba echando sal en la herida, recordándole a todos que su vida personal era un caos. La reunión terminó sin una resolución clara, pero con una advertencia final de Vittorio: si el cargamento no aparecía o el traidor no era entregado en una semana, el mando operativo de la mafia pasaría a manos de Adriano.
Pocas horas después, tras la tensión de la reunión, Adriano tomó un vuelo de regreso a París. No podía esperar para compartir el festín de humillación con su verdadero aliado.
En el lujoso ático frente al Sena, Ángel Blanca lo esperaba con una copa de vino. Al escuchar los detalles de la reunión, Ángel soltó una carcajada cristalina, una que Damián nunca había escuchado.
—¿Así que Vittorio lo llamó débil frente a todos? —preguntó Ángel, deleitándose con la imagen—. Oh, Adriano, daría cualquier cosa por haber visto su cara. Damián se cree un dios, pero es solo un animal herido que no sabe de dónde vienen los golpes.
—Está acabado, Ángel —respondió Adriano, abrazándolo por detrás—. El robo del cargamento fue la estocada final. Ahora solo tenemos que esperar a que se termine de destruir a sí mismo con ese alemán frío.
Esa misma tarde, mientras disfrutaban de una terraza exclusiva en el Plaza Athénée, un nuevo jugador entró en escena. Marco Valenti, un magnate de la logística italiana con negocios turbios en Francia, se acercó a su mesa. Marco era la definición de la elegancia peligrosa: un hombre que movía barcos y hombres con la misma facilidad con la que movía sus fichas en el casino.
—Senor Adriano, Ángel —saludó Marco con una sonrisa depredadora—. He oído que hay vacantes en el trono de Milán. Estoy aquí para ofrecer mi infraestructura cuando el cambio de mando sea oficial.
Ángel flirteó abiertamente con Marco, usando su belleza como una herramienta más del juego. Lo que no sabían era que, desde una furgoneta negra a dos manzanas de distancia, un fotógrafo bajo las órdenes de Luca Ferretti capturaba cada movimiento, cada risa y cada caricia. Las fotos de Ángel con Adriano y el nuevo empresario italiano estaban destinadas a una sola persona, pero Luca sabía que el momento de revelarlas aún no había llegado.
Damián regresó a la mansión en Milán envuelto en una neblina de furia y whisky. La humillación del consejo le quemaba las entrañas. Se sentía acorralado, traicionado por las sombras y, sobre todo, profundamente solo. En su mente distorsionada, la culpa de todo recaía en una sola persona: Javier Müller.
Javier llegó a casa poco después de las nueve de la noche. Venía de una jornada agotadora en la empresa, donde había estado moviendo fondos para proteger sus propios activos ante la posible caída de los Moretti. Al entrar en el salón, encontró a Damián sentado en la oscuridad, rodeado de botellas rotas.
—¿Otra vez bebiendo para olvidar tu incompetencia? —preguntó Javier con voz cortante, sin molestarse en quitarse el abrigo.
Damián se levantó, moviéndose como un espectro. Su presencia era una amenaza física palpable.
—Ten cuidado con cómo me hablas hoy, Javier. Mi padre ha decidido que soy un fracasado, y mis hombres piensan que soy débil. No me obligues a demostrarte lo que le hago a la gente que me falta al respeto.
Javier se rió, una risa seca y llena de veneno.
—¿Respeto? ¿Cómo voy a respetarte si ni siquiera puedes controlar a tus propios hombres? Te robaron en tu cara. Y mientras tú buscas culpables en los callejones, tu amado Ángel debe estar riéndose de ti en algún lugar.
Damián se detuvo a escasos centímetros de él.
—No menciones su nombre.
—¿Por qué no? —desafió Javier, dando un paso adelante, su ego de CEO alemán impidiéndole ver el peligro real—. ¿Te duele que esa ramera se haya ido en cuanto vio que el barco se hundía? Porque eso es lo que es, Damián. Una ramera que te usó para obtener lujos y que te dejó en cuanto tuvo que enfrentarse a la realidad de que ahora eres mi esposo. Ángel es una basura que...
El impacto fue tan rápido que Javier no tuvo tiempo de parpadear.
El puño de Damián conectó con la mandíbula de Javier con la fuerza de un mazo. El CEO salió despedido hacia atrás, chocando contra una mesa de cristal que estalló bajo su peso. Javier soltó un grito ahogado mientras los pedazos de vidrio se clavaban en su espalda y brazos.
—¡Cállate! —rugió Damián, abalanzándose sobre él—. ¡Por tu culpa se fue! ¡Porque me obligaron a casarme con una máquina de hielo como tú! ¡Él me amaba y tú lo espantaste con tu arrogancia!
—¿Respeto? —repitió Javier con una sonrisa gélida ante las amenazas de su marido—. El respeto se gana con competencia, Damián. No con rabietas de niño rico.
El aire en la habitación cambió de golpe. Damián liberó sus feromonas dominantes de forma agresiva; una fragancia pesada a vino que inundó los pulmones de Javier. El efecto fue instantáneo: el cuerpo del alemán se tensó, sus músculos se volvieron de plomo y un instinto de sumisión intentó doblegarlo, paralizándolo por unos segundos cruciales.
Damián aprovechó la parálisis para lanzar el primer golpe. El impacto en la mandíbula hizo que Javier saliera despedido hacia atrás, chocando contra una mesa de cristal que estalló bajo su peso. Pero el CEO no se quedó de brazos cruzados. Recuperando el control a base de pura voluntad, Javier se abalanzó sobre él. Se convirtieron en dos bestias enjauladas. Javier logró derribar a Damián contra una mesa lateral, sus manos apretando el cuello del italiano con una fuerza sorprendente.
—¡Eres mi ruina! —gritaba Damián entre insultos, propinándole patadas en las costillas que sonaban como ramas secas rompiéndose—. ¡Te odio! ¡Odio cada centímetro de tu cuerpo y de tu maldito dinero!
—No soy... tu maldito sacó de boxeo —gruñó Javier, golpeando el costado de Damián con la rodilla, sacándole el aire.
Sin embargo, la ebriedad de Damián se transformó en una fuerza maníaca. Logró girar la posición, usando su peso para aplastar a Javier contra el suelo de mármol, entre los cristales rotos que se clavaban en su piel.
Damián inmovilizó las muñecas de Javier sobre su cabeza con una sola mano, mientras con la otra comenzaba a despojarlo de su ropa con una urgencia violenta. A pesar de la brutalidad, el contacto estaba cargado de una toxicidad eléctrica. Damián bajó la cabeza, dejando besos erráticos y violentos en el cuello de Javier, marcando su piel con mordiscos que buscaban reclamar lo que odiaba poseer.
—Eres mío, Müller —susurró Damián contra su oído—. Aunque te rompa, tu nombre está unido al mío.
—No soy... tu maldito trofeo —gruñó Javier, golpeando en la cara de Damián.
Javier luchaba, sus caderas elevándose para intentar zafarse, pero cada movimiento era respondido con un golpe seco en sus nalgas, una humillación física que buscaba quebrar su espíritu de mando. Damián exploró su cuerpo con una posesividad destructiva, recorriendo sus costillas y muslos con caricias que quemaban como el ácido.
Lo que siguió fue un descenso a la degradación más absoluta. En un arrebato de sadismo y dominación, Damián arrancó la ropa de Javier.
La violación fue una carnicería emocional. Damián forzó la entrada ignorando los sollozos de dolor y las súplicas de un hombre que nunca había rogado por nada. No buscaba placer, buscaba destruir la última pizca de dignidad del alemán, dejando su cuerpo cubierto de hematomas, sangre y las marcas de sus dientes.
Cuando Damián terminó, se levantó con un asco infinito, se ajustó los pantalones y salió de la habitación sin mirar atrás, dejando a su esposo roto sobre los cristales y la sangre.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por los jadeos superficiales de Javier. Sus ojos estaban hinchados, casi cerrados por la inflamación. Sentía que cada hueso de su cuerpo se había convertido en polvo. No podía moverse; el dolor era una llamarada constante que le nublaba la vista.
Unos pasos amortiguados se acercaron. Ágata, la anciana empleada que había servido a los Moretti por décadas, entró en la habitación. Al ver el estado de Javier, se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de horror.
—Señor... oh, Dios mío... señor Müller —susurró, cayendo de rodillas a su lado.
Intentó ayudarlo a incorporarse, pero Javier soltó un gemido de agonía tan profundo que Ágata se detuvo.
—Tengo que llevarlo al hospital —dijo ella con lágrimas en los ojos—. Esto es demasiado... sus costillas, su cabeza...
—No... —la voz de Javier era apenas un hilo de aire, cargada de sangre—. No hay hospital. La policía... vendría. Damián... lo mataría.
Ágata sabía que era verdad. En el mundo de los Moretti, llamar a una ambulancia era firmar una sentencia de muerte por traición. Con una fuerza sorprendente para su edad, Ágata arrastró a Javier sobre una alfombra limpia, alejándolo de los cristales. Buscó un botiquín de emergencia avanzado que la familia mantenía para los tiroteos y comenzó la laboriosa tarea de limpiar sus heridas.
Con agua tibia y antiséptico, fue lavando la sangre de su rostro. Desinfectó los cortes profundos en su espalda y vendó sus costillas fracturadas con la destreza de alguien que ha visto demasiada violencia en esa casa. Javier permanecía en un estado de semiconsciencia, sus manos temblando de forma incontrolable.
—¿Por qué? —susurró Javier, con un ojo entreabierto observando a la anciana—. ¿Por qué me ayuda?
Ágata lo miró con una tristeza infinita.
—He visto a muchos hombres romperse en esta casa, señor. Pero usted... usted es el primero que no ha bajado la mirada. Descanse. No dejaré que él vuelva a entrar aquí esta noche.
Mientras Elena velaba el cuerpo destrozado de Javier, la escena en París era la antítesis del dolor. Adriano y Ángel brindaban por su éxito, ignorando por completo que el caos que habían sembrado estaba a punto de volverse contra ellos de formas que no podían imaginar.
—Damián es un volcán en erupción —decía Adriano, acariciando el cuello de Ángel—. Y cuando los volcanes explotan, solo dejan cenizas. Pronto, este collar de diamantes será lo más barato que tengas. Tendrás toda la herencia Moretti a tus pies.
Damián, por su parte, se encontraba en el balcón de su despacho, mirando las luces de Milán. No sentía remordimiento, solo una satisfacción enferma y un vacío que el alcohol no podía llenar. Estaba convencido de que Javier era el origen de todas sus desgracias, el obstáculo entre él y su "amado" Ángel.
No sabía que, en la habitación de invitados, bajo los cuidados de una anciana, el Rey de Hierro estaba empezando a forjarse de nuevo. El dolor físico de Javier estaba siendo reemplazado por una resolución gélida. Ya no había rastro de humanidad en su mirada. Si antes quería destruir a Damián por negocios, ahora lo haría por supervivencia.
Javier Müller no iba a morir en esa mansión. Iba a renacer como el verdugo de toda la estirpe Moretti.Porque la deuda de sangre que Damián acababa de contraer solo se pagaría con la destrucción total de su imperio.
Continuará...
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.