Alelí juró vengar la muerte de sus padres infiltrándose en la mafia, pero jamás planeó enamorarse del hijo de su peor enemigo.
NovelToon tiene autorización de Gabriela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una visita no deseada.
Después de dejar a Alelí en su departamento y asegurarse de que Anita y su madre estuvieran bien, él y Luis regresaron al penthouse. El silencio del lugar contrastaba con el ruido que tenía en la cabeza.
—¿Quieres un trago? —preguntó Luis, dejando las llaves sobre la mesa.
—No —respondió Maykol, quitándose la chaqueta—. Necesito pensar.
Luis lo observó con atención. Lo conocía desde niño. Sabía reconocer cuando algo no estaba bien.
—Es por ella, ¿verdad?
Maykol no respondió de inmediato. Caminó hasta el ventanal, mirando la ciudad desde lo alto.
—La forma en que se defendió… —dijo finalmente— no fue improvisada. Eso no se aprende en un curso de defensa personal.
Luis frunció el ceño.
—¿Crees que esté escondiendo algo?
—Estoy seguro —respondió Maykol—. Y no sé si eso me preocupa… o me asusta.
Luis guardó silencio unos segundos.
—A veces las personas más fuertes son las que más han tenido que sobrevivir —dijo—. No todos los secretos son malos. No lo pienses demasiado amigo.
Maykol cerró los ojos.
—En mi mundo, casi todos lo son.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Alex Calderón golpeaba la mesa con rabia.
—¿Me estás diciendo que Zurita hizo un escándalo en una universidad… y salió limpio? —gruñó.
—Así fue —respondió uno de sus hombres—. Pero no fue solo él. La mujer también peleó. Ella se llevó todo el crédito. Es una mujer fuerte y muy hermosa.
Alex sonrió, una sonrisa peligrosa.
—Siempre quise un pretexto para acabar con Maykol —dijo—. Y ahora me lo regaló.
La rivalidad entre ellos venía desde la infancia. No solo era personal, era heredada. Sus padres se habían disputado rutas, territorios, poder. Muertes encubiertas, traiciones silenciosas. Un odio que había pasado de generación en generación.
—No lo ataques directamente —dijo otro de sus hombres—. Su padre no lo permitirá.
—No pienso atacarlo a él —respondió Alex—. Voy a empezar por lo que ama.
La noticia del incidente no tardó en llegar a oídos de Raúl Zurita.
Raúl escuchó el informe sin cambiar el gesto.
—Una pelea entre mafias ahora sería estúpida —dijo con frialdad—. Demasiadas miradas encima. Demasiados muertos innecesarios.
Maykol, de pie frente a él, sostuvo su mirada.
—No habrá guerra —respondió—. Todo está bajo control.
Raúl lo observó con atención.
—Más te vale —dijo—. Porque si Calderón mueve una pieza… esto se va a salir de las manos.
Maykol apretó los puños.
—No lo permitiré.
Pero Raúl no estaba convencido.
—Ten cuidado con esa chica —añadió—. Nadie entra a nuestra vida por casualidad. Debes estar alerta. No confíes en nadie y menos en una mujer. Sobre todo si es linda.
Maykol no respondió.
Pero las palabras se le clavaron como espinas.
Por otra parte Alelí había conseguido trabajo hacía poco.
Después de terminar la universidad, empezó a trabajar como asistente de archivo y apoyo legal en una clínica jurídica universitaria, una organización que brindaba asesoría gratuita a víctimas de abuso, desapariciones y corrupción institucional. El lugar era perfecto: discreto, lleno de expedientes, nombres, conexiones.
Demasiadas verdades escondidas en papel.
—Tienes facilidad para encontrar patrones —le dijo su supervisora—. No todos pueden leer entre líneas como tú.
Alelí sonrió.
—Es cuestión de observar y analizar bien.
Por dentro, sabía que ese trabajo era una mina de oro. Apellidos que se repetían. Denuncias que nunca avanzaban. Casos cerrados sin explicación. Mafias grandes moviendo hilos invisibles.
Ese día estaba revisando unos archivos cuando sintió una presencia detrás de ella.
—¿Melisa?
Ella se giró.
Alex Calderón estaba ahí.
Elegante. Sonriente. Peligroso.
Su pulso no se alteró.
—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó con calma profesional.
Alex la observó de arriba abajo.
—Trabajo interesante —dijo—. No te imaginaba en algo tan… noble.
—No lo conozco —respondió ella—. Si necesita asesoría, puede pedir una cita.
Alex soltó una pequeña risa.
—Oh, claro que me conoces. Estuve en la fiesta.
Alelí lo miró fijamente.
—No recuerdo a todos los borrachos que intentan causar problemas.
El silencio se tensó.
Alex dio un paso más cerca.
—Zurita pelea bien —dijo—. Pero tú… tú me sorprendiste más. Eres increíble.
Alelí sostuvo su mirada sin retroceder.
—Aprendí a cuidarme.
—Eso se nota —respondió él—. Demasiado.
Alex sacó una tarjeta y la dejó sobre el escritorio.
—Dile a tu novio que los Calderón no olvidamos —dijo—. Y que esta vez… no voy a ser tan paciente.
Se dio la vuelta y se fue.
Alelí cerró los ojos apenas un segundo.
El peligro había cruzado la puerta.
Esa noche, Maykol llamó.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí —respondió ella—. Día largo.
—Quiero verte mañana.
—Claro.
Colgó y apoyó la frente en la pared.
Alex Calderón había dado el primer paso.
Y eso solo significaba una cosa:
la guerra estaba cada vez más cerca.
Mientras tanto, Luis revisaba a Anita después de un pequeño corte que se había hecho días atrás.
—No fue nada —dijo ella.
—En mi mundo, nada siempre es algo —respondió él con una sonrisa.
Se miraron un segundo de más.
Algo más fuerte empezaba a crecer ahí también.
Aunque nadie quería admitirlo aún.
La flor seguía en silencio.
Los enemigos ya se movían.
Y Alelí estaba cada vez más cerca de quedar atrapada entre el amor… y la venganza.