Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 23: Tierra Prometida
El edificio de inmigración canadiense olía a café de máquina, a papel de fotocopias y a ese olor indefinible de las instituciones gubernamentales. Kaeil estaba sentado en una silla de plástico blanco, mirando el reloj de pared cuyas manecillas parecían moverse en cámara lenta. Jessica estaba en una sala contigua, siendo examinada por un médico. Llevaban allí más de cuatro horas.
A su lado, Mateo sujetaba la mano de Elena, que tenía a Daniel dormido en el regazo. El niño había agotado todas sus reservas de energía y ahora descansaba plácidamente, ajeno al drama burocrático que se desarrollaba a su alrededor.
Tomás, en cambio, estaba sorprendentemente tranquilo. Había mostrado su documentación canadiense a los oficiales y ahora esperaba con ellos, fumando en la puerta cuando los guardias no miraban.
—Tranquilo, muchacho —dijo al ver la expresión de Kaeil—. La van a curar. Está en buenas manos.
—No es eso. Bueno, también. Pero es que... no sé qué va a pasar ahora. Con nosotros. Con ella. Con todo.
—Pasará lo que tenga que pasar. Y estaréis juntos. Eso es lo importante.
Kaeil asintió, aunque la inquietud no desapareció. Habían llegado a Canadá, sí, pero ¿y luego? ¿Qué clase de vida podrían tener? Jessica tenía un pasado que la perseguiría siempre. Él era buscado por el gobierno de Estados Unidos. No era precisamente el mejor currículum para pedir asilo.
La puerta de la sala de reconocimiento se abrió y Jessica apareció, pálida pero sonriente, con un vendaje nuevo y limpio en el hombro.
—La bala no tocó nada importante —dijo—. Pero tengo prohibido hacer ejercicios de alto impacto durante un mes.
—¿Y eso te parece bien? —preguntó Kaeil, levantándose.
—No. Pero por ahora, tendré que aceptarlo.
Un oficial de inmigración se acercó a ellos con una carpeta bajo el brazo.
—Señor Grahan, señorita Greys, ¿pueden acompañarme? Necesitamos tomar sus declaraciones.
—¿Y ellos? —preguntó Jessica, señalando a Mateo y Elena.
—También. Todos juntos.
Los condujeron a una sala de entrevistas, más pequeña y privada, con una mesa y varias sillas. Un intérprete estaba presente, aunque todos hablaban inglés lo suficientemente bien.
—Mi nombre es Sarah Chen, oficial de inmigración. Voy a tomar sus declaraciones para la solicitud de asilo. Es importante que sean sinceros. Todo lo que digan quedará registrado.
Jessica y Kaeil se miraron. Luego, lentamente, comenzaron a hablar.
Hablaron de los archivos, de la Operación Fénix, de Crawford, de los mercenarios, de la huida. Hablaron de Mateo y su familia, del periodista asesinado, de las noches de terror y los días de incertidumbre. Hablaron de todo, sin omitir nada.
Sarah Chen escuchó en silencio, tomando notas de vez en cuando, su expresión impasible. Cuando terminaron, guardó silencio un largo rato.
—Es una historia increíble —dijo al fin—. Pero tenemos formas de verificarla. Los archivos que filtraron ya son de dominio público. Crawford está en prisión. Sus nombres aparecen en algunos de los documentos como los posibles filtradores, aunque de forma anónima.
—¿Eso es bueno o malo? —preguntó Kaeil.
—Para su solicitud de asilo, es bueno. Demuestra que su vida corría peligro real. Sin embargo, también significa que son personas buscadas. Tendremos que proteger sus identidades.
—¿Cómo?
—Nuevos nombres, nuevos documentos. Reubicación en una ciudad pequeña, lejos de las fronteras. Al menos durante un tiempo.
Mateo intervino:
—¿Podemos quedarnos juntos?
—Sí. Consideramos que son un grupo familiar. Pueden permanecer juntos.
Elena soltó un suspiro de alivio. Daniel, que se había despertado, miraba a todos con sus grandes ojos negros.
—Hay una cosa más —dijo Sarah—. El gobierno canadiense está interesado en su testimonio. No para un juicio público, pero sí para informes confidenciales. Si aceptan colaborar, eso fortalecería su caso.
Jessica dudó. Kaeil sintió su tensión.
—No quiero volver a hablar de eso —dijo ella—. No quiero revivirlo.
—Lo entiendo. Pero su testimonio podría ayudar a prevenir que algo así vuelva a ocurrir. Y a cambio, el proceso sería más rápido. En cuestión de semanas tendrían residencia permanente.
Jessica miró a Kaeil. Él le apretó la mano.
—Tú decides —dijo—. Hagas lo que hagas, yo estoy contigo.
Ella respiró hondo.
—De acuerdo. Hablaré. Pero con condiciones: quiero que Mateo esté presente. Es su historia tanto como mía.
Sarah asintió.
—Eso puede arreglarse.
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Pasaron tres días en un centro de acogida, compartiendo habitaciones modestas pero limpias, con comida caliente y camas sin amenazas. Para todos, fue como unas vacaciones forzadas después del infierno.
Kaeil y Jessica compartían habitación. La primera noche, simplemente se abrazaron en la cama, sintiendo el lujo de no tener que vigilar, de no esperar disparos en cualquier momento.
—No sé cómo vivir así —dijo Jessica en la oscuridad.
—¿Así cómo?
—Sin miedo. Sin alerta constante.
—Se aprende. Poco a poco.
—¿Tú crees?
—Lo sé. Mira a Daniel. Él no tiene miedo. Juega, ríe, duerme. Los niños son así. Aprenden a confiar.
—Pero nosotros no somos niños.
—No. Pero podemos aprender de ellos.
Jessica se incorporó para mirarlo. La luz de la luna entraba por la ventana, bañando su rostro de plata.
—Te quiero, Kaeil Grahan.
—Y yo a ti, Jessica Greys. Pase lo que pase.
Se besaron, un beso lento y profundo, que hablaba de futuro, de promesas, de una vida que apenas comenzaba.
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Al cuarto día, los llevaron a una ciudad pequeña en Ontario, llamada Smiths Falls. Era un lugar tranquilo, con casas de estilo victoriano, un canal navegable y más árboles que habitantes. El oficial de reubicación les explicó que era perfecto para empezar de nuevo: discreto, acogedor, lejos de las grandes urbes.
La casa que les asignaron era pequeña pero encantadora: dos habitaciones, un salón con chimenea, cocina americana y un pequeño jardín trasero. Jessica se quedó mirando el jardín con una expresión que Kaeil no supo interpretar.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada. Es que... siempre quise un jardín. De pequeña soñaba con tener un jardín lleno de flores.
—Pues ahora lo tienes.
—Y un perro —dijo ella, sonriendo—. No te olvides del perro.
—No me olvido.
Mateo y Elena ocuparon la otra habitación, mientras Tomás, que había decidido quedarse con ellos "un tiempo", dormía en un sofá cama en el salón. Daniel ya había explorado cada rincón de la casa y declarado que era "su favorita".
Los primeros días fueron de adaptación. Aprender las calles, los horarios de las tiendas, los nombres de los vecinos. Jessica se recuperaba lentamente, aunque Kaeil la pillaba a menudo haciendo ejercicios prohibidos y la regañaba como si fuera un niño.
—No puedo evitarlo —protestaba ella—. Estar quieta me pone nerviosa.
—Pues aprende. Por mí. Por nosotros.
Ella cedía, a regañadientes, pero cedía.
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Una tarde, recibieron una llamada de Sarah Chen.
—Buenas noticias —dijo—. Su solicitud de asilo ha sido aprobada. Son residentes permanentes de Canadá. En unos meses podrán solicitar la ciudadanía.
El grito de alegría de Elena se oyó en toda la casa. Mateo la abrazó, Daniel saltaba a su alrededor sin entender pero contagiado por la emoción. Tomás sonreía desde la puerta.
Kaeil y Jessica se miraron.
—Lo logramos —dijo él.
—Sí. Lo logramos.
—¿Y ahora?
—Ahora, a vivir.
Esa noche celebraron con una cena especial que Tomás preparó: un guiso de carne con verduras, pan recién horneado y pastel de manzana de postre. Daniel sopló las velas de una tarta improvisada, y todos rieron cuando el humo le picó en los ojos.
Después de cenar, Kaeil sacó a Jessica al jardín. La noche era fresca, estrellada, perfecta.
—Tengo algo para ti —dijo.
—¿Algo?
Sacó de su bolsillo una pequeña caja. Jessica la abrió con manos temblorosas. Dentro, un anillo sencillo de plata con una pequeña piedra verde.
—Es ojo de tigre —explicó Kaeil—. Por tus ojos. Y porque los tigres son fuertes, pero también pueden descansar.
Jessica lo miró, los ojos brillantes.
—¿Es lo que creo que es?
—Sí. Jessica Greys, ¿quieres casarte conmigo? ¿Quieres pasar el resto de tu vida con este idiota que no sabe pescar pero te quiere más que a nada?
Ella no respondió con palabras. Lo abrazó, lo besó, y cuando por fin se separaron, tenía lágrimas en las mejillas.
—Sí —susurró—. Mil veces sí.
Desde la ventana de la cocina, Tomás los observaba con una sonrisa. Luego volvió a lavar los platos, dejando que la noche y los enamorados hicieran el resto.
En el cielo, las estrellas brillaban como nunca. Y por primera vez en mucho tiempo, todos durmieron en paz.