Lolo siempre ha creído que los mitos pertenecen a los libros… hasta que regresa al valle de su infancia y descubre que el bosque esconde secretos que nadie quiere nombrar.
Entre leyendas de kitsune, advertencias silenciosas y una familia que parece saber más de lo que dice, Lolo se adentra en un mundo donde lo sobrenatural no solo existe, sino que observa, espera… y recuerda.
Cuando conoce a un ser tan hermoso como peligroso, Lolo deberá decidir si está dispuesta a confiar en alguien que no pertenece al mundo humano. Porque amar a un zorro no es solo un riesgo para el corazón, sino una amenaza para todo lo que cree conocer.
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Capitulo 18: Celos
—Deja la idiotez, tú lo que tienes son celos —le solté, tratando de que mi voz no temblara por la rabia y la humillación.
Él me miró con el ceño fruncido, y sus ojos dorados relampaguearon con un desprecio que me atravesó el pecho como una daga de hielo.
—Claro que no. ¡Yo jamás sentiría celos por ti! —exclamó, y cada palabra era como un latigazo—. No me gustas, ni siquiera me pareces atractiva. ¡Yo estoy aquí solo por el maldito trato! De lo contrario, seguiría en mi cueva durmiendo tranquilamente, lejos de ti.
Eso dolió.
Sabía que él no había elegido estar aquí por voluntad propia, y esperaba que algún día me recordara el peso del contrato, pero no creí que fuera a ser de esta forma tan cruel.
Sentí cómo algo se quebraba dentro de mí, pero no era tristeza, era una resolución nacida del dolor y la dignidad herida.
—Lo sacas tú o lo saco yo —sentenció él, señalando hacia donde estaba Yoshuro con una soberbia insoportable.
Ya era suficiente. Aprieté los puños a los costados, sintiendo la energía de mi linaje vibrar bajo mi piel, alimentada por mi ira. No iba a permitir que me pisoteara más.
—Kim Evan... te libero de ser mi Dios protector —susurré.
Mi voz fue apenas un aliento, pero cargada de una intención absoluta. De repente, un hilo dorado, brillante y etéreo, se materializó conectando nuestras manos.
Antes de que él pudiera reaccionar, el hilo se tensó y se cortó de golpe, desvaneciéndose en el aire como ceniza. La conexión mental, el ruido de sus pensamientos en mi cabeza, el calor de su presencia... todo desapareció en un silencio sepulcral.
Se rompió el lazo.
—No hablarás en serio —rio él, con una incredulidad que ocultaba un rastro de pánico.
—Vete. No quieres estar aquí, tú lo dijiste... Ya no hay trato. Eres libre de hacer con tu vida lo que te dé la perra gana —le dije, dándole la espalda para que no viera cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
Evan me miró sorprendido y, por un instante, vi una chispa de arrepentimiento cruzando sus facciones, pero el orgullo de un Kitsune es una muralla infranqueable. Me lanzó una última mirada cargada de una furia silenciosa antes de desaparecer en una ráfaga de fuego azul.
¿Había tomado la mejor decisión? Una parte de mí gritaba que volviera, que lo llamara, pero no iba a obligar a nadie a protegerme si me consideraba una carga. Él ya había tomado su decisión y yo la mía. Cada quien por su lado.
Volví con los demás haciendo un esfuerzo sobrehumano por parecer entera. El abuelo y Yoshuro hablaban alegremente, me sonrieron al verme llegar y yo les devolví una sonrisa forzada que no llegaba a mis ojos.
—Loraine, tu amigo Yoshuro no tiene donde quedarse, así que se quedará con nosotros unos días —anunció el abuelo, encantado con la nueva compañía.
—Genial —mentí. Me di la vuelta y me encerré en mi cuarto sin decir una palabra más.
Pasé toda la tarde enterrada bajo las mantas, mirando al techo. El silencio de la habitación era ensordecedor. Me sentía mal por la ausencia de Evan, cuando estaba aquí, me hacía reír, me retaba, incluso sus insultos tenían una chispa que me hacía sentir viva. Ahora, la soledad me pesaba como el plomo. Además, me sentía apenada con Yoshuro, era nuestro invitado y yo lo estaba ignorando por completo.
De repente, alguien tocó a la puerta.
—Pasa —dije sin moverme, con la voz ahogada por la almohada.
Era el abuelo. Se asomó con expresión preocupada.
—¿Pequeña, has visto a Evan? No lo he visto en toda la tarde y Jean tampoco sabe dónde está.
Sentí una punzada de culpa en el estómago.
—Evan se fue y no va a volver, abuelo —dije sin levantar la vista.
—¿A qué te refieres? —preguntó él, acercándose a la cama.
—Discutimos y rompí el contrato de protección —me senté, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente rodaron por mis mejillas—. No debería sentirme así... pero lo extraño.
El abuelo no dijo nada, simplemente se sentó a mi lado y me rodeó con sus brazos. Me eché a llorar desconsoladamente sobre su hombro, dándome cuenta de que, aunque el hilo dorado se hubiera roto, el vacío que dejó en mi pecho era imposible de llenar.
***
Ya habían pasado cuatro días y aún no sabía nada de Evan. No me atreví a ir al bosque ni a visitar a Jean,, sentía que si ponía un pie en su territorio, la herida en mi pecho se abriría de nuevo. Lo mejor era evitarlo. Además, él tampoco había venido por aquí, lo que significaba que ya se había olvidado de nosotros... de mí.
Me sentía mal, como si me faltara una extremidad. El pecho me dolía solo de pensar en él, lo cual era completamente estúpido porque él dejó muy claro lo que pensaba,, lo mucho que despreciaba mi humanidad. A pesar de todo, mi mente me seguía traicionando.
¿Estaría bien?
¿Se habría marchado del bosque?
¿Estaría Jean aburrida sin nuestras visitas?
Por otro lado, Yoshuro se había portado de maravilla. Ayudaba al abuelo y siempre tenía una palabra amable para mí. Sin embargo, Yune no lo soportaba,, cada vez que Yoshuro se acercaba, mi gato se convertía en una bola de pelos erizados y gruñidos profundos. Debería haberle hecho caso al instinto de mi mascota.
Al caer la noche, el silencio en el templo era sepulcral. Hacían falta los gritos de Evan peleando con el abuelo o sus quejas cuando Yune intentaba morderle las colas.
—Lolo, ya está la cena —anunció el abuelo desde la cocina—. Ve a buscar a Yoshuro, por favor.
—Está bien, abuelo —respondí sin ánimos.
Me dirigí a su cuarto, pero antes de tocar, me detuve en seco. Un aura gélida y maligna emanaba de la madera, y el pasillo comenzó a oler intensamente a azufre y carne podrida.
El corazón me dio un vuelco. Abrí la puerta y vi a Yoshuro de pie en el centro de la habitación a oscuras. Su mirada, antes cálida, ahora emitía un brillo rojizo que me produjo escalofríos.
—¿Yoshuro? ¿Estás bien? —pregunté, retrocediendo un paso.
—Más que bien, pequeña Lolo —su voz sonó distorsionada, como si varias personas hablaran a la vez—. ¡Pero estaría mejor si me das el Medallón de Izanagi!
Se abalanzó sobre mí con una velocidad inhumana. Por puro instinto, agarré una silla de la esquina y se la lancé, ganando los segundos necesarios para salir al pasillo.
—¡ABUELO! —grité con todas mis fuerzas.
Corrí hacia la sala principal y choqué con el abuelo, que ya venía hacia mí con Yune transformado en su forma de combate.
—¡¿Qué sucede, Loraine?! —gritó el abuelo, pero no necesitó respuesta.
Yune empezó a gruñir hacia la sombra que nos perseguía. Me giré y vi a Yoshuro, pero ya no era humano. Se dejó caer en cuatro patas mientras el sonido de sus huesos rompiéndose y recolocándose llenaba el aire. De sus costados brotaron patas articuladas y peludas,, su piel se desgarró para dar paso a múltiples ojos negros que parpadeaban con hambre.
—¡¿Qué está pasando?! —grité, horrorizada.
—¡Se está transformando!
Me encanta la referencia ... o asi lo entendí 🤣🤣🤣
pero está muy interesante, es la primera vez que leo un libro de romance que tenga tanto folklore japonés 🤭