Me desperté aturdida en un lugar desconocído y después de una serie de acontecimientos me di cuenta que habia reencarnado en una novela, pero mi personaje no existia
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capitulo 14
AURELIAN
Seguí con el plan.
No podía detenerme ahora.
No cuando todo empezaba a moverse.
No cuando la verdad comenzaba a mostrarse.
Pero también la busqué.
A Amara.
La busqué en el campamento.
En los caminos cercanos.
En los registros de salida.
En los puestos de vigilancia.
En los pueblos.
En todas partes.
Nada.
Ni un rastro.
Era como si nunca hubiera existido.
Otra vez.
Otra persona importante en mi vida…
Desaparecía sin dejar huella.
Apreté los puños.
Tenía demasiadas cosas sobre mis hombros.
Una guerra que sabía que no terminaría pronto.
Un rey al que ahora sabía que tenía que destruir.
Un reino al borde del colapso.
Y un niño…
Un niño al que le habían roto el corazón.
Y no podía hacer nada para repararlo.
No podía cargarlo.
No podía consolarlo.
No podía derrumbarme.
Tenía que cargar con todo.
Solo.
Como siempre.
Mateo cambió.
Dejó de llorar.
Dejó de preguntar.
Y eso era peor.
Se volvió callado.
Frío.
Sus ojos…
Ya no eran los de un niño.
Empezó a entrenar.
Todos los días.
Sin que nadie se lo pidiera.
Sin quejarse.
Caía.
Se levantaba.
Sangraba.
Seguía.
Una tarde lo vi entrenar solo.
Su espada de madera temblaba por el esfuerzo.
Sus manos estaban llenas de ampollas.
—Es suficiente —le dije.
—No.
Su voz fue firme.
Sin mirarme.
—No es suficiente.
No discutí.
Porque entendía.
Ese dolor…
Lo conocía demasiado bien.
Esa misma noche, Marcos entró en mi tienda.
Su expresión era seria.
En sus manos…
Un sobre.
—Ya llegaron los resultados.
Mi corazón se detuvo.
Lo tomé.
Lo abrí.
Leí.
Y el mundo cambió.
Hermanos.
La palabra ardía en el papel.
Era él.
Mateo…
Era mi hermano.
Mi pequeño hermano.
Lo encontré.
Después de doce años…
Lo encontré.
Pero eso no fue lo peor.
—Hay más —dijo Marcos.
Levanté la mirada.
—Saúl confirmó todo.
Silencio.
—Fue el rey.
El aire se volvió pesado.
—Él ordenó el secuestro.
Sentí algo romperse dentro de mí.
—Vendió niños… entre ellos, prisioneros de linajes nobles.
Mi sangre hirvió.
—Y la guerra…
Marcos dudó.
—Es para cubrirlo.
Silencio.
Largo.
Oscuro.
Peligroso.
El rey…
Destruyó mi familia.
Destruyó mi reino.
Destruyó mi vida.
Y ahora…
Pagará.
Mateo estaba afuera.
Entrenando.
Como siempre.
Me acerqué.
Él se detuvo.
Me miró.
Sin miedo.
Sin duda.
—Tenemos que hablar —le dije.
No respondió.
Solo esperó.
Me arrodillé frente a él.
—Mateo…
Las palabras pesaban.
—Eres mi hermano.
Silencio.
No se sorprendió.
No lloró.
No sonrió.
Solo suspiró.
—Ya lo sabía.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Mamá me lo dijo.
Mi pecho se tensó.
—Dijo que era lo más probable.
Bajó la mirada.
—Nos parecemos demasiado.
Silencio.
—Y…
Apretó los puños.
—Todos los días te enojabas contigo mismo.
Levantó la mirada.
Sus ojos…
Eran iguales a los míos.
—Porque no me encontraste.
Esas palabras…
Dolieron.
Más que cualquier espada.
—Mateo…
—Pero está bien —dijo.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Ahora soy fuerte.
Lo miré.
Ese no era un niño.
Era un sobreviviente.
—Y me haré más fuerte.
Silencio.
—Para que nadie vuelva a quitarnos nada.
En ese momento…
No vi a un niño.
Vi a un Draconis.
Marcos, que observaba desde atrás, habló:
—No estás solo, Aurelian.
Mateo asintió.
—Ya no.
Y por primera vez en muchos años…
No me sentí solo.
Pero eso no cambiaba la verdad.
El rey…
Iba a caer.
Aunque el mundo ardiera con él.
Habían pasado un total de diez meses desde que inició la guerra y, de repente, de un día para otro, el país enemigo se retiró. Dejó de pelear. Fue extraño… muy extraño. Pero también fue lo mejor que pudo pasar.
Yo ya me había reunido con algunos nobles que sabía que no querían a la familia imperial, pero eran muy pocos. No tenía el suficiente poder. Y, aunque quería destruirlo de todas las formas posibles, tenía que ser más inteligente. La mayoría de los nobles también eran corruptos; no les beneficiaba desterrar al rey.
Las guerras más fáciles son las batallas, porque en las guerras de poder y política tienes que pensar en cada detalle… y en todo lo que podría salir mal.
Yo estaba entrenado para matar.
Y ahora tenía que enfrentarme a una sociedad de víboras que habían vivido así por generaciones, conociendo cada movimiento, cada mentira, cada traición.
Mateo había crecido mucho. Se había estirado. Mamá y papá lo conocieron y se pusieron muy felices. Han tratado de ganarse su confianza, pero él es muy frío. Aunque con mamá se lleva bien, la llama por su nombre, igual que a papá. Él dijo que Amara era su mamá… y nadie más.
Hablando de ella… no se ha sabido nada.
Es como si la tierra se la hubiera tragado.
Mateo empezó a estudiar para comenzar a integrarse a las reuniones sociales, porque muy pronto se celebraría el fin de la guerra y teníamos que asistir.
Yo estaba furioso.
Ese maldito la inició… y ahora la celebraba como si no hubiera sido el causante.
Maldita escoria.
Ese mes pasó rápido. Mateo aprendió muy rápido la etiqueta y las cosas básicas. Al parecer, Amara ya le había enseñado muchas cosas.
Esa mujer cada vez era más extraña para mí.
Un misterio que me carcomía la mente cada vez que intentaba dormir.
Mi último pensamiento… siempre era ella.
La noche de la fiesta partimos y nos presentaron a todos por nuestros nombres y títulos. Para sorpresa de muchos… y del rey… se enteraron de que habían encontrado al hermano perdido.
El rey se puso de todos los colores, pero actuó con normalidad y nos felicitó por el hallazgo.
Mi madre estaba que lo mataba… pero se contuvo.
Marcos, como siempre, estaba a mi lado, informándome de los movimientos, conversaciones de otros nobles y quién estaba de nuestro lado.
Pero algo inesperado pasó.
Una llegada.
La última presentación de la noche.
Los reyes de Eryndor… y su hija.
Todos nos quedamos en shock.
Recordaba que su hija había sido secuestrada de bebé. Nadie supo qué pasó. Pero eso fue cuando yo apenas tenía cinco años.
Era una sorpresa enorme.
Y extraña.
Era bien sabido que esa familia no salía de su reino… y menos para ir a un país al que habían atacado.
Todo era cada vez más extraño.
Al igual que sus vestimentas. Iban cubiertos de pies a cabeza. No se veía siquiera el color de su piel, solo pequeñas siluetas.
Saludaron a los reyes y se integraron a la fiesta, aunque nadie se les acercaba… y su guardia tampoco lo permitía.
Hasta que, en el momento menos esperado…
La princesa se acercó a mí y me pidió una pieza de baile.
No me negué.
Estaba intrigado.
Empezamos a bailar. Era incómodo… pero extrañamente, algo me parecía familiar.
Y cuando el baile estaba por terminar…
Soltó una pequeña risa.
Y dijo en voz baja:
—Nos vemos en el jardín a las doce… no olvides llevar a mi bebé.
Se retiró sin más.
Dejándome paralizado.
Acaso…
¿Era ella?
pensó que podría pero ya demostró Aurelian su potencial y que Amara no es una muñeca de decoración allá gobernará como igual a Aurelian no será una muñeca de adorno