Forzada a un matrimonio por conveniencia, Keyla encuentra en un amor prohibido y con el, la fuerza para romper las cadenas de una vida de mentira.
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Alianza peligrosa.
La semana pasó más rápido de lo que Keyla hubiera querido.
Los días de reposo en la mansión Montenegro habían sido eternos, silenciosos, asfixiantes. Aunque Darío hacía todo lo posible por acompañarla, por distraerla con conversaciones triviales o películas que nunca terminaban de interesarle, Keyla sabía que él no podía estar allí todo el tiempo. Tenía su propio trabajo, sus propias responsabilidades… y ella no quería convertirse en otra carga más.
El encierro la estaba consumiendo.
Así que una mañana, después de revisar por enésima vez su reflejo en el espejo y asegurarse de que su rostro no delatara el cansancio ni la tristeza acumulada, tomó una decisión.
Volvería a la oficina.
—¿Estás segura? —preguntó Darío, observándola con preocupación—. El médico dijo que debías tomarte las cosas con calma.
—Lo haré —respondió Keyla, forzando una pequeña sonrisa—. Pero necesito sentirme útil otra vez. Necesito salir de aquí… o voy a volverme loca.
Darío asintió, aunque no del todo convencido.
—Si te sientes mal, me llamas. A cualquier hora.
—Lo prometo.
El trayecto hasta la empresa Montenegro le pareció extraño, como si regresara a un lugar que ya no le pertenecía. Al cruzar las puertas de cristal, respiró hondo. Era su espacio profesional, el único sitio donde todavía podía fingir que tenía algo de control sobre su vida.
O eso creyó.
No había dado ni diez pasos cuando escuchaba los rumores en el pasillo.
Todos comentaban el compromiso entre: Ulises Mendoza, y Katia Altamirano.
Los rumores eran claros, una noticia cruel. Pronto los vio a lo lejos. Ulises sonreía con esa sonrisa segura que Keyla conocía demasiado bien. Katia, elegante, hermosa, se aferraba a su brazo como si le perteneciera desde siempre.
El mundo se le vino abajo.
Sintió un nudo en la garganta, una presión en el pecho que le dificultó respirar.
—No… —susurró, casi sin voz.
Sabía que debía alegrarse. Sabía que era lo mejor. Ulises estaría a salvo, lejos de Andrés, lejos de ella, lejos de todo el desastre que la rodeaba.
Pero dolía.
Dolía como si le arrancaran algo que nunca fue realmente suyo, pero que había sentido más real que cualquier otra cosa en su vida.
Lo voy a perder para siempre…
Parpadeó varias veces, obligándose a recomponerse.
—No te debe afectar —se dijo en silencio—. No tienes derecho a que te afecte.
Enderezó la espalda y caminó hacia el ascensor, ignorando a la feliz pareja y a las miradas curiosas de algunos empleados que ya habían notado su regreso.
Sin embargo, mantenerse serena resultó imposible.
Durante el día, se los encontró una y otra vez.
En los pasillos.
En las reuniones.
En la cafetería.
Era como si el destino —o alguien con muy malas intenciones— se encargara de ponerlos frente a ella constantemente.
Ulises no la miraba directamente, pero Keyla sentía su presencia como un peso sobre la piel. Katia, en cambio, no se molestaba en disimular. La observaba con detenimiento, con una sonrisa tensa que no llegaba a los ojos.
Ella sospecha, pensó Keyla.
Y no se equivocaba.
Katia no era tonta. Desde el primer día había notado algo extraño en la actitud de Ulises. Esa forma en la que su atención se desviaba, ese silencio incómodo cada vez que Keyla aparecía en escena.
El amor de Ulises no estaba completamente bajo su control… y eso la enfurecía.
—¿La conoces bien, verdad? —le preguntó Katia una tarde, con voz aparentemente casual, mientras caminaban juntos por uno de los corredores.
Ulises se tensó.
—Es la esposa de Montenegro. Nada más.
—Claro… —respondió ella, alargando la palabra—. Nada más.
Pero Katia no estaba satisfecha.
Si Ulises tenía sentimientos por Keyla, ella se encargaría de destruirlos.
Y sabía exactamente con quién aliarse.
Esa misma semana, Katia pidió hablar con Andrés.
—Creo que ambos tenemos un problema en común —le dijo, sentándose frente a él en su oficina, cruzando las piernas con elegancia calculada.
Andrés la observó con desconfianza.
—No veo qué podríamos tener en común tú y yo.
Katia sonrió.
—Ulises Ferrer… y tu esposa.
El rostro de Andrés se endureció.
—Habla.
—Ulises sigue enamorado de Keyla —soltó sin rodeos—. Y ella… no es tan indiferente como pretende.
Andrés apoyó los codos sobre el escritorio.
—Eso ya lo sé.
Katia arqueó una ceja.
—Entonces entenderás que si ellos vuelven a acercarse, ambos perdemos.
—¿Y qué propones?
La sonrisa de Katia se volvió más oscura.
—Aliarnos.
Separarlos. Definitivamente.
Andrés la observó en silencio durante unos segundos. Luego sonrió, lento, peligroso.
—Me gusta cómo piensas.
Por otro lado, Darío comenzaba a notar que algo no estaba bien.
Andrés estaba distante. Frío incluso para sus estándares. Y Katia… Katia aparecía demasiado seguido, demasiado cerca.
Un día, decidió visitar la empresa sin avisar.
Caminó por el pasillo principal y los vio.
Andrés y Katia estaban conversando a corta distancia. Nada explícito, nada evidente. Pero había algo en el lenguaje corporal, en la cercanía innecesaria, que le encendió una alarma.
Esto no es normal.
—Hola —saludó Darío, acercándose.
Ambos se giraron, sorprendidos.
—Darío —dijo Andrés, forzando una sonrisa—. No sabía que vendrías.
—Pensé pasar a verte —respondió, observando a Katia—. ¿Interrumpo?
—Para nada —dijo ella con una sonrisa encantadora—. Ya me iba.
Cuando Katia se marchó, Darío se quedó mirando a Andrés.
—¿Desde cuándo son tan cercanos?
—Negocios —respondió Andrés, encogiéndose de hombros—. Nada más.
Pero Darío no quedó convencido.
A partir de ese día, empezó a ir más seguido. A observar. A escuchar.
Y sus sospechas no tardaron en confirmarse.
Katia no buscaba a Andrés por amor. Lo hacía por conveniencia. Por poder. Por control.
Y Andrés… Andrés se dejaba seducir.
No por sentimientos, sino por placer.
Por esa sensación de dominio que Katia le provocaba, por la adrenalina, por la adicción a sentirse deseado sin compromisos emocionales.
Una noche, después de una reunión, Andrés no regresó a casa.
Keyla no preguntó.
Ya había aprendido que las respuestas solo traían más dolor.
Pero Darío sí lo supo.
Y entendió, con un nudo en el estómago, que la situación estaba escalando peligrosamente.
—Esto no lo voy a soportar —murmuró para sí mismo—. Lo siento por Keyla, va a ser la que más pierda. Pero no puedo más.
Sin saberlo, todos estaban entrando en un juego de traiciones donde nadie saldría ileso.
Y lo peor…
el bebé seguía creciendo en medio de esa guerra silenciosa.