Morí sin haber amado…
y desperté en un mundo donde el destino se divide en Alfas, Deltas, Omegas y Enigmas.
Reencarnado como un omega en una era antigua llena de magia y alquimia, Arion finge amnesia para sobrevivir.
Todo cambia cuando conoce a Eryndor, un poderoso Enigma capaz de escuchar los pensamientos más profundos del omega… incluso los recuerdos de una vida pasada.
Un amor prohibido.
Un destino que desafía las leyes.
Una familia nacida contra todo pronóstico
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Capítulo 4: El Enigma que escucha
Lo conoció en el jardín.
Arion había escapado por un momento del interior del palacio, buscando aire, buscando calma. Los aromas de flores desconocidas y hierba recién cortada lo envolvían, pero no lograban disipar el temor que todavía lo recorría como un hilo eléctrico. Cada sonido, cada movimiento, parecía amplificado, recordándole lo vulnerable que era en ese cuerpo nuevo, en ese mundo nuevo.
Y entonces lo vio.
Alto. Imponente. Silencioso.
Eryndor estaba allí, entre los rosales y la sombra de un tilo. No se movió cuando Arion apareció; simplemente lo observó. Y el aire pareció cambiar a su alrededor, cargándose de una energía que erizaba la piel y detenía el corazón por un instante.
Arion sintió un escalofrío profundo, como si alguien hubiera tocado su mente, examinando cada rincón de sus recuerdos inexistentes, cada temor escondido.
—Estás asustado —dijo él con voz grave, un timbre bajo y preciso que resonó dentro del pecho de Arion—. Y no solo por la amnesia.
Arion retrocedió un paso, tropezando con la hierba húmeda. La boca se le secó, y su mente corrió en busca de una explicación.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó, casi sin aliento, mientras un temblor traicionero recorría sus dedos.
Los ojos dorados de Eryndor lo atravesaron, como si no hubiera nada que pudiera esconder.
—Porque puedo oír lo que callas —dijo, con un deje casi imperceptible de advertencia—. Tus pensamientos no son silenciosos para mí.
Un solo pensamiento gritó en la mente de Arion:
¿Qué eres…?
El corazón le latía con fuerza mientras lo miraba. Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra salió. Nunca había sentido algo así. Nunca. Era como si su propia mente hubiera sido desnudada sin contacto físico, como si cada miedo y cada inseguridad fueran un libro abierto.
—Eryndor —dijo finalmente, con voz temblorosa, pronunciando el nombre como si temiera que decirlo en voz alta pudiera invocar algún poder desconocido—.
Eryndor inclinó ligeramente la cabeza, evaluándolo con una calma implacable.
—¿Y… qué eres tú? —susurró Arion, como si el aire mismo pudiera traicionarlo.
—Un Enigma. —La palabra cayó con la suavidad de un susurro y la fuerza de un golpe.
Arion se quedó helado. En ese instante, comprendió que no era solo la presencia de Eryndor lo que lo intimidaba. Era todo lo que emanaba de él: control, conocimiento, y una extraña cercanía que parecía rozar su mente incluso a distancia.
—Un… Enigma —repitió, apenas comprendiendo—. ¿Eso significa… que puedes… leer a otros también?
Eryndor dio un paso más cerca, y la distancia entre ellos se volvió mínima, apenas suficiente para que el aroma de su perfume amaderado y frío se mezclara con el aire. Arion quiso retroceder, pero sus pies se sentían pegados al suelo.
—Puedo oír los pensamientos de quienes tienen miedo, quienes ocultan algo, quienes desean y callan —explicó Eryndor—. Tú eres un omega. Tu miedo es como un eco en mí. Y aún así… no eres predecible. Eso me interesa.
El estómago de Arion se retorció. Vulnerable y expuesto, deseó desaparecer entre los arbustos. Pero algo en la forma en que Eryndor lo miraba lo mantuvo firme. No con amenaza, sino con atención… con curiosidad.
—¿Por qué… me miras así? —preguntó, sin poder evitarlo.
—Porque escucho más que palabras —dijo Eryndor, ladeando la cabeza con un gesto elegante—. Y porque veo que estás fingiendo.
Arion tragó saliva. Fingir. Había decidido fingir para sobrevivir. Pero que alguien lo descubriera… era aterrador.
—No… no sé a qué te refieres —dijo, intentando mantener la voz firme.
Eryndor sonrió, apenas un movimiento de labios, frío y encantador a la vez.
—Oh, lo sé. Lo sentiría incluso si lo intentaras. Finges miedo, pero también… fuerza. Debilitas tus pensamientos frente a mí, y aun así luchas por mantenerlos. Eso dice mucho de ti.
Arion dio un paso hacia atrás, respirando con dificultad. El mundo alrededor parecía encogerse, como si el jardín entero se hubiera convertido en un escenario solo para ellos dos. Cada flor, cada sombra, cada rayo de sol parecía amplificar la intensidad de Eryndor, hasta que todo lo demás desapareció.
—¿Y qué quieres de mí? —preguntó, con un hilo de voz.
Eryndor no respondió de inmediato. Caminó lentamente, dejando que cada palabra se filtrara con su propia cadencia.
—No quiero nada… por ahora —dijo, y su mirada se volvió aún más penetrante—. Solo estoy observando. Aprendiendo. Y escuchando.
Arion cerró los ojos un instante, intentando calmar el corazón que le golpeaba el pecho. Cuando los abrió, Eryndor seguía allí, inmóvil, imponente, imposible de ignorar.
En ese momento, Arion comprendió algo que nunca había sentido antes: no podía ocultarse de él. Ni de sus pensamientos, ni de su miedo.
Y, de alguna manera, tampoco quería.
El aire entre ambos era pesado, cargado de un misterio que prometía cambios. Arion respiró hondo, consciente de que su vida ya no sería la misma.
Un Enigma lo escuchaba.
Y él no tenía manera de escapar.