En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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Su único escudo
Viendo que los auditores se acercaban a ellos, Ian tomo la mano de Anya para salir de ahí.
—¡Sube al auto! —ordeno con autoridad.
Anya subió al auto solo porque estaba aterrada, pero ella quería marcar distancia entre ella y Ian, por eso había decidido que una vez estuvieran a salvó de esos tal "auditores" escaparía de su control.
—¿Qué son esas cosas? —pregunto Anya asustada.
—Son los que se encargan de desaparecer por completo una generación, si te atrapan será como si nunca hubieses existido, nadie se acordara de ti.
Anya se estremeció al escuchar la explicación de Ian, esos entes eran más peligrosos que el mismo Marcus y ahora venían por ella.
—No entiendo por qué aparecen ahora, si ellos hubieran querido acabar con mi linaje lo hubieran hecho antes.
—Tampoco entiendo, cuando supe dónde estabas... Te investigué —confeso Ian bajando la mirada —. No tienes más familia, eras la última de tu línea de sangre.
Ambos estaban sumidos en una confusión profunda, tratando de encajar las piezas de un rompecabezas que parecía cambiar de forma cada vez que creían entenderlo. Ian conducía con la vista fija en el retrovisor, vigilando que los Auditores no lograran materializarse de nuevo en medio de la carretera.
—Si ellos están aquí, es porque el contrato detecta vida donde nosotros solo vemos cenizas —continuó Ian, con la mandíbula apretada—. El Registro no se equivoca, Anya. Si vienen a borrar el linaje, es porque tu linaje no termina contigo.
Anya sintió que el frío de la mañana se filtraba por sus poros.
—Eso es imposible. Mis padres fueron hijos únicos, yo no tengo hermanos, no tengo primos. He pasado años revisando mi árbol genealógico por pura curiosidad científica y no hay nadie.
—A menos que Marcus haya escondido una rama —sugirió Ian, tomando una curva a gran velocidad—. Una rama que nació en la oscuridad de 1926.
Anya recordó de golpe las palabras de Fabián en el hospital. "La Anya de 1926". Sus delirios sobre el pasado ahora cobraban un sentido aterrador. Si ella había muerto en 1926, ¿podría haber dejado algo atrás? ¿O alguien?
—Ian, detente —dijo Anya de repente, su voz ganando una firmeza nueva—. Necesito volver al hospital.
—Es un suicidio. Marcus debe tener el hospital bajo vigilancia absoluta.
—¡Escúchame! —ella lo tomó por el brazo, obligándolo a disminuir la velocidad—. Fabián sabe cosas que nadie más sabe. Me habló de 1926 antes de que tú aparecieras. Si los Auditores vienen a borrar mi sangre, Fabián corre el mismo peligro que yo. Si él muere antes de que me diga la verdad, Marcus ganará para siempre.
Ian guardó silencio por un largo momento. Sabía que ella tenía razón, pero llevarla de vuelta al hospital era como entregarla en bandeja de plata. Sin embargo, vio en los ojos de Anya esa chispa de determinación que lo había enamorado hacía un siglo: la mujer que no se rendía ante la fatalidad.
—Está bien —cedió Ian finalmente—. Pero no entraremos por la puerta principal. Usaremos mis habilidades para movernos entre las sombras. Pero Anya... —él la miró con una seriedad mortal—, si las cosas se ponen feas, tienes que prometerme que no intentarás salvarme. Tu vida es la prioridad, porque si tú caes, el futuro se borra con el pasado.
Anya no respondió. Su mente de doctora ya estaba trazando un plan. Si Fabian era la clave, tenía que estabilizarlo y sacarlo de allí.
Al llegar a las cercanías del hospital, el ambiente se sentía pesado, como si el aire estuviera cargado de electricidad estática. Ian estacionó el auto a dos calles de distancia, en un callejón oculto.
—Quédate cerca de mí —susurró Ian, extendiendo su mano hacia ella.
Anya dudó un segundo, recordando la traición de la mentira de Ian, pero al ver el resplandor violeta de su marca brillando con intensidad, comprendió que, por ahora, él era su único escudo. Tomó su mano y, por primera vez, el contacto no fue doloroso, sino que sintió una descarga de adrenalina que agudizó sus sentidos.
Entraron por el área de carga y descarga, evitando las cámaras. El hospital, que siempre había sido el santuario de Anya, ahora se sentía como una tumba. Las luces de los pasillos parpadeaban y el personal parecía moverse en cámara lenta, como si estuvieran bajo un hechizo.
Cuando llegaron al piso de cuidados intensivos, la puerta de la habitación de Fabián estaba entreabierta. Un rastro de agua negra, idéntica a la de la mansión, se deslizaba por debajo de la puerta.
Anya corrió, ignorando las advertencias de Ian. Al entrar, encontró a Fabián luchando por respirar, pero sus ojos estaban fijos en la pared, donde una sombra alta se proyectaba sin que hubiera nadie allí para causarla.
—Doctora... —logró decir Fabián con un hilo de voz—. El contrato... está en el corazón del niño, en el corazón del niño.
De repente Fabián dejo de respirar, los monitores enloquecieron, la sombra negra se acercó a Anya, aunque Ian fue mucho más ágil logrando sacarla de aquella sala, los doctores que ella conocía muy bien pasaban ante sus ojos ignorando su presencia, era como si no lograrán verla.
—Debemos salir de aquí —susurro Ian —Estoy usando mucha energía y Marcus la puede rastrear.
Anya siguió a Ian hacia una salida, sus pensamientos estaban confusos. No entendió a qué niño se refería su viejo amigo y ahora una nueva duda se cernía sobre ella.