En un mundo dividido por siglos de guerra entre humanos y vampiros, Lin Xue —la Guerrera Estelar de la Secta del Nube Blanca, con el poder del Qi Estelar que canaliza la energía de las estrellas— y Kael —el rey vampiro de la Casa de la Sombra Negra, con la magia de la sangre que absorbe la vida misma— se enfrentan en la Batalla del Cielo Roto. En un último acto de desesperación y amor, se fusionan para detener la destrucción del mundo y mueren juntos.
Pero el universo les da una segunda oportunidad: son reencarnados como niños huérfanos en un bosque oscuro, con recuerdos fragmentados de su vida anterior. Cuando se encuentran, reconocen en el otro la conexión que trasciende la muerte y deciden cambiar el curso de la historia. Juntos, fundan la Secta de la Estrella y la Sangre —un refugio donde humanos y vampiros pueden vivir, entrenar y aprender juntos— y crean el Estilo Estelar Sanguíneo, una forma de artes marciales que fusiona el poder de las estrellas y la magia de la sangre.
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EL REINO OCULTO Y LA UNIÓN ETERNA
Solo dos meses habían pasado desde que Lin Xue y Kael hubieran traído la paz al Reino de las Montañas Heladas. El vínculo entre los dos reinos se había fortalecido: intercambiaban mercancías, estudiantes y guardianes, y juntos estaban construyendo una ruta que conectara sus tierras. Lin Xue y Kael, ahora de 30 y 31 años, estaban enseñando a Xing —ya de 6 años— a fusionar la energía de la estrella, la sangre, la montaña y el bosque en su magia.
Un día de invierno, mientras nevaba en el valle, llegaron tres seres extraños a la secta. No eran humanos, ni vampiros, ni hombres de la montaña, ni elfos. Eran altos, con piel de color azul oscuro y ojos que brillaban como las estrellas del norte. Llevaban ropas de tela brillante y tenían alas pequeñas en la espalda que no parecían servir para volar.
“Somos de el Reino Oculto de las Profundidades,” dijo su líder, una mujer llamada Nara con el pelo como el hielo. “Hemos estado observando a vuestros reinos durante meses —la paz que habéis creado, la unión que habéis construido. Necesitamos vuestra ayuda.”
Lin Xue y Kael se miraron, sorprendidos. Nunca habían escuchado hablar del Reino Oculto de las Profundidades. “¿Dónde está vuestro reino?” preguntó Kael.
“Bajo la tierra,” dijo Nara. “En las cavernas profundas que se extienden bajo todos los reinos. Hemos vivido allí en aislamiento durante siglos, pero ahora nuestro reino está en peligro.”
“¿De qué?” preguntó Lin Xue.
“De la rotura de la Tierra Madre,” dijo Nara, con voz triste. “Las cavernas están cediendo, el agua se está contaminando, y nuestras plantas mágicas están muriendo. Creemos que es por la energía de las guerras pasadas —la oscuridad que se ha infiltrado en la tierra y que ahora está destruyéndonos.”
Mei llegó y escuchó la historia. “Si la Tierra Madre se rompe, afectará a todos los reinos —tanto los de arriba como los de abajo,” dijo. “Tenemos que ayudarles.”
“Pero cómo?” preguntó Tian. “Nadie ha estado en el Reino Oculto. No sabemos lo que nos esperará.”
“Con lo que hemos aprendido,” dijo Lin Xue. “La unión no conoce límites —ni entre reinos, ni entre tierras arriba y abajo. Vamos a ir con ellos.”
Kael asintió. “Llevaremos a Luna, a los mejores curanderos y guardianes, y a algunos elfos y hombres de la montaña. Juntos, fusionaremos nuestras energías para curar a la Tierra Madre.”
Nara se emocionó hasta las lágrimas. “Nadie ha querido ayudarnos nunca,” dijo. “Todos creen que somos monstruos por vivir bajo la tierra.”
“Nadie es un monstruo,” dijo Lin Xue. “Todos somos seres vivos que merecen paz y vida.”
Al día siguiente, el grupo se puso en camino. Nara los llevó a una cueva oculta en la montaña del oeste, donde había una entrada a las profundidades. La cueva era oscura, pero Nara y sus compañeros encendieron sus ojos para iluminar el camino. Bajaron por escaleras de roca durante horas, hasta que llegaron a un lugar que les dejó boquiabiertos.
El Reino Oculto de las Profundidades era hermoso: cavernas con paredes de cristal que reflejaban la luz de las estrellas que brillaban desde el techo (creadas por la magia de sus habitantes), ríos de agua clara que fluían por el suelo, y plantas mágicas de color verde brillante que crecían sin sol. Pero también se veía el daño: algunas paredes estaban rotas, el agua de algunos ríos estaba oscura, y muchas plantas estaban marchitas.
“El centro del reino es donde la Tierra Madre está más dañada,” dijo Nara. “Es el lugar donde se concentró la oscuridad de las guerras pasadas. Si no la curamos en tres días, la rotura se extenderá por todo el reino —y por todas las tierras arriba.”
El grupo se dirigió al centro del reino, donde había una cueva gigante con una roca central de color negro —la Tierra Madre. La roca estaba llena de grietas, y de ellas salía una oscuridad tenue que contaminaba el aire.
“La curación necesitará la fusión de todas las energías que tenemos,” dijo Kael. “La estrella de los humanos, la sangre de los vampiros, la montaña de los hombres, el bosque de los elfos y la profundidad de vosotros.”
Nara asintió. “Nuestra energía es la de las estrellas de abajo,” dijo. “La que brilla en el techo de nuestras cavernas. Podemos fusionarla con las vuestras.”
El grupo se formó en círculo alrededor de la roca de la Tierra Madre. Lin Xue empezó con su energía de la estrella, Kael siguió con su magia de la sangre, Grom (que había venido de la montaña) con la energía de la montaña, Elara (que también había venido) con la magia del bosque, y Nara con la energía de las profundidades.
La luz de todas las energías se fusionó en una esfera multicolor —azul, roja, marrón, verde y morado— que brilló con una intensidad tan grande que iluminó todo el reino. La esfera se acercó a la roca de la Tierra Madre y empezó a purgar la oscuridad.
Pero la oscuridad era más fuerte de lo que imaginaban. La esfera empezó a disminuir de tamaño, y la rotura de la roca empeoró. “Necesitamos más energía,” dijo Lin Xue, con esfuerzo.
En ese momento, Xing —que había venido con ellos, a pesar de los riesgos— se acercó al círculo. “Yo también puedo ayudar,” dijo, con voz firme.
Lin Xue y Kael se miraron, preocupados. Pero vieron la determinación en sus ojos y asintieron. Xing se colocó en el centro del círculo y canalizó toda su energía: la estrella, la sangre, la montaña, el bosque y la profundidad —todas fusionadas en una luz pequeña pero muy fuerte.
Su luz se unió a la esfera multicolor, y esta se intensificó de repente. La oscuridad empezó a desaparecer, y las grietas de la roca de la Tierra Madre empezaron a cerrarse. El agua de los ríos volvió a ser clara, y las plantas marchitas empezaron a revivir.
Después de horas de esfuerzo, la curación terminó. La roca de la Tierra Madre estaba intacta, brillando con una luz dorada, y la oscuridad había desaparecido completamente del reino.
Todos se derrumbaron de cansancio, pero con alegría. Nara se acercó a Xing y le tocó la cabeza con cariño. “Tu energía es la clave,” dijo. “La unión de todas las energías en un solo ser —eso es lo que la Tierra Madre necesitaba.”
El grupo se reunió en el centro del reino para celebrar. Los habitantes del Reino Oculto prepararon una comida con sus plantas mágicas, y todos hablaron de cómo construir vínculos entre sus reinos. Acordaron abrir una ruta permanente entre el Reino Oculto y el Valle de la Estrella y la Sangre, y de intercambiar estudiantes y magos para aprender unos de otros.
Mientras celebraban, Lin Xue sintió una energía que nunca había sentido antes. Miró al cielo de cristal del reino, y vio que las estrellas de abajo se estaban fusionando con las estrellas de arriba —que se veían a través de una apertura en la tierra.
“La unión es eterna,” dijo Kael, acercándose a ella. “No importa dónde vivamos —arriba o abajo, en montañas o bosques— todos formamos parte de la misma Tierra Madre.”
Lin Xue asintió. “Y el legado de la estrella y la sangre se ha extendido más allá de lo que jamás imaginamos,” dijo. “Ahora incluye a los hombres de la montaña, los elfos y los habitantes de las profundidades. La unión no tiene fin.”
Al día siguiente, el grupo se preparó para volver al valle. Nara le dio a Lin Xue un collar de cristal negro que brillaba con las estrellas de las profundidades. “Para recordaros que la Tierra Madre nos une a todos,” dijo.
El viaje de regreso fue más rápido, y llegaron al Valle de la Estrella y la Sangre al atardecer. Los miembros de la secta, el Gran Consejo y representantes de los reinos vecinos estaban esperándolos con banderas de todos los colores —azul, roja, marrón, verde y morado.
Lin Xue y Kael se pararon en la roca estrella-luna, con Xing a su lado y todos los líderes de los reinos a su alrededor. Hablaron con voz clara que se escuchó por todo el valle: “Amigos de todos los reinos, hoy hemos hecho lo imposible. Hemos curado a la Tierra Madre y hemos unido un reino que vivía en oscuridad y aislamiento. Hemos aprendido que la unión no conoce fronteras —ni entre tierras, ni entre seres diferentes. Todos somos parte de un solo mundo, y solo juntos podemos protegerlo.”
“El ciclo de la estrella y la sangre ha evolucionado,” dijo Kael. “Ahora es el ciclo de la unión eterna —que incluye a todos los seres que quieren vivir en paz y armonía. Este valle es el corazón de ese ciclo, y el Templo de la Estrella y la Sangre es su alma.”
Mei se paró a su lado. “A partir de hoy, todos los reinos formaremos el Consejo Mundial de la Unión,” dijo. “Un grupo de líderes que se reunirá aquí para tomar decisiones, resolver conflictos y construir un futuro mejor para todos.”
Todos gritaron de alegría, y la luz de todas las energías —estrella, sangre, montaña, bosque y profundidad— se fusionó en el cielo, creando una forma que era a la vez una estrella, una luna, una montaña, un árbol y una caverna.
Lin Xue y Kael caminaron por el prado del valle, con Xing corriendo a su lado y los líderes de los reinos siguiéndolos. Miraron al reino que había crecido hasta convertirse en un mundo unido, y sabían que su historia estaba aún en curso —que había más seres a unir, más desafíos a enfrentar. Pero también sabían que tenían la unión eterna, el amor de su familia y el legado que se extendía por todas las tierras y profundidades.
“¿Recuerdas cuando solo éramos dos, luchando por la paz en un valle pequeño?” preguntó Kael.
“Sí,” dijo Lin Xue, tomando su mano. “Y ahora somos un mundo. Juntos, hemos hecho lo imposible. Y juntos, seguiremos haciendo lo imposible.”
Se besaron bajo la luz del cielo multicolor, mientras Xing corría alrededor de ellos, creando pequeñas esferas de luz que representaban la unión de todos los reinos. El ciclo de la estrella y la sangre había llegado a su máxima expresión: la unión eterna de todos los seres vivos.