A veces los sentimientos llegan cuando menos deberían.
Una noche cualquiera, una convivencia inesperada y una conexión que nunca estuvo en los planes.
Esta no es una historia perfecta, es real, intensa y llena de decisiones que marcan para siempre.
Porque hay amores que no se buscan… simplemente pasan.
NovelToon tiene autorización de M. Valen para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: Cuando el silencio empezó a doler.
Cuando llegué al hospital saludé a las chicas como siempre, intentando fingir que todo estaba bien. Caminaba, sonreía, respondía… pero por dentro estaba completamente ida. Tenía la cabeza llena de ruido y el corazón cansado. Sabía que podía engañar a cualquiera, menos a Natali. Ella me conocía demasiado.
No pasaron ni cinco minutos cuando me miró fijo.
Natali: Cuenta… ¿qué pasó? ¿Hablaste con Ale?
La miré y dudé un segundo. Ese segundo en el que decides si proteges la verdad o si te proteges a ti misma. Pero perdí.
Melani: No, Nat… no hablé con Ale.
Sentí el nudo formarse en la garganta, y ella lo notó al instante.
Natali: ¿Qué pasó realmente? Se nota que no estás bien, Mel.
Y ahí ya no pude más. Le conté todo. La conversación con su mamá, la prohibición, la noche en camas separadas, el silencio. No omití nada. Mientras hablaba, Natali se iba llenando de rabia. Una rabia que yo no tenía fuerzas para sentir.
Natali: Te lo dije, Mel. Esto no iba a funcionar. Él es un idiota.
Ni siquiera tuvo el valor de despertarte y hablar contigo. Prefirió dejarte sola con todo eso encima. Eso no se hace.
Cada palabra era como un golpe directo al pecho. No dije nada. No quise defenderlo. Tampoco quise defenderme a mí por haber pensado que ese secreto seguiría oculto.
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Nos fuimos cada una a nuestro servicio. Yo solo quería que el día pasara rápido, pero parecía eterno. Me aguanté los comentarios, las miradas, el cansancio.
Cuando por fin terminó la jornada, acompañe a las chicas a irse y luego subí a la casa sin escribirle a Alejandro. Tenía miedo de decir cosas que no debía, de lastimarlo… o de lastimarme más.
Para distraerme me puse a hacer las láminas en PowerPoint para la defensa, pero el celular no dejaba de vibrar. Mensajes de todos. No respondí ninguno.
A las seis de la tarde decidí revisar. Primero Natali.
“Mel, ¿cómo estás?”
“Mel, respóndeme.”
“Por favor dime que estás bien.”
Le contesté corto.
Melani: Hola nena, disculpa. Estaba ocupada.
Karen también había escrito, preocupada. Mi mamá, ajena a todo, con su mensaje normal de siempre. Angel, mi mejor amigo.
Y entonces… Alejandro.
Mensaje tras mensaje. Uno detrás del otro. Preocupación, culpa, angustia.
“Mor, llegué tarde y no quise despertarte.”
“No podía dormir contigo, mi mamá me lo prohibió.”
“Necesitamos hablar.”
“Por favor dime que estás bien.”
“No me hagas esto.”
Sentí un vacío horrible.
Le respondí con las manos temblando.
Melani: Hola… disculpa. Pasé el día full. Estoy cansada y no me siento bien. Cuando llegues hablamos.
Su respuesta fue inmediata.
Alejandro: Princesa, me tenías preocupado. ¿Necesitas algo? Te llevo lo que sea.
Le pedí pastillas y dulces. Necesitaba algo que me sacara, aunque fuera un poco, de mi cabeza.
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Cuando llegó a casa, no salí del cuarto. Escuché su voz saludando, riendo, fingiendo normalidad. Minutos después entró.
Me miró. Se dio cuenta de todo sin que yo dijera una palabra.
Se sentó en la cama y me tomó el rostro con ambas manos.
Alejandro: ¿Estás bien, mor?
Melani: Sí… tranquilo.
Mentí. Y él lo supo, pero no insistió. Me besó la frente, busco su mochila y sacó los dulces, el yogurt, el sándwich. Ese gesto tan suyo que siempre lograba romperme un poco más.
Lo abracé sin pensarlo. Necesitaba ese abrazo más que cualquier explicación.
Después de comer, salió del baño solo con la toalla. Me quedé mirándolo sin darme cuenta.
Alejandro: ¿Te gusta lo que ves?
Me dio tanta pena que salí casi corriendo al baño. Cuando volví, me senté en la cama, incapaz de dormir sin él.
Se acercó otra vez.
Alejandro: ¿Qué tienes, mor?
Melani: No quiero seguir durmiendo sin ti…
Me abrazó con fuerza.
Alejandro: Espera a que todos se duerman. Y dormire contigo, ¿sí?
¿Puedes esperarme?
Melani: Sí…
Porque aunque todo estaba mal, aunque el silencio dolía más que cualquier discusión, yo todavía lo necesitaba. Y esa noche, más que nunca, supe que lo difícil no era dejarlo…
era aprender a hacerlo sin romperme en el intento.