Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 3: Es él.
Anabel salió cuando la casa quedó en silencio. Esperó el sonido del carruaje alejándose, el cierre del portón principal, el eco de los pasos de su marido perdiéndose en el camino hacia la corte. No se movió hasta estar segura. En esa casa, la paciencia era una forma de supervivencia.
Se cubrió con una capucha oscura que ocultaba su rostro y parte del cabello. No eligió un vestido llamativo. Tomó uno sencillo, de lana gruesa, usado, uno que no delatara su posición. No llevaba joyas. No llevaba nada que pudiera identificarla como la esposa de un noble.
Abrió la puerta lateral con cuidado. El aire helado entró de golpe. Nevaba con fuerza. Copos grandes caían sin pausa, cubriendo los caminos y apagando los sonidos. Anabel ajustó la capa alrededor de su cuerpo y salió.
Nadie la vio.
El camino hacia el pueblo descendía en pendiente. La nieve hacía resbaloso el trayecto, pero ella avanzó sin detenerse. Sus botas se hundían en el blanco espeso. El frío le calaba las piernas, pero no redujo el paso. Había esperado demasiado para llegar hasta ahí como para retroceder por incomodidad.
Mientras bajaba, pensó en lo que estaba haciendo. Sabía que, si era descubierta, las consecuencias serían severas. Sabía que su marido no la perdonaría. Aun así, siguió caminando.
El pueblo apareció poco a poco, cubierto por una capa desigual de nieve sucia. Las casas eran pequeñas, apretadas unas contra otras. De algunas chimeneas salía humo. De otras, nada. Las calles estaban casi vacías. La gente se refugiaba del clima y de todo lo demás.
Anabel caminó sin prisa, observando. No miraba con curiosidad, sino con atención. Vio rostros cansados, manos enrojecidas por el frío, miradas que se apartaban rápido cuando alguien mejor vestido pasaba cerca. Nadie la reconoció. Nadie tenía motivos para hacerlo.
La primera taberna estaba casi llena. Desde afuera escuchó risas fuertes, voces alteradas. Se detuvo un momento, observó por la ventana. Había hombres bebiendo, jugando cartas, hablando en voz alta. No vio lo que buscaba. Siguió.
La segunda era más pequeña. Menos ruido. Más suciedad. Entró, pidió una bebida barata y se sentó en un rincón. Escuchó. Nadie decía nada relevante. Pagó y se fue.
La tercera estaba casi vacía. Un par de clientes dormían sobre las mesas. El tabernero limpiaba vasos sin entusiasmo. Anabel dio un vistazo rápido y salió antes de que alguien le prestara atención.
El frío empeoraba. La nieve caía con más fuerza. Aun así, siguió.
En la cuarta taberna, ni siquiera entró. Justo cuando se acercaba a la puerta, esta se abrió de golpe. Un hombre salió despedido hacia la calle, empujado sin cuidado. Cayó de rodillas a los pies de Anabel y luego se desplomó de costado.
—Y no vuelvas —gruñó el dueño desde la puerta—. Ya bebiste suficiente.
Cerró de un portazo.
Anabel miró al hombre en el suelo. Estaba sucio, maloliente, con la ropa vieja y rota. La barba larga, descuidada, completamente blanca. El cabello igual de largo, cubierto de nieve. A primera vista parecía un anciano. Pero algo no encajaba. Sus manos eran firmes. Su cuerpo, pese al alcohol, no estaba débil. Era un hombre que se había dejado caer, no uno que ya no podía sostenerse.
Lo reconoció de inmediato.
Se agachó sin dudarlo y lo ayudó a incorporarse.
—Déjeme —gruñó él, apartándola—. No necesito ayuda.
—Te vas a congelar ahí —respondió ella con calma.
Él la miró con los ojos entrecerrados, evaluándola.
—Eso no es asunto suyo.
Intentó ponerse de pie solo. Dio un par de pasos torpes y luego se rió.
—Míreme —dijo con burla—. Un espectáculo lamentable.
Anabel no respondió. Lo observó y esperó.
Él se dio media vuelta y empezó a caminar, dándole la espalda. Avanzó unos metros con paso irregular.
—Espere —dijo ella.
No se detuvo.
—Por favor —añadió—. Necesito que me ayudes.
El hombre se rió con ganas. Una risa áspera.
—Eso dicen todos —respondió sin girarse—. Y siempre terminan pidiendo lo mismo.
Siguió caminando.
Anabel apretó los labios. Sabía que esa parte podía fallar. Aun así, dijo:
—Le pagaré lo que sea.
El hombre se detuvo en seco.
Giró lentamente y la miró de arriba abajo. Sus ojos eran claros con el hielo, atentos, demasiado lúcidos para alguien tan borracho.
—¿Lo que sea? —preguntó.
—Sí.
Él asintió una vez.
—Entonces vuelva a entrar —dijo señalando la taberna—. Pagará mi cuenta. Y me dará un plato de comida caliente.
Anabel se sorprendió. Esperaba una cifra. No eso.
—Está bien —respondió sin vacilar.
Entraron. El tabernero los miró con desconfianza.
—¿Otra vez tú? —dijo al hombre—. Ya te dije que no…
—Ella paga —interrumpió él, señalando a Anabel.
El tabernero la miró. La evaluó rápido. Asintió.
—Bien. La cuenta pendiente y la comida.
Anabel sacó el dinero y lo dejó sobre la barra. No discutió. Tampoco preguntó. El tabernero tomó las monedas y fue a la cocina.
Se sentaron en una mesa cercana a la pared. El hombre no dijo nada. Anabel tampoco. Esperó.
Cuando llegó el plato, él no perdió tiempo. Comió con rapidez, sin modales, como alguien que no sabe cuándo volverá a hacerlo. No dejó nada. Limpió el plato con un pedazo de pan y bebió hasta la última gota.
Anabel lo observó sin hablar.
Cuando terminó, se limpió la boca con la manga y se levantó.
—Listo —dijo—. Gracias por la comida.
Y se fue.
Anabel se levantó de inmediato y lo siguió. Lo alcanzó en la puerta.
—¡Oye! —dijo, tomándolo del brazo.
Él se soltó con brusquedad.
—Tienes que escucharme.
—No —dijo él—. No tengo por qué.
—Te pagué.
—Pagó una comida. No compró mi tiempo.
Anabel respiró hondo. Afuera, la nieve seguía cayendo.
—No voy a rogarte —dijo—. Solo necesito que escuches. Después puedes irte.
Él la miró. Dudó. Estaba lleno, caliente, y la cuenta estaba saldada. Eso cambiaba las cosas.
—Cinco minutos —dijo—. No más.
Caminaron unos pasos hasta quedar bajo un alero. El viento golpeaba fuerte.
—Habla —ordenó él—. Y rápido.
Anabel no empezó de inmediato. Lo miró con atención. Ya no veía a un vagabundo. Veía a un hombre cansado y derrotado. Ella le explicó la situación. No interrumpió. Tampoco hizo mueca. Parecía no importarle nada.
—Necesito saber si estás dispuesto a hacerlo —dijo al final—. Se que es arriesgado, podemos conseguir más aliados y-
—No —respondió él sin pensar—. No sé quién eres. Y creo que me confundes con otro vagabundo.
Se dio media vuelta.
Anabel habló antes de que diera el primer paso.
—Vladimir Oak.
El efecto fue inmediato. Él se detuvo en seco. No se giró. No habló. Pero su cuerpo se tensó por completo.
—No lo volveré a repetir —continuó ella—. Necesito tu ayuda para liberar a un pueblo entero.
El silencio fue pesado. La nieve seguía cayendo, pero parecía no existir.
Vladimir giró lentamente. Su expresión ya no era burlona ni indiferente. Era dura.
—¿Cómo conoces ese nombre? —preguntó.
—Alguien que sabe quién eras —respondió Anabel—. Y quién puedes volver a ser.
Él la miró largo rato. Sus ojos grises la recorrieron con atención real esta vez.
—Eso es una mala broma —dijo—. Y una peligrosa.
—No estoy bromeando.
—Deberías —respondió—. Porque usar ese nombre puede costarte la vida.
—Ya he perdido una —dijo ella con calma—. No me intimida.
Vladimir soltó una risa corta, sin humor.
—Eres una mujer rica jugando a ser salvadora. Lo sé. Aunque vista así, nadie viene con más de 5 bronce aquí.
—No —dijo Anabel—. Soy alguien que no permitiré vivir más así.
—¿Y crees que yo soy la solución a tus problemas?
—Creo que eres parte de ella.
Él negó con la cabeza.
—Estás equivocada.
—No lo estoy.
—No sabes nada de mí.
—Sé que desapareciste después de enfrentarte a la corona —respondió—. Sé que te culparon de crímenes que no cometiste. Sé que te dejaron caer para que sirvieras de ejemplo. Eras un gran noble en la corte y un guerrero excepcional.
Vladimir apretó los puños.
—Cállate. Vete a casa —dijo él al fin—. Olvida esto.
—No puedo.
—Entonces morirás —respondió—. O algo peor.
Anabel sostuvo su mirada.
—Prefiero eso a quedarme quieta.
Vladimir la observó como si la viera por primera vez.
—¿Qué pueblo? —preguntó.
—Los principales que se estan ahogando mientras la corte mira hacia otro lado.
Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya había tomado una decisión.
—No. Ya no es mi problema.
Afirmó tan seguro, que cuando una ráfaga de viento cortó su vista, él desapareció.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí