Ricco Salvatore nació en la cima de la cadena.
Heredero de una de las familias más temidas de España, lleva el caos en la sangre y el peligro en la sombra de cada paso.
Pero el día en que una joven empleada doméstica se desmaya en el baby shower de su cuñada, revelando un mundo de agresiones escondidas bajo maquillaje y silencio… Ricco ve algo para lo cual ningún imperio lo había preparado:
Vulnerabilidad. Pureza. Y un valor silencioso.
Ana Lua, criada en la periferia, lo perdió todo; los padres huyeron a México, el hermano la odia y la maltrata, y el novio se volvió cómplice del dolor.
Ricco la salva una vez. Luego, otra.
Y cuando empieza a descubrir su pasado, intenta impedir que sufra, mientras ella trata de empezar de nuevo. Entonces se da cuenta de que la cercanía y la protección pueden ser tan peligrosas como los golpes que recibía.
Porque Ricco Salvatore no sabe jugar.
Él cuida. Él protege.
Y cuando ama, es hasta el final, o hasta la destrucción.
NovelToon tiene autorización de ESTER ÁVILA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24
Todos se fueron, uno a uno, dejando atrás abrazos apretados, miradas cómplices y esa alegría ruidosa que solo una familia verdadera sabe hacer, cosa que un tiempo no me agradaba, pero que ahora parecía traer un sentido diferente para mí. Pero cuando la última puerta se cerró… fue como si el mundo entero hubiera disminuido de tamaño y cabido solo en ella.
En la mujer que sería mi esposa.
Ella se volteó de espaldas hacia mí, yendo en dirección a la escalera con pasos lentos, casi discretos, tal vez tímidos. Pero yo la conozco. Y en ese instante, algo dentro de mí gritó que no… ella no debería subir sola.
—¿Dónde piensas que vas, Salazar? —pregunté con una sonrisa torcida.
Ella se detuvo y miró por encima del hombro, el brillo en los ojos mezclado al cansancio y a la ansiedad que yo también cargaba en el pecho.
—Subir… ¿eh? Creo que tenemos cosas que hacer —habló tonta.
—No hoy. Hoy vas como mereces.
Antes de que ella pudiera responder, yo la tomé en brazos, en el colo, como quien carga el mayor de los tesoros. Y lo era. Ella lo era. Y siempre lo sería.
—Ricco… —susurró contra mi cuello—. ¿Vas a mimarme para siempre?
—No. Solo por la eternidad. Después de eso, negociamos en el cielo.
Ella rió bajito, esa risa que desarma, que calienta, que hace que cualquier hombre olvide que ya vio guerra o sangre. Y mientras subíamos las escaleras, yo no paraba de hablar con ella. No porque faltaban palabras, sino porque ellas transbordaban.
—¿Sabes lo que hiciste conmigo, verdad? —pregunté, acercando mi boca cerca de su oreja—. Entraste aquí… rasgaste todo y reconstruiste a tu manera. Mi pecho, mi vida… todo.
—Hablas bonito cuando estás a punto de desvestirme, Ricco.
—Hablo bonito porque tú mereces poesía hasta cuando te acorralo con deseo.
Ella calló.
Pero su cuerpo me contó todo lo que ella quería decir.
Empujé la puerta de la habitación con el pie y la coloqué despacio sobre las sábanas blancas que ella eligió con tanto cariño. Ella se acostó mirando para mí, con esa mezcla de coraje y nervio, de quien ya vivió el infierno, pero ahora quiere conocer el cielo.
—Ana Lua… —susurré, arrodillándome a los pies de la cama—. Te amo. Te amo desde que te miré por primera vez en ese maldito pasillo —abría los botones del vestido—. Y si tú quieres, si aún es tu elección… yo voy a pasar el resto de mi vida recordándote que nunca más va a doler.
Ella asintió. Y había algo de mágico en ese gesto.
—Muéstrame —dijo, firme abriendo las piernas, dándome total visión, y era una delicia.
Entonces mostré, me arqueé sobre su cuerpo, mientras abría su ropa íntima, besé su cicatriz. Cuando esa prenda de ropa cayó sus senos saltaron para fuera, perfectos para mí, ella no tenía vergüenza, su cuerpo ya era mío, su alma ya era mía.
—Esperé desesperadamente por esto, —hablé mientras acaricié sus senos, chupándolos con cuidado.
—Quería hacer esto desde el día que me ayudaste en aquel baño, quiero que me muestres que puede ser bueno, que apague cada recuerdo malo.
E hice, arrodillado delante de ella mi lengua finalmente recorrió el camino de placer, mis dedos agarraban sus piernas y la jalé más para mí, ella arqueaba el cuerpo, gemía, clamaba por mi nombre.
—Ahh, ahh Ricco, hazme tuya, necesito sentirte dentro de mí, eso amor.
—Que mierda Ana, mi Lua, que delicia de coñito, tan mojada, tan apretadita. —hablé mientras la miraba así, sus labios rosados y su miel escurriendo eran una delicia.
En un impulso la volteé, su culo bien redondo así, apuntando para mí, esa cinturita deliciosa, sus cabellos rebeldes danzaban mientras ella llevaba la mano al sexo y continuaba dándose el placer.
—Necesito entrar en ti, ¿puedo cacharte? —pregunté con mi pene pincelando en aquel hueco pequeño que era mi próximo plan.
—Sí, mata mi voluntad amor, fóllame. —ella habló y entré, así que sintió mi cabeza a invadirla ella contrajo, no sé si dolió, pero me excitó.
—¿Dolió? —cuestioné.
—No, quiero más amor, quiero oírte mientras me invades, quiero oír tu voz, saber que eres tú, apagar el pasado. —ella habló entre gemidos.
—Mi delicia, tú eres mía, mi Lua. —hablé y entré lentamente—. Quiero sentirte apretándome, eyaculando en mi pene, eyaculando en tu macho, llenarte con mi mierda hasta verte gritar, tu coñito va a quedar latiendo de tanto que vamos a coger, y tú no vas nunca más a pensar en otra cosa. —la estuve con fuerza en la última palabra, aquello fue el fin, ella pidió más y di, más pene, mis bolas golpeando en su culo, ella revolcándose.
—Más, más amor. Ahhhhh —ella gemía.
—Ya jodiste con mi juicio, Ana, voy a llenarte, puedo eyacular adentro, ¿verdad?, yo voy a eyacular. —No dio ni, tiempo de responder y me derramé, su entrega tan perfecta, la emoción, todo fue una unión que me conmovió la mente, ella gustó, ella eyaculó y consumamos nuestro amor.
—Tú eres mi vida Ana Lua Salazar, y ojalá que yo te embarace luego, para que tengamos una miniatura nuestra andando por la casa y daremos un primito a los gemelos del Edu. —hablé y ella sonrió.
Estaba tan cansada que ni respondió, entonces la tomé en el colo y fuimos a tomar un baño.
El agua escurría lenta sobre nuestras pieles, como si hasta ella supiera que la prisa allí no era bienvenida. Estábamos dentro del box, juntos, bajo la ducha caliente que caía como una lluvia calma después de una tempestad.
Yo la sujetaba por la cintura, la barbilla apoyada en la cima de su cabeza. Sentía su respiración tranquila, los dedos haciendo dibujos distraídos en mis espaldas. Era extraño… estar tan leve después de tanto peso. Pero allí, con ella, todo parecía posible.
—Podríamos casarnos el próximo mes —murmuró, con la frente apoyada en su pecho.
—¿El mes que viene? —pregunté consciente de que podíamos casarnos hoy, todo lo que ella quisiera—. No pierdes tiempo.
—Ya perdí demasiado —levantó el rostro—. No quiero nada muy grande. Una fiesta simple, solo para nosotros y los nuestros. Creo que es suficiente.
—Ana Lua… tú sabes que con tu madre y la mía involucradas, hasta "simple" va a salir con tapete bordado y flores descendiendo del techo, ¿verdad?
Ella sonrió, eso era mi sonido favorito.
—Es… tal vez tengas razón. A los Salazar les gusta hacer todo parecer película.
—Y ahora tú eres una Salazar de vuelta. Y una Salvatore por elección —respondí, siempre emocionado, ella escogió quedarse.
Terminé de enjuagar el cuerpo y me sequé, vestí el calzoncillo y fui al cuarto a cambiar la sábana, ella vino atrás y cuando fue a vestir la ropa la impedí.
Nos acostamos juntos, los cuerpos aún calentados, las piernas entrelazadas como si ya no supiéramos más existir separados.
—No va a haber casamiento simple —hablé con una sonrisa en el canto de la boca, los dedos jugando con mi cabello—. Pero va a haber todo del modo que tú quieras. Solo te pido una cosa.
—¿Cuál?
—Que después de todo eso… tú continúes mirándome así. Como si yo fuera tu lugar en el mundo.
Cerré los ojos y me acurruqué con ella, sintiendo el corazón latir en paz nuevamente.
—Tú ya lo eres, Ricco. Siempre lo fuiste. Aún cuando yo aún no lo sabía.
En aquella noche, no hubo grito, ni prisa.
Ella adormeció con la mano entrelazada en la mía. El cuerpo exhausto, pero leve. Y antes de cerrar los ojos, ella dijo, tan bajo que tal vez ni hubiera dicho con la boca:
—Ahora sí… yo existo.
Solo nosotros dos.
Y un comienzo que ella siempre mereció, pero que solo ahora, conmigo… en fin, llegó.