Fernanda y Francisco.
Una historia de amor que va mas alla de todo los prejuicios.
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Cap 14
Después de entregarle el dinero a Don Martín, revisaba distraídamente mi celular cuando una voz cortante me sobresaltó.
—Vine a advertirte que te alejes de mi prometido —escuché de repente. Levanté la mirada y, para nada sorprendida, encontré frente a mí a la frívola rubia.
—Hola, rubia. ¿Estás hablando de mi marido? —respondí con una sonrisa divertida, dispuesta a provocarla un poco.
—¿Te estás burlando de mí, estúpida? —me espetó con furia.
—No, para nada. Solo te recuerdo que sigo siendo yo la esposa —le dije despacio, con un tono que dejaba claro lo patética que me parecía.
—Me encargaré de que eso se termine, aunque él tenga que quedarse viudo —me amenazó, pero no pude contener la risa.
En ese instante, Camilo, el príncipe azul de Carina, intervino con voz firme:
—Sahari, aléjate de ella si no quieres tener problemas con el jefe.
—Tú no te metas —le respondió la rubia con desafío.
—Claro que me voy a meter. ¿Cómo se te ocurre amenazarla? Y menos decir que eres su prometida, cuando sabes perfectamente que no es así —replicó Camilo con autoridad.
—Uuuh, ¿con que era mentira? Solo eres una arrastrada —le lancé yo, y cuando intentó abofetearme, detuve su mano con firmeza.
—Ni se te ocurra, rubia. No me busques que me vas a encontrar. Y es la última vez que me levantas la mano —le advertí, soltando su mano con determinación y alejándome. Observé entonces que Francisco se acercaba al grupo, aunque no me detuve a mirar más.
***
Al llegar al evento, nos recibieron con calidez. Sabía que Fernanda formaba parte de la comisión organizadora, así que desde que entré mis ojos la buscaron. La vi sentada, conversando con una chica. Es hermosa, pensé, sin necesidad de maquillaje alguno. Su larga cabellera brillaba bajo la luz, y aunque yo no dejaba de mirarla, ella no me prestaba atención.
Cuando el señor encargado nos condujo para inscribir nuestro equipo, tuve la oportunidad de verla de cerca. Ya se había quitado el parche que cubría la cicatriz en su rostro; no era muy grande, pero me sentí culpable por eso. Más adelante, cuando vivamos juntas, la convenceré de hacerse una cirugía para mejorar su apariencia.
Cuando ella preguntó en qué categoría nos íbamos a inscribir, Sahari respondió de mala manera. Me sorprendió mucho; parecía que ya se conocían, pero Fernanda no le prestó atención. Al preguntarle sobre ello, me contó que Sahari se había presentado en su trabajo como la prometida de Francisco, algo que me dejó aún más intrigada. Quería saber más, pero justo llegó un hombre que trató a Fernanda con mucha confianza, y eso no me gustó. Ella le correspondió, lo que me incomodó profundamente.
Me aparté para no perder el control. Luego vi a Fernanda dirigirse hacia el señor encargado y, después, quedarse sola. Sahari se acercó a ella y noté que hablaban, con Camilo muy cerca. Fernanda sonreía cada vez que Sahari hablaba, aunque parecía no darle importancia. Cuando Camilo intervino, y Fernanda se alejó, me acerqué a ellos para hablar.
—¿Pasó algo? —pregunté.
—Sí, pero lo hablaremos en casa. Este no es el lugar ni el momento —me respondió Camilo, mirando con desdén a Sahari.
No insistí más y me senté en el lugar que me habían preparado. Sin embargo, no podía dejar de inquietarme por lo que Camilo había dicho. Tampoco dejaba de observar a mi esposa: es chaparra, pero su cuerpo es espectacular. En el pasado no llegamos a tener intimidad, y ahora me arrepiento profundamente. Siempre me pregunto: ¿habrá entregado ya su amor a alguien más o sigue siendo virgen?
***
Ayer regresamos un poco tarde del torneo. Desde temprano no vi a Fernanda; se había ido antes. Esta mañana, mientras desayunaba en el jardín, recibí una llamada del abogado Martínez. Me informó que ya tenía todos los documentos y que mañana mismo vendría a entregármelos. Aquella era una noticia increíble: tener esos documentos significaba que pronto mi esposa viviría conmigo aquí.
—Tata, ¿ya despertó Camilo? —pregunté a la señora de la casa.
—Sí, señor —respondió.
—Dile que venga, y también a Sahari —le pedí, y ella se retiró.
Camilo llegó primero y se sentó frente a mí.
—¿Me vas a contar qué pasó ayer? —le pregunté.
—Es Sahari. Se presentó ante Fernanda como tu prometida —me dijo, y lo miré sorprendido.
—¿De qué hablas?
—Lo que escuchaste. Ayer la amenazó con matarla.
—Deja de decir tonterías, Camilo.
—Es la verdad, Francisco. Además, hablé con el compañero de trabajo de Fernanda, y confirmó que Sahari fue a su trabajo para decirle eso.
—¿Entonces era cierto que fue a su trabajo?
—¿Quién te lo dijo? —me preguntó.
—Fernanda.
—Debes tener mucho cuidado con Sahari. Está obsesionada contigo y creo que es capaz de lastimar a Fernanda —me advirtió Camilo justo cuando Sahari llegó.
—Me mandaste a llamar —dijo ella.
—Sí, quiero que me expliques por qué dices que tú y yo estamos comprometidos.
—Eso no es cierto, Francisco. Sabes que nunca le caí bien a Camilo, y él se está inventando cosas —respondió Sahari. Camilo quiso intervenir, pero no se lo permití.
—Yo le creo a Camilo. Sueles tomar atribuciones que no te corresponden, Sahari. Te lo digo una vez por todas: no vuelvas a molestar a mi esposa. Estamos aquí por ella, porque pienso recuperarla. Si quieres seguir en el equipo, tendrás que comportarte y ubicarte en el lugar que te corresponde. Si no estás de acuerdo, me avisas y te vas —le advertí, levantándome para dejarlos solos con Camilo.
***
—Eres un estúpido, ¿qué le dijiste? —le reclamó la rubia a Camilo cuando me fui.
—La verdad —fue lo único que respondió él.
—No te metas conmigo y ubícate como lo que eres —amenazó la chica.
—Tus amenazas me tienen sin cuidado, Sahari. La que tiene que ubicarse eres tú. Si no quieres que el jefe te mande de nuevo al basurero del que te sacó, hazme caso —replicó Camilo antes de marcharse.
—Maldita Fernanda, me tengo que deshacer de ti. No te vas a quedar con Francisco. Yo seré su esposa —se dijo a sí misma la rubia, estampando su mano contra la mesa del jardín con furia.
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