Bruno, un joven omega y estudiante apasionado por la historia china, siempre creyó que el pasado debía permanecer intacto… hasta que el pasado lo eligió a él.
Durante una excursión, descubre que el antiguo collar que ha llevado toda su vida perteneció al emperador Cheng, una joya entregada a su prometido como símbolo de un amor eterno. Un amor que, sin embargo, fue rechazado por orgullo, odio y la sombra de otro hombre.
Pero el destino le concede a Bruno una oportunidad que jamás imaginó.
Transportado a la era imperial, Bruno no solo conocerá al emperador que siempre admiró… sino que también tendrá la oportunidad de cambiar su historia, sanar sus heridas y reclamar el lugar que siempre le ha pertenecido.
Aunque el pasado guarda secretos, errores y decisiones que aún pueden destruirlo todo.
Esta vez, Bruno no huirá.
Esta vez, luchará por su emperador.
—¡Emperador, cásate conmigo!
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UN SECRETO TRAS LA FLOR DE LOTO
Una vez despierto Luo, Cheng mandó a llamar nuevamente al médico que lo había atendido la noche anterior.
El ambiente en la habitación era pesado. Los sirvientes caminaban en silencio, y cada miembro de la familia del primer ministro observaba al médico como si cada respiración de Luo dependiera de la siguiente palabra que saliera de su boca.
—Doctor, ¿cómo se encuentra la salud de mi bebé? —preguntó Chao al ver que el médico no decía una sola palabra.
—Hermano, debes tranquilizarte, no podemos hacer ruido —dijo la señora Jiang intentando calmarlo.
La preocupación de todos se notaba por la extrema vigilancia que ponían sobre el médico y Luo.
—Dejen de mirar al doctor de esa forma… incluso a mí me hacen sentir incómodo —dijo Luo, creyendo que lo había pensado para sí mismo.
El silencio se rompió de inmediato.
Todos lo miraron.
El doctor, al ver las reacciones tras las palabras del omega, solo pudo reír.
—Veo que el joven Luo ya se siente con más fuerza como para burlarse de sus padres.
El comentario hizo que Luo se sonrojara intensamente al darse cuenta de lo que había dicho.
—Perdón… —se disculpó el omega en voz baja.
—Primer ministro, disculpe mi impertinencia —suspiró un momento el doctor—. ¿Tenían conocimiento de la enfermedad del joven Luo?
Ambos padres se miraron asombrados.
No porque supieran…
Sino porque desconocían totalmente algo así.
El primer ministro lo miró desconcertado.
—¿De qué enfermedad habla, doctor?
Chao también frunció el ceño.
—¿Qué está diciendo?
—Ya veo… permítanme —dijo el doctor sacando un cuaderno lleno de notas—. ¿Durante su infancia el joven Luo no presentó ningún problema de salud?
Los adultos intercambiaron miradas.
—Ahora que lo pregunta… Luo siempre ha sido muy sano. Los sirvientes de la mansión lo cuidan mucho —dijo la señora Jiang pensativa.
—Siempre ha sido muy alegre y lleno de vida —añadió Chao—, pero poco después de que nana Liu falleciera los sirvientes se han asegurado de cuidarlo aún más.
El doctor asintió lentamente.
—Parece que la nana de su hijo sabía de la enfermedad del joven Luo.
Las palabras dejaron helada la habitación.
—Esta enfermedad en raros casos aparece —continuó el médico—, pero los sirvientes de la mansión han sabido velar por su vida. Si no me equivoco, el joven Luo nunca se ha lastimado gravemente.
Los tres mayores negaron de inmediato.
—El joven Luo sufre una enfermedad en la sangre. Si en dado caso llegase a lastimarse podría morir. Un simple corte puede ser muy peligroso —explicó el doctor—. Además, debe tratarse cualquier golpe que llegue a tener.
El silencio se volvió más pesado.
—Vaya… y yo que creía que los sirvientes de la mansión lo sobreprotegían por ser el único omega —dijo Kao, el primer hermano de Luo, llevándose una mano a la frente.
—Sí… yo también lo pensé. Hasta parecía que velaban su sueño durante la noche —añadió Lao, el hermano mayor de Luo con una sonrisa nerviosa.
—No es su culpa no saberlo —dijo el médico con calma—. Tal vez su nana solo quería evitarles preocupaciones.
Mientras el doctor les daba recomendaciones que debían seguir ahora que sabían de la enfermedad del omega, Cheng permanecía en silencio.
Sus pensamientos eran un caos.
Si Luo era tan frágil…
¿Podría protegerlo?
¿Podría siquiera tocarlo sin lastimarlo?
Sintió entonces unas manos suaves sobre su hombro.
Cheng levantó la mirada.
Luo lo estaba mirando.
El omega tomó con cuidado sus manos y le hizo una señal de silencio, luego un gesto para que se acercara.
—Espero que no estés pensando en romper nuestro compromiso —susurró suavemente Luo.
Cheng tragó saliva.
—Será peligroso si llegase a haber una rebelión…
Luo negó con la cabeza.
—No me importa. Te aseguro que no podrás escapar de mí ni en el último minuto de mi vida.
Y, antes de que Cheng pudiera responder, Luo se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
El príncipe se quedó congelado.
—Eso…
Luo lo silenció con los dedos.
—Es la segunda vez que tenemos contacto afectuoso —susurró para que sus padres no lo oyeran—. Debes hacerte responsable.
Cheng abrió los ojos con sorpresa.
—Si te atreves siquiera a pensar en dejarme… me quitaré la vida y ni en sueños podrás escapar.
Las palabras eran peligrosas.
Pero la forma en que Luo las decía…
Lo hacía parecer adorable.
El omega estaba pálido por la pérdida de sangre, sus mejillas ligeramente rosadas, y sus ojos oscuros brillaban con determinación.
Cheng sintió que algo en su pecho se apretaba.
—Que este sea la tercera —dijo el príncipe acariciándole suavemente el rostro.
El alfa no se inmutó.
Incluso delante de los padres del omega que mantenían una conversación con el médico, inclinó la cabeza y le dio un beso suave.
Los hermanos del omega se miraron entre ellos.
Uno de ellos levantó la mano discretamente para llamar a su tía.
Ella entendió de inmediato.
—Ahem.
El carraspeo resonó en la habitación.
—Parece que su alteza está muy emocionado por desposar al querido hijo de la mansión del primer ministro —dijo tocándole el brazo al omega mayor.
Este se molestó de inmediato.
Aún no le había dado su merecido al príncipe por permitir que su hijo resultara herido.
—Hijo, no es correcta esa forma de actuar —dijo Kao, el primer ministro.
—Nada de hijo —interrumpió Chao con firmeza—. Nos vamos a casa en este instante.
Cheng parpadeó sorprendido.
—Y usted… usted se las verá con la emperatriz.
Con una señal, Chao ordenó que Lao, su hermano, llevara a Luo de vuelta a la mansión.
—¡Madre! —protestó Luo Lang.
—Nada de madre. Estarás castigado por tu escape, por hacer todo esto y por la mentira que me dijiste —dijo Chao claramente molesto.
—No sé de qué hablas —dijo Luo fingiendo inocencia.
Chao levantó la mano como si fuera a golpearlo, pero el carraspeo del doctor lo hizo detenerse.
Suspiró pesadamente.
—No te hagas el inocente. Me dijiste que tú y la princesa Lee estarían a la vista de Xiao. Y mira con lo que me encuentro al llegar a la mansión después del festival: mi hijo y la princesa desaparecidos.
Su voz se elevó.
—No solo eso, me mentiste al decirme que estarían en la casa de té… ¡y mira dónde te encuentro!
El omega bajó la cabeza avergonzado.
—¿Tienes alguna idea del miedo que sentí cuando Xiao me dijo que no te encontraba?
—Mamá… perdóname. Fue por una buena obra —murmuró Luo.
—Pues mira la buena obra que hiciste. Estás herido y, por si fuera poco, estuviste con un alfa en una habitación. ¿Tienes idea de lo que dirá ahora tu reputación?
Esta vez Luo no respondió.
En silencio dejó que sus hermanos lo colocaran en una camilla para llevarlo al carruaje.
—Príncipe —dijo Chao antes de marcharse—, le sugiero que haga las cosas bien la próxima vez.
La señora Jiang lo siguió.
El primer ministro y el médico se despidieron entre sí, y el primero también abandonó el lugar.
La habitación quedó en silencio.
—Alteza, disculpe… hay algo que me gustaría comentarle.
La voz del doctor sacó a Cheng de sus pensamientos, que aún giraban alrededor de la suavidad de los labios del omega.
—Dígame.
El médico dudó un segundo.
—Ayer, mientras suturaba la herida del joven Luo… vi una marca extraña en su abdomen.
Cheng frunció el ceño.
—No comprendo. Cuando éramos niños logré verla, pero siempre ha estado ahí.
El médico respiró profundo.
—Esa marca tiene un significado.
El príncipe lo miró con atención.
—Aquel que la posea puede traer bendición… o maldición a quienes convivan con su portador.
Cheng se quedó inmóvil.
—Para que me entienda… —continuó el médico— puede decidir si alguien vive o muere.
El silencio llenó la habitación.
Luego de eso, el doctor explicó que investigaría más acerca de la marca y lo que podría significar realmente.
Pero las palabras ya habían quedado suspendidas en el aire.
Como una profecía.
O una advertencia.