En un mundo donde la sangre llama a la venganza y el destino teje hilos inquebrantables, ella, la Omega despreciada, se alzará para reclamar no solo un trono, sino el corazón de un Rey. Pero un amor tan puro puede ser la debilidad más letal en un reino oscuro.
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Capítulo 23
El alba se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo, pero Luneth ya llevaba horas despierta. El calor que había sentido en sus huesos durante la noche no se había disipado; al contrario, se había transformado en un ronroneo constante bajo su piel, una vibración que parecía sintonizada con el latido mismo de la montaña sobre la que se erigía el castillo.
Un golpe seco en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Adelante —dijo ella, tratando de que su voz no temblara.
No eran las doncellas. Era Ethan. El Rey vestía ropas de viaje, cuero oscuro y una túnica sencilla, pero su presencia seguía siendo abrumadora. Sus ojos dorados recorrieron a Luneth con una intensidad que la hizo estremecerse. No había rastro del cansancio de la noche anterior, solo una determinación gélida.
—Ven conmigo —dijo él, extendiendo una mano—. Hay cosas que el Consejo no sabe. Cosas que ni siquiera tú sabes sobre tu propia sangre.
Luneth no hizo preguntas. Tomó su mano y dejó que él la guiara por pasadizos que no había visto antes. Descendieron más allá de las salas de guardia, hacia las entrañas del Castillo de Obsidiana, donde el aire olía a papel viejo, incienso y algo metálico, como la sangre antigua.
Finalmente, llegaron a una puerta de bronce grabada con el símbolo de un lobo aullando a una luna llena. Al abrirse, revelaron una biblioteca circular, cuyas estanterías de piedra se elevaban hasta perderse en las sombras del techo. En el centro, rodeado de pergaminos amarillentos y extraños artefactos de cristal, se encontraba un hombre anciano de cabellos blancos y ojos que parecían ver más allá de lo físico.
—Leandro —llamó Ethan—. Dile lo que has encontrado.
El anciano se volvió lentamente y su mirada se clavó en Luneth con una mezcla de asombro y reverencia.
—Señorita Moonlight... —murmuró Leandro, su voz era como el crujir de las hojas secas—. Llevo cuarenta años estudiando las líneas de sangre de los Grandes Alfas, pero la suya... la suya es una anomalía que creíamos extinta.
—¿De qué está hablando? —preguntó Luneth, acercándose a una mesa donde un mapa genealógico estaba extendido—. Mis padres eran nobles, sí, pero siempre se dijo que mi linaje era... secundario. Mi tía Lisandra siempre decía que los Moonlight éramos una rama débil que solo servía para el protocolo.
Leandro soltó una risa triste y señaló un sello en un pergamino negro.
—Su tía Lisandra es una necia, o una mentirosa muy eficiente. Los Moonlight no son una rama débil. Son los descendientes directos de los *Caminantes de la Luna*. En los tiempos antiguos, cuando los Lycans aún no eran una raza dividida por jerarquías, existía un linaje que no necesitaba ser Alfa para gobernar. Poseían lo que llamamos el "Animus Lunar".
Luneth miró a Ethan, buscando una explicación. El Rey permanecía inmóvil, observando el pergamino con una expresión sombría.
—El Animus Lunar —explicó Ethan con voz profunda— es la chispa pura de la Diosa Luna. Mientras que nosotros, los Dark’Raven, heredamos la fuerza bruta, la sombra y el mando de la noche, vuestro linaje heredó la luz que equilibra esa oscuridad. Se dice que una sola mujer con el Animus despertado podía calmar a un ejército de Alfas en pleno frenesí de sangre.
Leandro asintió, emocionado.
—Pero hay más, Majestad. No es solo que ella sea noble. Sus padres no murieron por un simple ataque de rebeldes o una enfermedad. Murieron protegiendo el secreto de lo que Luneth llevaba en su interior. Ellos sabían que, si el Consejo o las manadas rivales descubrían que una portadora del Animus había nacido, intentarían usarla como un generador de poder... o destruirla para que nadie más la tuviera.
Luneth sintió que el mundo daba vueltas. Recordó la noche en que su hogar ardió, el grito desesperado de su madre diciéndole que corriera, que no mirara atrás, que "ocultara su luz". Durante diez años, había pensado que era una inútil, una Omega sin valor, cuando en realidad su propia naturaleza era el tesoro más codiciado del reino.
—¿Por qué me cuentas esto ahora? —preguntó Luneth, mirando a Ethan—. Mañana es la prueba de la Piedra de Luna. Si soy tan poderosa como dice este hombre, ¿por qué tengo miedo?
Ethan se acercó a ella, acortando el espacio hasta que Luneth pudo sentir el calor de su cuerpo.
—Porque tu poder está dormido, Luneth. Como una diosa que no sabe que lo es. Y la razón por la que te necesito no es solo por política, ni por el vínculo de compañeros... aunque eso sea lo que me quema las entrañas cada vez que te veo.
Él guardó silencio un momento, y por primera vez, Luneth vio una grieta de vulnerabilidad en el Rey Alfa.
—Díselo, Ethan —instó Leandro suavemente.
—Mi linaje, el de los Dark’Raven, está maldito —confesó Ethan, bajando la voz—. Cada generación de nuestra familia ha sido más poderosa que la anterior, pero también más inestable. Nuestra "bestia" es demasiado grande para nuestros cuerpos humanos. Mi padre murió porque su propio lobo lo consumió desde dentro; la furia lo volvió loco antes de que su corazón fallara. Yo... —cerró los ojos con fuerza—, yo ya estoy sintiendo las grietas. Hay noches en las que la sed de sangre es tan fuerte que temo no despertar como hombre.
Luneth jadeó, comprendiendo finalmente las cicatrices en su espalda, su aislamiento, su desesperación.
—Tú necesitas mi luz para no perderte en tu propia oscuridad.
—Exactamente —dijo Ethan, tomando el rostro de ella entre sus manos—. No eres un arma para mi ejército, Luneth. Eres mi ancla. Eres la única capaz de purificar la oscuridad de mi linaje para que pueda seguir gobernando sin convertirme en el monstruo que mis enemigos quieren que sea. Sin ti, este reino caerá en el caos porque su Rey se convertirá en una bestia sin alma.