Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 2: La casa y los niños
Briana
Entrar a la casa fue como cruzar un umbral invisible: del frío de la calle a un espacio cálido que olía a madera, a jabón recién usado y, de alguna forma, a hogar. El cansancio del viaje todavía me pesaba en los hombros, pero mis ojos no podían dejar de recorrer cada rincón. El recibidor tenía una alfombra clara, un perchero con abrigos colgados y una serie de fotografías enmarcadas en la pared.
Me detuve apenas un segundo frente a una de ellas: Maicol, más joven, abrazando a un niño que no debía tener más de tres años. A su lado, una mujer sonriente con una pancita de embarazo incipiente. Sentí un pequeño nudo en el pecho. Era evidente quiénes eran, y quién faltaba ahora.
—Briana, te presento a Pía y a Teo —dijo la voz de Maicol detrás de mí.
Me giré tan rápido que casi solté la mochila. Frente a mí, bajando por la escalera, venían dos pares de ojos muy distintos.
La primera era una niña menudita de cabello castaño claro, suelto y algo revuelto, con un pijama rosa que parecía tener dibujos de unicornios. Se sujetaba al pasamanos con una mano y con la otra sostenía un muñeco de trapo. Me miraba con una mezcla de timidez y curiosidad.
—Hola —dijo en un hilo de voz, casi escondiéndose detrás de Maicol cuando llegó abajo.
No pude evitar sonreírle.
—Hola, tú debes ser Pía, ¿verdad?
Asintió, y poco a poco dejó ver una sonrisa tímida.
Detrás de ella venía un niño mayor, delgado, con cabello oscuro y unos ojos parecidos a los de Maicol. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y un gesto serio, demasiado serio para sus ocho años. Ese debía ser Teo. No dijo nada. Ni un saludo, ni una mirada directa. Solo se quedó a un costado, observándome como si yo fuera un mueble nuevo en la sala.
—Chicos, ella es Briana. Va a vivir con nosotros y los cuidará cuando yo no esté en casa —explicó Maicol, con paciencia.
—¿Como una niñera? —preguntó Teo, con un tono que sonó más a reproche que a curiosidad.
Tragué saliva. No quería que mi primera interacción fuera una batalla.
—Sí, un poco. Pero también estoy aquí para estudiar. Y… bueno, espero que podamos ser amigos.
Teo no respondió. Solo se encogió de hombros y desvió la vista hacia el suelo. Pía, en cambio, avanzó unos pasos y me ofreció su muñeco de trapo.
—Se llama Luna —dijo, con los ojos brillando de emoción—. ¿Quieres verla?
Me agaché hasta quedar a su altura.
—Claro, Luna es preciosa.
Ella me miró como si hubiera dicho la cosa más maravillosa del mundo y se rió bajito. Esa risa, ligera y contagiosa, me alivió un poco la tensión.
—Bueno —intervino Maicol, que se había quitado el abrigo y lo colgaba en el perchero—, es tarde. Briana debe de estar cansada. Les mostraré dónde dormirá.
Lo seguí por un pasillo hasta llegar a una habitación sencilla pero acogedora. Había una cama individual, un escritorio contra la ventana y una estantería vacía esperando mis cosas. Me quedé de pie, mirando alrededor, mientras dejaba la maleta junto a la cama.
—Espero que estés cómoda —dijo Maicol, apoyado en la puerta—. Mañana podemos comprar lo que te falte.
Asentí, agradecida.
—Gracias… y perdón por lo del aeropuerto. Me asusté un poco.
Él suspiró, pasándose la mano por el cabello como antes.
—Lo siento de verdad. No volverá a pasar.
Por un momento nos quedamos en silencio. No era incómodo, pero sí lleno de cosas que ninguno sabía aún cómo decir.
Unos golpecitos en la puerta nos hicieron girar. Era Pía, con su muñeco en brazos.
—¿Vas a dormir aquí de verdad? —preguntó con los ojos muy abiertos.
—Sí —respondí sonriendo—, aquí va a ser mi cuarto.
—¿Puedo venir a jugar mañana?
Me reí suavemente.
—Claro, si tu papá me deja.
Ella giró hacia Maicol, que asintió con una paciencia serena.
—Solo si terminas tu desayuno, Pía.
La niña corrió por el pasillo gritando algo que no entendí.
Cuando volví a mirar a Maicol, él parecía un poco más relajado, casi divertido.
—Ya ves, tendrás compañía enseguida.
Asentí, aunque en el fondo lo que me rondaba era Teo. Había notado su silencio, su frialdad. Me daba la impresión de que él no estaba nada feliz con mi llegada. Y eso, más que el cansancio del viaje, era lo que me preocupaba esa noche.
Me tumbé en la cama cuando todos se retiraron, con la luz apagada y la ventana dejando entrar un aire fresco que olía distinto al de mi ciudad. Cerré los ojos y pensé en lo extraño que era todo: una casa nueva, personas que apenas conocía, una rutina que debía aprender desde cero.
Pero también sentí una chispa de emoción. Estaba lejos de casa, sí, y ya extrañaba a mi familia. Pero había algo en Pía, en esa risa pequeña y sincera, que me había dado un poco de calor en medio de tanta incertidumbre.
Y aunque Teo me mirara como si fuera un intruso, estaba decidida a encontrar la manera de llegar también a él.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce