En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
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Capítulo 4.
La sala de restauración ocupaba una antigua capilla privada.
Los vitrales habían sido oscurecidos para proteger las obras de la luz. En el centro había una mesa de madera, varios caballetes y estanterías repletas de pigmentos, pinceles y herramientas de conservación.
Pero lo que capturó la atención de Leo fue un enorme cuadro cubierto con una tela negra.
El lienzo era alto, casi del tamaño de una puerta.
—¿Qué es? —preguntó.
—Una pintura dañada.
—Eso ya lo veo.
Julian lo miró de reojo.
—Empiezo a entender por qué mi madre te contrató.
—¿Por mi encanto?
—Por tu incapacidad de mantener la boca cerrada.
Leo sonrió y se acercó al cuadro.
—¿Puedo verlo?
Julian tardó demasiado en responder.
—Sí.
Leo retiró la tela.
Y dejó de sonreír.
La pintura mostraba a un hombre joven sentado junto a una ventana, con un abrigo oscuro y una mano apoyada sobre un libro. Tenía el cabello castaño, ligeramente ondulado, y una expresión seria que Leo reconoció de inmediato.
Era su propio rostro.
No uno parecido.
No un antepasado con rasgos similares.
Era él.
La misma pequeña asimetría en la ceja izquierda. La misma forma de la nariz. Incluso la pequeña marca junto a la mandíbula que Leo tenía desde la adolescencia.
Sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
—¿Quién es este hombre?
Julian no respondió.
Leo se volvió hacia él.
—Julian.
—No lo sé.
—No me mientas.
La expresión del vampiro se endureció.
—No te estoy mintiendo.
Leo regresó al cuadro. En una esquina inferior había una inscripción parcialmente cubierta por una capa de barniz oscurecido.
Tomó una lámpara y examinó la superficie.
—Necesito retirar parte del barniz para leerlo.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Leo levantó la mirada.
—¿Perdón?
—He dicho que no.
—Soy el restaurador que contratasteis. No voy a destruir la pintura.
—No tienes que tocarla.
—Entonces explícame por qué hay un retrato mío en una mansión a la que acabo de llegar.
Julian se quedó callado.
Por primera vez, Leo vio que su indiferencia podía ser una máscara. Detrás de ella había algo más oscuro: un miedo tan profundo que parecía haberse convertido en rabia.
—Sal de esta habitación —dijo Julian.
Leo sintió que la indignación desplazaba al miedo.
—No eres mi dueño.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Julian dio un paso hacia él.
—No tienes idea de lo que estás diciendo.
—Y tú no tienes idea de lo que significa que alguien te contrate para investigar una obra y después intente impedirte hacer tu trabajo.
—Leo…
—No. Si sabes algo sobre ese cuadro, me lo dirás. Y si no quieres hacerlo, buscaré las respuestas por mi cuenta.
Leo tomó sus herramientas y salió de la capilla.
No vio cómo Julian cerraba los ojos.
No vio cómo sus manos temblaban ligeramente.
Y no escuchó las palabras que el vampiro pronunció cuando volvió a quedarse solo.
—No otra vez.
Porque sí conocía aquel rostro.
Lo había visto en otro retrato, ciento cincuenta años atrás.
Y el hombre de aquella pintura también se llamaba Leo.